El Amor del Primer Mentalista

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Tal como mi amigo lo había prometido, después de desayunar se fue directo a la cama. Lo conocía lo suficiente como para saber que no despertaría sino hasta dentro de varias horas. No era mi intención quedarme en la habitación completamente solo con los ronquidos de Felipe y decidí salir a dar un paseo por el campus, mi siguiente clase comenzaba a las cinco en punto así que tenía tiempo de sobra. Me topé con varios conocidos de mi primer año en la universidad y aproveché para hacer pedidos del nuevo juego de “Guerra sin fin”. Todos estaban muy alegres de saber que muy pronto podrían tener en sus manos el juego que todo el mundo desea, y aproveché para aumentar un poco más el precio inicial. – ¡Quinientos pesos! –exclamó Lucas Sandoval–, dijiste que serían trecientos. –No subestimes el gran trabajo que me costó conseguirlo–le espeté–, igual puedes negarte y no comprarlo. Me guardé el juego en el bolsillo y me di la media vuelta para salir de ahí. – ¡No, espera! –Gritó Lucas a mis espaldas–está bien, sí lo quiero. Es sólo que me parece un precio muy elevado. –Oye, las cosas que más queremos son las que más nos cuestan–dije volviéndome hacia él–. Escucha, por ser tú puedo darte algunas facilidades. Si me das la mitad del dinero hoy, te daré dos semanas para pagar el resto. Lucas pareció pensar muy intensamente y al final se metió las manos a los bolsillos y sacó tres billetes muy arrugados. –Es todo lo que tengo–suspiró. –Haces una buena inversión–le aseguré–. Te pondré en la lista hasta arriba, tendrás tu juego en dos día ¿va? –Bien–contestó Lucas un poco triste. Saqué una pequeña libreta y anoté su nombre y la cantidad de dinero que me había dado, Lucas se alejó con la cabeza gacha y yo continué mi camino, en busca de más clientes desesperados por el nuevo juego. –He aquí un joven responsable–dijo una grave voz a mis espaldas. Me giré sobresaltado y revisando que el juego no se asomara de mis bolsillos. El rector de la universidad estaba ahí, con su pulcro traje y su peinado perfecto. Estaba sonriéndome y tendía una inmensa mano hacia mí. –Señor rector–dije tratando de mantener mi voz firme–, qué tal. –Muchacho, qué gusto es que hayas regresado con nosotros este año. El rector era un hombre de cuarenta años, alto, enérgico, bastante apegado a las reglas y cuya personalidad inspiraba respeto a quiénes lo rodeaban. –Sí, también me da gusto volver–apunté algo nervioso. – ¿Disfrutas de tu primer día? –preguntó cruzándose de brazos, lo que lo hacía verse más imponente todavía. –Pues sí, ha sido muy motivante y…–no supe que más agregar a eso y me quedé callado. –Supe que te cambiaste de carrera en el último momento, espero que eso no te traiga consecuencias con tu familia. Una de las cosas que más me sorprendía del rector, era su extraordinaria habilidad para saber con precisión lo que sucedía en la universidad, nada se escapaba de sus penetrantes ojos. –Oh, sí, eso–dije jugando con mis dedos–. No creo que haya problema, amm seguro mi papá entenderá. –Eso espero–contestó el rector con una sonrisa cómplice en su rostro–. En fin, me alegra que hayas elegido la carrera de tu agrado. Supongo que te veré más adelante. –Supongo que sí, rector. Le extendí una mano al rector como despedida y él la estrechó con mucha firmeza. Lo miré perderse entre los cientos de alumnos que iban de aquí para allá buscando sus respectivos salones y yo también continué con mi camino. Era un día muy bonito en realidad, había cierta jovialidad en el ambiente y se contagiaba con facilidad. Me hubiera gustado disfrutar de ese día con mis viejos amigos, pero la mayoría estaban en grados superiores y muy ocupados en sus clases, el único amigo que tenía libre estaba durmiendo a pierna suelta. – ¡Eh, Esteban! –alguien me llamó a mis espaldas y por el timbre de su voz de inmediato supe que se trataba de alguien a quien no quería ver, y haciéndome el sordo caminé más a prisa–¡Oye, espérame! Desafortunadamente