El Amor del Último Vidente

Tamaño de fuente: - +

7

Ezequiel

—Ezequiel—la voz de Rebeca me sacó de mis pensamientos.

— ¿Eh?—levanto la vista del montón de fotos que tengo delante de mí en el escritorio.

—Voy a irme a mi casa a descansar, volveré en unas horas.

—Oh, genial—exclamo— ¿Qué hora es?

Mira su reloj de pulsera.                               

—Son las dos y cuarto a.m. —contesta—. ¿Seguirás aquí otro rato?

Suspiro y me froto los ojos con el dorso de la mano.

—Creo que sí, aún tengo muchas cosas que hacer.

—Llevas mirando esas mismas fotos la última semana—recalca— ¿Qué piensas encontrar ahí?

—No sé exactamente, algo que se me haya pasado, algo que ha estado ante mis ojos y que no he visto.

Rebeca da un paso adentro de mi oficina y cierra la puerta detrás de sí. Se sienta en la silla que hay a un lado de la mía.

—Sabes, creo que deberías ir con nosotros en el siguiente caso del asesino rojo.

— ¿Tienes planeado que el asesino rojo ataque de nuevo antes de atraparlo?

—Tú y yo sabemos que no estamos ni cerca de atraparlo.

Agacho la cabeza resignado, lo que ella dice es verdad, no tenemos ni idea de quién pueda ser, mucho menos estar cerca de su pista.

—Tal vez si estás en el mismo lugar que él estuvo—sugiere—puedas ver mejor.

Levanto la mirada hacia ella, ¿será que lo que acaba de decirme trae un mensaje detrás? No estoy seguro, pero tampoco le confirmaré sus sospechas.

—Yo soy psiquiatra—contesto con una sonrisa—, no un Detective. Eso lo dejo para ustedes.

—Sé que es buena idea, y nos ayudará a todos—se levanta de la silla y camina hacia la puerta—, sólo piénsalo—me pide antes de irse.

Me sumo en la soledad de mi oficina, todo está en silencio, excepto por el constante tic tac del reloj de afuera. Me agrada este silencio, mis visiones mejoran cuando todo está en calma. Tomo la foto del centro del escritorio. Desde mi perspectiva, ésta foto es la que debería darme más pistas. Se trata del primer homicidio registrado del asesino rojo, y, por lo tanto, donde debió cometer más errores.

Al mirar la foto con detenimiento, esta comienza a absorberme; para mí la oficina en la que previamente estaba, se desvanece y ahora puedo ver la escena del crimen en tercera dimensión. No me he transportado hasta ahí, simplemente en mi visión me veo como si estuviera ahí. En realidad mi cuerpo sigue en la oficina, mi mente es la que se ido hasta este lugar.

Ya casi he memorizado esta escena, el cuerpo de una jovencita de apenas diecisiete años está tirado en medio de un bosque, cubierta de hojarasca y pintura roja en sus ojos. No pongo tanta atención en el cadáver, la policía ya recolectó toda la información que podía proporcionar. Muevo mi mano de izquierda a derecha para retroceder el tiempo, justo hasta el momento en el que el asesino llega a deshacerse del cuerpo.

Puedo ver a un hombre con una larga gabardina negra llegar hasta el bosque. Arrastra un hule azul donde ha envuelto el cuerpo de su víctima. La deposita con cuidado y la acomoda con delicadeza. Pienso en lo ridículo y enfermo que es el hecho de que tarde tanto en acomodar el cadáver.

Cruza los brazos de ella por el pecho y pone sus piernas rectas. No debe haber pasado mucho tiempo de su muerte porque el cadáver aún no está rígido. Después saca un bote de pintura roja de su gabardina y con su dedo empapa los ojos de la joven. Ésa es su marca personal, a todas sus víctimas les pinta los ojos de rojo, de ahí viene su sobrenombre. Unas gotas de pintura corren por la cara de la muchacha, asemejando lágrimas de sangre.

Una vez que el homicida ha terminado su repugnante proceso, se gira a verme. Eso me inquieta y me pone los pelos de punta, no se supone que deba saber de mi presencia. En mis visiones yo no estoy presente físicamente, es imposible que alguien pueda verme.

Aunque ahora estoy frente al homicida no puedo identificarlo. Su rostro no es más que una mancha borrosa, una ilusión, no puedo saber quién es. Se encamina hacia mí unos pasos y luego se retira, o más bien, solo desaparece. Esto es lo que me frustra, en mis visiones de estos homicidios todo es bastante confuso.  Él llega y se va y nunca sé a dónde, jamás he podido ver su cara, sólo veo un borrón y además de todo, nunca puedo escuchar ningún sonido. Muevo mi mano derecha en círculos para terminar con la visión.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar