El Amor del Último Vidente

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Keren

Luego que Esteban se encerrara en su cuarto me voy hacia la cocina para prepararle algo de desayunar. Pero cuando llego me doy cuenta que ya ha desayunado por su cuenta. Un plato hondo está en el fregadero y la caja de cereal está abierta en la mesa. Mi hijo se vuelve más independiente con cada día que lo dejo solo.

Tomo un trapo y me inclino para limpiar la mancha de leche que dejó en el suelo, no puedo evitar que las lágrimas corran de nuevo por mis mejillas. Me duele tanto ver que mi hijo no me ama, pero no sé qué hacer, si tan sólo pudiera conseguir otro empleo.

En el pasado intenté buscar un oficio distinto, sin embargo, a cada lugar que llegaba con mi solicitud todos me rechazaban. Veían en mí a una mujer de la calle y no a una madre soltera con ganas de salir adelante. Pensé que era una imagen que jamás podría quitarme de encima y dejé de intentar, ¿de qué sirve tratar de convencer a la gente que no eres lo que ellos ven? Todos se guían por las apariencias.

Termino de limpiar y me dirijo a mi habitación. Normalmente desayuno al volver del trabajo pero, esta vez no tengo apetito. Estoy más cansada que con hambre, además, cuando Esteban se encierra en su cuarto no vuelve a salir sino hasta horas después.

Me estresa el mirar la pila de ropa que hay sobre mi cama, ropa que debo planchar. Muevo el montón y lo pongo sobre una silla, ya pensaré en planchar más adelante. Me acuesto  y pronto el sueño viene hasta mis párpados y me quedo dormida.

******

—Mami despierta—escucho una voz a lo lejos, intento responder pero mi voz no sale de mi garganta—, mami, hay una señora en la puerta y te busca.

Dejo escapar un quejido, deseo tanto seguir durmiendo, pero Esteban vuelve a insistir sacudiéndome.

— ¡Mami!—grita.

—Ya voy Esteban—digo arrastrando las palabras.

Oigo los pasitos de mi hijo saliendo de la habitación, abro los ojos y lo primero que busco es mi reloj para saber la hora. Apenas son las nueve quince de la mañana, sólo he dormido dos horas.

—Ya viene—dice Esteban a alguien en la salita.

Mi mente comprende las palabras que me dijo Esteban hace unos segundos, que alguien preguntaba por mí y me levanto apresurada. No es muy común que alguien venga a visitarnos, sólo el señor José, que cobra la renta, viene cada fin de mes, siempre con su inseparable perro salchicha. Pero aún falta una semana para que se termine el mes, debe tratarse de alguien más.

Me doy una rápida peinada y salgo a la salita.

Una mujer de mediana edad está platicando con mi hijo. Lleva una elegante gabardina y tiene una carpeta de piel en las manos, eso me pone aún más nerviosa.

—Buenos días—saludo.

Ella levanta la vista hasta mí y me extiende la mano para saludarme.

—Buenos días ¿señora Keren Cordero?—pregunta.

—Sí, soy yo.

—Un gusto, yo soy la licenciada Ruth Ortega, vengo de parte del DIF.

“Oh, no.” Pienso. Esto sin dudas significa problemas. El DIF es la institución que se enfoca básicamente en cuidar los derechos de los niños y de las mujeres, si han venido hoy, es porque alguien les ha dado informes de algún niño o mujer que está en riesgo, lo cual es absurdo en realidad, pero siempre son muy meticulosos una vez que reciben información así y para ellos casi todo se convierte en un problema o riesgo.

— ¿Qué se le ofrece?—pregunto con nerviosismo.

— ¿Podríamos sentarnos a conversar unos minutos?

Quiero gritarle que no, pero creo que eso empeoraría la situación.

—Claro—contesto señalando el sofá para que tome asiento y ella lo hace.

—Cariño—le dice a Esteban— ¿podrías dibujar para mí el interior de tu habitación?

Mi hijo toma los lápices de colores y las hojas que la licenciada le ofrece y corre a su cuarto para cumplirle su deseo.

Cuando Esteban desaparece tras la puerta, la licenciada pone un semblante serio.

—Señora Cordero, en el DIF nos preocupamos por que cada niño lleve una vida cómoda y feliz.

—Mi hijo es muy feliz—afirmo.

—Eso me pareció cuando lo vi Señora Cordero, sin embargo, nos preocupa que el niño pase demasiado tiempo a solas. Dígame ¿a qué se dedica usted?

Me olí esa pregunta desde el principio.

—Trabajo como mesera en el “Biko Nahm”—miento.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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