El Amor del Último Vidente

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Keren

Por primera vez en mi vida, no quiero que el turno termine tan pronto. Hoy se cumple la semana que me dio de margen la licenciada para que Esteban ya esté inscrito en alguna escuela; aunque lo intenté en otras tres, todas me dieron la misma respuesta: no, y el pretexto: las clases llevan meses de iniciadas. En los últimos días he considerado diversas posibilidades, la más recurrente es irme de la ciudad con mi hijo, es una locura pero estoy dispuesta a hacer lo que sea con tal de que Esteban esté conmigo. El único problema con esa opción es cómo encontraré trabajo en donde sea que vaya, si no lo encontré aquí, mucho menos en otro lado.

Observo el reloj, tan sólo media hora para salir. Ahora Talita y yo hacemos la limpieza para que nuestros turnos por fin concluyan.

— ¿Ya viste?—pregunta mientras sostiene el periódico del día de ayer.

— ¿Qué cosa?—me incorporo para ver lo que quiere mostrarme.

—Hubo otro asesinato antenoche, al parecer fue obra del asesino rojo.

La paz de la ciudad se ha visto perturbada en los últimos años por esta serie de asesinatos. Han sido eventos terribles, algo que nunca se había visto antes. La verdad, también me siento insegura cada vez que vengo al trabajo, mujeres solas en la noche son presa fácil para cualquier asesino.

Me acerco a Talita para ver con mis propios ojos la noticia en el periódico.

—Mira eso—señala Talita una fotografía donde se alcanza a ver un cuerpo semi-cubierto con un plástico azul—. Dice aquí que la víctima era Israel Zamora, un profesor de secundaria. ¡Por Dios! Ya nadie puede estar seguro.

—El crimen en esta ciudad es terrible—comento.

— ¡Mira eso!—Talita se exalta y señala con intensidad otra foto del reportaje— ¿No es Ezequiel?

Le arrebato el periódico y observo con detenimiento la foto que me señaló hace rato. En definitiva se trata de Ezequiel. En la imagen se ve que tiene puesto un chaleco antibalas y está cerca de una detective, pero en la descripción no se lee nada sobre él.

— ¿Es policía?—pregunta Talita.

—Pues, no lo creo. La tarjeta que me dio decía que era psiquiatra.

—Pues yo lo veo muy policial en esa foto—dice mi amiga y se asoma sobre mi hombro para ver mejor.

—No pero, mira. No trae arma ni placa.

—Entonces ¿Qué hace ahí?

—Quizá trabaje con ellos como psiquiatra—sugiero—, todos los departamentos necesitan uno, según sé.

—Tal vez tengas razón. Si de verdad fuera policía ya habrían clausurado este basurero.

—Buen punto—señalo.

La foto de él me hipnotiza, si no fuera tan cretino, sería el hombre más sexi que haya visto en toda mi vida.

—Ey—mi amiga me sacude para que deje de ver la foto—. Reacciona, se te está cayendo la baba—bromea.

—Oh, cállate y limpia—le ordeno—ya nos falta poco.

Talita se ríe y exprime el trapeador. En realidad ya hemos acabado, sólo debemos guardar las cosas de limpieza en su lugar. Suspiro al recordar lo que me espera en unos momentos. Mi amiga me conoce de hace muchos años, sabe que ese suspiro significó algo más.

— ¿Qué sucede?—pregunta—Pareciera como si no quisieras irte a casa.

—Claro que quiero—aseguro—. Bueno, quizá no tanto. Hoy se cumple la semana que me dio la licenciada.

—Oh, no—exclama—. ¿Has tenido suerte con las escuelas?

—Por supuesto que no—digo con amargura—. Nadie quiere al hijo de una perdida.

Mi amiga siempre tiene palabras de aliento para mí en momentos como este, pero creo que al igual que yo, ya se ha dado cuenta que no tenemos ninguna oportunidad de sobresalir en esta sociedad.

—Todo saldrá bien—dice sin mucha convicción.

—Mejor salgamos de aquí de una vez—sugiero para cambiar de tema.

Nos vamos hacia los vestidores y en minutos ya estamos fuera, cada quién espera su ruta que la llevará a casa. Pasa primero el autobús de Talita y ella me despide de beso antes de subirse.

El camino que hago hasta mi casa me ayuda a tranquilizar mi mente, eso es algo que necesito, si la licenciada me ve nerviosa desde el principio pensará que algo no anda bien.

Parezco una escolar preocupada por un examen al llegar al complejo de apartamentos, miro hacia el piso y repito en mi mente todo lo que puede salir mal de este “examen”. Al meter la llave en la puerta me detengo, escucho voces dentro de mi casa, no son las típicas voces de las caricaturas de Esteban, parece más bien que mi hijo habla con alguien más.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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