El Amor del Último Vidente

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Keren

De no ser por el nuevo traje que se ha comprado Darío, la visita de Ezequiel sería lo más raro que me ha pasado durante la noche. En sí toda su personalidad es extraña y aparte venir a buscarme después de haberme insultado, creo que hay algo detrás de todo eso que no va a decirme tan fácil. A leguas se ve que es un tipo demasiado correcto, de los que van a la iglesia todos los domingos y nunca dicen nada incorrecto ¿Qué podría un hombre como él querer algo con una mujer como yo? Este tipo me intriga más con cada día que aparece, aunque no estoy segura de querer saber lo que quiere.

Cuando vuelvo a entrar, el gordo que hace rato intentó comprar ha desaparecido, seguramente ya se ha retirado, avergonzado por la golpiza que le dio Ezequiel. En el fondo me siento agradecida con él por haberme rescatado de ese infeliz, era demasiado grotesco para mi gusto. No intento volver a buscarlo, así estoy mejor.

— ¡Amiga!—Talita me llama desde la barra. Me hace una seña con la mano para que vaya a acompañarla y lo hago.

— ¿Qué haces sentada bebiendo?—está demasiado borracha como para entender que es un reclamo—Darío te matará si ve que estas descansando.

—Bah, claro que no—su vista no atina a fijarse en mi—fue él quien me invitó un par de tragos, es más, dijo que tú también te lo merecías.

Pienso que obviamente Talita ha estado viendo visiones, Darío jamás le ha invitado un trago a nadie, mucho menos a sus trabajadoras.

—No, no lo creo amiga—le quito el vaso de la mano antes de que le dé el último sorbo—ven, vamos que debemos seguir trabajando, todavía faltan cinco horas para salir.

Talita da torpes golpecitos en mi mano para evitar que aleje su vaso de ella.

—No, no, no ¡Shh!—dice poniéndose un dedo en los labios—, te lo digo en serio. Voltea a verlo para que veas que no va a decir nada. Dijo que era un premio, por haber hecho que el santo regresara.

Miro a Darío, ahí está sentado en su “trono” sobre el balcón, también nos está mirando. Cuando conectamos la mirada él me guiña un ojo y levanta su vaso como diciendo “salud”. Inclino la cabeza como una afirmación. Esto es lo nuevo más raro que me ha pasado entonces, es la primera vez que sé que Darío invita algo a alguien.

—Entonces ¿A cuál santo nos referimos en esta conversación?—aunque sé que lo que Talita dice es verdad, no me arriesgaré a aceptar el “regalo” del jefe.

Talita se ríe escandalosamente, enserio está muy borracha.

—Pues el mojigato ese que te andaba buscando—dice y luego le pide al camarero que le vuelva a llenar el vaso—. Dime ¿Qué era lo que quería?

—No lo sé en realidad—suspiro—, es un tipo muy extraño.

No sé qué tanta atención me esté poniendo mi amiga ahora, cuando vuelve a poner el vaso en la barra sus ojos se abren muy grandes, me toma de la mano y me dice en confidencia.

— ¿Será que es un policía?—vuelve a reír, tanto que casi se cae del banco, la tomo de los hombros y alcanzo a sostenerla a tiempo.

—No, no lo creo—digo cuando la he ayudado a acomodarse de nuevo—. No tiene pinta de policía, además, si lo fuera, desde ayer ya nos hubieran clausurado.

— ¡Camarero!—Talita levanta la mano y truena los dedos para llamar su atención— ¡Otra aquí por favor!

Ignoró por completo lo que le dije hace rato, ella está mirando emocionada como el camarero vuelve a llenar su vaso otra vez. Sin ningún problema vuelve a terminarse el contenido, se limpia la boca con el dorso de la mano y luego se inclina de nuevo a mí para hacerme otra confidencia.

—Yo escuché que es muy rico, y por eso Darío lo quiere tener aquí, quiere dejarlo seco.

— ¿En serio?— la verdad me había imaginado que era rico, no cualquiera puede llevar un reloj de oro en la muñeca ni pagar dos grandes sólo para hablar un minuto con una prostituta.

—Dicen que es tan rico, que ni él sabe a cuánto asciende su fortuna—ahora la risa de Talita comienza a ahogarla—. Disculpa—me dice tapándose la boca con la mano—, creo que debo ir a vomitar.

Sale apresurada hacia los baños, empuja a varias personas en su camino y yo la sigo por si necesita mi ayuda.

La encuentro inclinada sobre el retrete y haciendo arcadas. Me acerco a ella y le recojo el pelo para que no se lo ensucie. Ésa es la razón de por qué no quise aceptar el regalo de Darío, estaría igual que ella justo ahora.



Elizabeth Pineda

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Edited: 17.06.2018

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