El Amor del Último Vidente

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Keren

Al cerrar la puerta a mis espaldas, me di cuenta que tenía mucho tiempo que no pasaba una noche en mi casa. Es una sensación agradable el saber que no tengo que volver a ese lugar nunca más. Aunque aún tengo un mal sabor de boca por todo lo que pasó con Ezequiel, me sentí culpable después de verlo tan molesto cuando me vio salir de las habitaciones. No creí que fuera a tomar las cosas así.

Me asomo al cuarto de Esteban, él sigue dormido, tal como lo dejé. Su respiración es acompasada y calmada, me alejo de ahí para no despertarlo.

Me acuesto en el sofá de la sala, no puedo hacerlo en mi cama porque he empacado la mayoría de mis cosas y las coloqué todas sobre ella.

Sé que no podré dormirme pero quiero hacer el intento, mañana será un día ajetreado y con muchos cambios. Un día así, había estado sólo en mi imaginación; es raro mirar a mi alrededor y ver muchas cajas anunciando una nueva vida.  También noté un cambio en Esteban, mientras empacaba sus cosas más importantes, pude oírlo hablar consigo mismo y contarse lo maravilloso que sería cambiarse de casa.

Tengo mis dudas sobre este radical cambio, lo que pasó con Ezequiel hace rato me hace preguntarme si de verdad podré mantener esta nueva vida. Ahora todos esperarán que me comporte como una señora de sociedad, criticarán mis modales y esperarán que esté siempre colgada del brazo de mi nuevo esposo. Sé que será difícil, pero al menos debo intentarlo.

Ezequiel llegó a las siete de la mañana, había conseguido dormir unos minutos cuando escuché que alguien tocaba a la puerta. Me levanté amodorrada y fui a abrirle. Él no tenía mejor aspecto que yo, por las ojeras en sus ojos deduje que tampoco durmió durante la noche.

—Hola—lo saludé—. Pasa, iré a despertar a Esteban.

—Muy bien—contestó—. ¿Qué me llevo primero?

—Lo que sea, toma cualquier caja.

Ezequiel entró y tomó sin ninguna dificultad dos cajas que estaban sobre la mesa de la cocina. Lo bueno es que no hay muchas escaleras que bajar.

Abrí despacio la puerta del cuarto de mi hijo y luego fui a sentarme a su lado. El movimiento que hice fue suficiente para que abriera los ojos.

Se talló su carita unos segundos y poco a poco me reconoció.

—Hola mami—dijo con voz adormilada.

—Hola tesoro. ¿Cómo dormiste?

Esteban asintió con la cabeza y bostezó, con eso supe que había pasado una buena noche.

—Ya ha llegado la hora de irnos, amor—le recordé.

Su cara se iluminó con mis palabras y saltó en su cama.

— ¡Sí, sí, sí!—gritó emocionado— ¡Ya guardé a loquillo mami!

Para él sus DVD´S de El pájaro loco son lo más importante, y el día de ayer fue lo primero que empacó cuando le dije que guardara en cajas lo más importante.

—Qué bueno tesoro, no podíamos dejar a Loquillo atrás ¿verdad? Ahora, vístete, yo ayudaré a Ezequiel a bajar las cajas ¿de acuerdo?

No le dije dos veces que se vistiera, saltó de su cama y fue a cambiarse la pijama. Cuando yo salí de nuevo a la sala, Ezequiel ya venía de regreso para llevar más cajas, la verdad no eran muchas. Consideré que la mayoría de nuestras cosas serían inservibles en una casa como la de él.

Media hora fue lo que nos tardamos en cargar el jeep, Esteban miró a Ezequiel todo el tiempo con una especie de admiración. Él no se dio cuenta, pero mi hijo lo imitaba en muchas formas.

Fue toda una impresión cuando llegamos a su casa. Era enorme en comparación con nuestro antiguo departamento. Un señor mayor nos abrió la puerta del jardín principal, saludó muy efusivo a Ezequiel y luego nos miró a nosotros con una media sonrisa.

Ezequiel estacionó el jeep frente a la puerta de la casa y entre él y el señor mayor, que nos presentó como Simón, cargaron las cajas hasta el segundo piso.

Ezequiel ya había preparado dos habitaciones para nosotros, una para mí y otra para Esteban. Mi hijo estaba rebosante de alegría cuando entró en su nueva habitación, era el doble de grande que la última y tenía una televisión propia. Lo dejamos acomodar sus cosas como mejor le pareciera y él se veía muy feliz con ello, comenzó a colocar todos sus dinosaurios en los estantes que Ezequiel le había puesto el día anterior.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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