no pude caminar tan rápido como para ignorar por completo a Daniel, mi compañero de cuarto. Apenas había estirado el brazo para empujar la puerta de los lavabos cuando me tomó por los hombros y me dio un par de palmadas. –Uf, he tenido que correr un buen tramo para alcanzarte–comentó resoplando. –Oh, lo siento, no te oí–mentí–. Hay muchos alumnos gritando y quizá por eso no escuché. –Sí, ya, eso creo ¿Qué tal ha ido tu primer día? –Excelente, bueno…en realidad solo he tenido una clase, pero ha estado muy bien. –Oh, sí es cierto. Ya recuerdo que la tuvimos juntos. Oye yo…–Daniel se miraba los zapatos y parecía luchar con sus palabras–, quería darte esto–extendió un tira de cuero con una letra “E” quemada en el centro–. Es una pulsera, acabo de hacerle el grabado durante un descanso que tuve. Pensé que ya que Felipe, tú y yo somos compañeros de cuarto podríamos comenzar a ser amigos y… este es mi primera muestra de amistad. Tomé la pulsera entre mis manos y la examiné, era muy bonita y a la vez discreta. No era de grandes proporciones y el broche era sólo un botón con una contraparte. – ¿Cómo hiciste el grabado? –pregunté con curiosidad. –Bah, no fue difícil–respondió restándole importancia–. Tengo en la habitación un estuche completo para hacer estas cosas. –Es muy bonita, Daniel, gracias. – ¡Por nada! –Respondió con una gran sonrisa–, ya tengo que irme a mi siguiente clase, ¿nos veremos luego? –Seguro, nos vemos. Daniel se marchó corriendo por el pasillo y yo entré a los lavabos. Me pareció que Daniel era un buen tipo, un poco irritante y empalagoso, pero un buen tipo al fin y al cabo, quizá no fuera tan pelele como yo había pensado en un principio y sólo fuera un chico con necesidad de un amigo. Me puse la pulsera en la muñeca y la observé un rato por diferentes ángulos. Para ser sinceros, le daba un toque atractivamente rudo a mi brazo. Me puse frente al espejo para verme completo con ella, pero una figura a mis espaldas me hizo dar un brinco y un grito de sorpresa. – ¡Elyon! –Exclamé en un susurro de enfado– ¡Me asustaste! Elyon tenía una gran sonrisa de satisfacción en su rostro. –Lo lamento–se disculpó, aunque seguía riendo con satisfacción–. Es una pulsera muy bonita. –Eh… sí, gracias ¿qué haces aquí? –Vine a verte, claro, quería saber cómo te iba en tu primer día. Me alegra que te hayas replanteado qué carrera querías. Primero miré sorprendido a Elyon, no tenía idea de cómo sabía que había elegido una nueva carrera y abrí la boca para preguntarle, pero luego recordé que él es el padre de los videntes y volví a cerrarla. –Ah, claro. Sí bueno, no sé si se diría que me lo replantee, sólo la elegí–admití. –Bueno, pero me alegra que hayas seguido tus instintos. Elyon se movió por el lugar con esa gracia suya que siempre tenía al moverse, como si se convirtiera en humo y se solidificara de nuevo en el sitio donde quería estar. – ¿No te preocupa que te vean aquí? –le pregunté. –No me quedaré mucho–respondió poniéndose a mi lado–. También tengo algo para darte, algo que te ayudará en el semestre. Del interior de su chaqueta sacó un tubo dorado, de unos veinte centímetros de largo y unos cinco de diámetro. Tenía extraños dibujos grabados por todas partes y supe que estaba bañado en oro, si no era que estaba echo de oro macizo. – ¿Qué es? –Pregunté emocionado– ¿Acaso tendrá las respuestas de todos los exámenes que tendré? Elyon me miró con enfado y luego me dio en la cabeza con el tubo, así supe que de verdad estaba hecho de oro macizo. – ¡Auch! –me quejé mientras frotaba mi cabeza. –No seas tonto–me reprendió–, esto es más que simples respuestas de un insignificante examen de universidad. – ¿Pues qué es? –Es un canon–dijo en tono solemne. – ¿Un canon? Me dejas en las mismas. –Cuando llegue el momento, sabrás cómo utilizarlo y también podrás ver sus efectos en ti. – ¿Sus efectos en mí? No me convertirá en un mutante o algo así ¿verdad? No es que creyera que Elyon me pudiera dar algo que atentara contra mi vida o mi salud, pero me parecía que era mejor estar seguros. –Yo sé que estás cansado de mis entrenamientos–comentó ignorando mi pregunta–, así que hoy, oficialmente te he ascendido en los entrenamientos, aprenderás cosas más complicadas. Lo miré con el ceño fruncido. Era cierto que estaba cansado de mirar diferentes imágenes de personas, deducir sus estados de ánimo y descubrir lo que no encajaba, pero después de años de pedirle que me enseñara algo más y de siempre recibir la misma respuesta (no) había dejado de intentarlo desde hacía mucho. La mayoría de las veces no entendía las decisiones que Elyon tomaba, pero esta vez no quería quedarme con la duda. – ¿Por qué así tan de repente? –pregunté cauteloso. – ¿Tan de repente? ¿No me dijiste que ya estabas cansado de los entrenamientos? –Pues sí–admití–, pero nunca te vi ganas de avanzarme de nivel, ya hasta me estaba resignando. –Bueno, no te resignes, aprenderás algo nuevo–dijo con una sonrisa. Suspiré, era inútil querer sacarle algo más a Elyon. Me tomó la mano y me puso el extraño tubo en la palma. No era tan pesado como yo imaginaba. – ¿Y qué haré con él? –Lo que debes saber sobre el canon, es que nunca lo debes apartar de tu lado, ni de día ni de noche y medita siempre en él. Elyon apretaba con fuerza mi mano mientras hablaba y la aprisionaba entre las suyas y el canon. –Seguro–respondí un poco abrumado por la intensidad con la que me había hablado– ¿algo más? –No–dijo y soltó mi mano–, eso es todo. Sólo cuida de cumplir mis instrucciones. –Ajá–bajé mí vista hacia el canon que estaba en mi mano y lo observé con más cuidado. Los dibujos que antes había visto tenían más sentido ahora que los miraba de cerca, había un símbolo de infinito, un triángulo, un candelabro, un pez, un corazón (¿en serio un corazón?). Todos unidos entre sí a lo largo y ancho del tubo. También había otros símbolos, pero esos no los reconocí–y ¿a qué te referías con eso de meditar? –Pregunté, pero cuando volví a levantar la vista Elyon ya no estaba y me encontraba hablando yo solo en el baño–uuuu–dije imitando el misterio con el que siempre estaba envuelto Elyon. Guardé el tubo en mi bolsillo y salí de los lavabos, ya más tarde averiguaría que tramaba Elyon con aquél regalo tan extraño que me había dado. A la hora de comer estuve seriamente tentado a irme solo a la cafetería, pero al final decidí despertar a Felipe para que también fuera, de lo contrario, pasaría toda la tarde enojado conmigo y de un humor pésimo por el hambre que traería. –Ah, eso era lo que necesitaba–dijo entre bostezos–, un buen sueño reparador. –Sí, claro–respondí con indiferencia. –Oye, espera–dijo sobresaltado mi amigo–, no podemos ir a la cafetería de nuevo. – ¿Por qué no? –pregunté confundido. –Pues porque apenas en la mañana vi a Dina, no puedo verla de nuevo tan pronto, acabará con la llama que comienza a formarse entre nosotros. – ¿Dina? –Pregunté con un tono de burla– ¿la chica de la cafetería? No seas ridículo, no hay ninguna llama formándose entre ustedes. –Claro que la hay–dijo con aire ofendido–, tú qué sabes de estas cosas del amor, señor solterón. No iremos a la cafetería y punto. –A ver, don cupido, si no vamos a la cafetería ¿entonces a dónde? –Pues, yo que sé, pidamos una pizza o algo. –Estás muy mal de la cabeza, compadre. –Ándale, por favor–me suplicó–. De veras me gustó Dina, no quiero arruinarlo. – ¿Y qué tiene que te vea? Eso no arruinará nada. –Claro que sí, he visto demasiados fracasos amorosos como para saber qué funciona y qué no. –Dirás que te han bateado demasiadas veces–lo corregí. Felipe hizo una mueca de descontento. –Bueno, sí–admitió bajando la mirada–. Así que ahora tengo la experiencia necesaria como para saber que si me ve tan sólo unas horas después de haberle pedido su número, todo se echará a perder. Contuve mis ganas de reírme y fingí que pensaba seriamente mi respuesta, al final cedí a su petición y esa tarde comimos pizza en nuestro dormitorio.



Elizabeth Pineda

Editado: 09.11.2019

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