El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Regresé a mi casa para hacer unos ajustes en ella, tenía que prepararla para recibir a nuevas personas. Hay demasiado espacio, sólo tengo que organizarlo un poco para que todos estemos a gusto.

Poco antes de llegar a mi casa veo a Simón afuera, limpiando la entrada con su enorme horquilla, sueno la bocina y el corre a abrirme la puerta principal, debería considerar ponerle una chapa electrónica, así no tendría que hacer correr a Simón cada vez que llego.

—Llegó temprano hoy, señor—dice.

—Un poco, sí—le respondo—, ¿dónde está Martha?

—En el cuarto de lavado—dice señalándome la dirección—. ¿Quiere que la llame?

—Sí, por favor. Tengo algo que decirles a los dos.

Simón deja su herramienta en el suelo y se apresura a llamar a su esposa, siempre está presto a cumplir mis deseos aunque no sean tan apremiantes.

Mientras, yo entro a la casa para pensar qué es lo primero que debo hacer. Tengo una idea de cómo abordar al inútil de Darío. Es un asqueroso avaro que sólo vive para sí mismo, me es fácil imaginar qué es lo que quiere y qué oferta puedo hacerle para que nos deje en paz.

Arrojo las llaves a una mesa cerca de la puerta, me quito la chaqueta y enciendo mi computadora. También debo investigar los horarios que tiene el registro civil y los requisitos que debo cumplir para casarme. No son muchos y tampoco son muy complicados. Sólo necesito mi acta de nacimiento, mi credencial para votar, una prueba de sangre y dos testigos.

Los primeros dos requisitos ya los tengo, el tercero podré hacerlo en la oficina, le pediré a uno de los médicos que me realice una prueba de sangre; así no tendré que esperar las horas en el hospital para que me den los resultados. De todos los requisitos, el más complicado será el último, dos testigos; no porque no tenga a quién pedírselo, sino porque a quién se lo pida, me mirará con incredulidad, extrañeza y luego comenzará a hacer bromas respecto a eso.

No puedo culparlos, siempre fui muy tajante respecto a lo que pensaba en este tema, y ahora hago todo lo contrario.

Simón regresa con su esposa y ambos me miran expectantes.

— ¿Me mandó llamar señor?—pregunta Martha mientras seca sus manos en su mandil.

—Hola Martha. Sí, le pedí a Simón que te buscara porque tengo algo importante que decirles.

Miro al suelo, busco las palabras adecuadas para explicarles lo que pasa.

—El día de mañana—continúo—, dos personas vendrán a vivir a esta casa.

La cara de Martha se ilumina.                                     

— ¡Oh que bien señor! ¿Sus primos vendrán a visitarlo?

—No, no es eso Martha. Se trata de una joven mujer y su hijo.

Fue bastante extraño para ellos lo que les dije. Me miran como si les hubiera hablado en chino. No se atreven a preguntarme nada, siempre han pensado que lo que yo haga con mi casa es mi asunto. Pero esta vez necesitan saber exactamente lo que está sucediendo.

—Me voy a casar—anuncio—. Keren y su hijo Esteban se mudarán mañana temprano a esta casa.

Con eso terminé de hacer corto circuito en sus cabezas. Martha tapa  su boca con sus manos, no sabe si ponerse feliz o preocuparse.

—Pero ¿Cómo señor?...—dice sin terminar de comprender—, sin ser indiscreta, yo nunca le conocí una novia.

Simón toma del brazo a su mujer para callarla. Simón siempre ha sido muy sumiso y lo que su mujer acaba de hacer es bastante atrevido para su juicio.

—No nos incumbe a nosotros—la reprende—, el señor Espadas puede hacer lo que le venga en gana, Martha.

—No, Simón, está bien—lo tranquilizo—. La verdad Martha, ella es una chica muy hermosa, que me enamoró de inmediato.

—Pero… ya tiene un hijo señor.

— ¡Martha!—la regaña Simón.

—Es un gran muchacho—respondo ignorando la actitud de Simón—. En fin, quería pedirles su ayuda para que preparen los cuartos de arriba.

—En seguida—se a presura a decir Simón, quería evitar que su mujer dijera algo más.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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