El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Acompañé a Keren hasta la parada de autobús, pues se negó con firmeza a que la llevara a su casa en mi auto. Dijo que así podría darme más tiempo de resolver su asunto. La verdad no necesitaba tiempo extra, la oficina del DIF abre hasta las diez de la mañana y apenas son las nueve. Aprovecharé esta hora para avanzar un poco en mi trabajo y luego iré a hablar con Rut.

Todos se quedan mirándome cuando entro en la oficina, no veo cual sea la novedad, a todos los han buscado alguna vez. Ignoro sus miradas curiosas y me meto de nuevo a mi oficina.

En menos de lo que había pensado, la hora se pasó y salí a buscar a Rut.

—Buenos días—saludé a la recepcionista—, busco a la licenciada Ortega.

— ¿Tiene cita?

—No, no la tengo, pero de verdad necesito hablar con ella.

—Lo lamento, pero la licenciada tiene muchos asuntos que atender hoy—me informa—, y le sería muy difícil hacer un espacio para atenderlo a usted.

—Intente decirle que Ezequiel Espadas la busca, estoy seguro que así accederá a verme.

La recepcionista me mira molesta, imagino que no le parezco tan importante como para que con mi simple nombre me puedan atender. Pero estoy seguro que funcionará. Lo piensa un instante y luego accede y toma el teléfono para llamarla.

—Licenciada—comienza—, hay un hombre aquí que la busca, dice llamarse Ezequiel Espadas.

La recepcionista guarda silencio en lo que Rut le contesta y me mira molesta.

—La licenciada Ortega dice que puede pasar—me avisa—, por el pasillo la quinta puerta de la izquierda.

—Gracias.

Voy hacia donde me dijo la recepcionista. Al abrir la puerta ahí está Rut.

—Pero mira nada más lo que el viento me ha traído hoy—sale de detrás de su escritorio para saludarme. Me da un beso en la mejilla y un abrazo.

—Hola Rut, que gusto verte.

—Siéntate por favor ¡Qué agradable sorpresa!

Me siento en un sofá muy cómodo que tiene junto a la pared, ella se sienta a mi lado. Sabe que esta visita es más informal.

— ¿Qué te trae por aquí?—pregunta curiosa.

—Sabes, no quiero que pienses que sólo te busco cuando necesito un favor—comento con timidez—, pero eres la única que puede ayudarme.

—Oh, vamos, sabes que hay confianza y puedes pedirme lo que sea.

Trato de escoger las mejores palabras para pedirle el favor, debo ser cuidadoso.

—Verás, hay un caso que estás llevando, sobre una madre soltera y su hijo. Necesito que le des una segunda oportunidad y dejes a su hijo con ella.

—Vaya—levanta las cejas y suspira—, me pides algo muy difícil ¿de qué mujer estamos hablando?

Tomo aire antes de mencionar su nombre

—Su nombre es Keren Cordero—digo.

Veo la sorpresa pasar fugaz por el rostro de Rut, supongo que no es muy común que alguien venga a intentar ayudar a una mujer prostituta y su hijo.

—Oh sí, la señora Cordero—se levanta para ir a sentarse en el escritorio—. Fui a visitarla hace unos momentos. Lo lamento Cheque, lo que me pides es imposible. La oficina ya ha emitido una orden para quitarle al niño, él está en un latente peligro. Su madre lo deja solo todas las noches y ni siquiera ha ingresado a una escuela, además, es muy común que las prostitutas lleven a sus “clientes” a su casa ¿te imaginas el ambiente tan tóxico al que es sometido el niño todos los días?

—Lo sé, pero debe haber algo que puedas hacer, tal vez si ella te diera su palabra de que buscará otro empleo, la oficina pueda reconsiderar la orden que ha emitido.

—La palabra de una prostituta no tiene mucho valor en este lugar, además, si pudiera conseguir otro empleo, lo habría hecho durante la semana que le di entre una cita y otra.

—Muchas veces eso no está en manos de ella, son las demás personas que no quieren darle una segunda oportunidad—señalo para hacerle llegar una indirecta.

—Entonces no importará cuánto tiempo le dé—apunta enérgica—, su situación no cambiará.

—Entonces búscale una oportunidad de empleo tú—le pido.

—Amigo—dice con calma— ¿tienes idea de todo el trabajo que tengo? ¿Por qué ella sería tan especial como para que yo le busque otro empleo?



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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