El Amor del Último Vidente

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Keren:

Estoy tan nerviosa que no paran de sudarme las manos, ya sé que esta boda no es del todo real, pero aun así, no puedo evitar sentirme presionada. Ni siquiera sé que ponerme, estoy revolviendo todas mis prendas pues ninguna me convence del todo.

Saqué tres vestidos que son los que podrían ser aptos para una ocasión así, pero tienen un no sé qué, que no me termina de agradar. También tengo que pensar en cómo vestiré a Esteban. Casarme ya me está dando dolores de cabeza.

Después de mucho pensarlo, me decido por un vestido color caqui, pegado al cuerpo y que me llega hasta las rodillas. Elijo unas zapatillas a juego, de color café oscuro. Siempre me han gustado esas, me hacen ver más alta, y como ahora estaré parada junto a Ezequiel un bueno rato, las usaré para no parecer un Minnion.

— ¿Puedo pasar?—la voz de Ezequiel me sobresalta, estaba concentrada viendo mi vestido.

—Ezequiel, sí, pasa—contesto.

Él entra con algo en sus manos, una pequeña cajita negra con letras doradas.

—Es muy bonito—dice del vestido.

— ¿Tú crees? Tengo dudas sobre él, no es del estilo para una boda.

—Yo creo que te verás muy guapa en él.

—Gracias—le respondo sonrojándome. Fue un lindo comentario.

Se sienta en mi cama y me mira, yo estoy de pié frente a él.

—Keren—dice—, quiero regalarte algo, y me gustaría, si tú quieres, que lo usaras hoy en nuestra boda.

— ¿Qué cosa?—pregunto.

—Esto.

Ezequiel abre la cajita que traía y me deja ver una preciosa esclava de oro, con unas letras grabadas en ella “Señora de Espadas” ponía la inscripción.

—Mi madre la usó el día de su boda—comenta.

— ¿Es importante para ti?—pregunto.

Él asiente.

—Lo haré—afirmo—. Si es importante para ti, entonces lo haré.

—Gracias—dice con una sonrisa.

Me siento a su lado en la cama. Pienso que casi no sé nada sobre él, y si vamos a estar casados, aunque sea de mentira, necesito empezar a conocerlo.

— ¿Qué fue de tus padres?—le pregunto.

—Murieron—dice con un suspiro—, hace seis años. Un accidente de auto. Mi padre murió al instante, pero mi madre sobrevivió una semana más. Era invierno y ellos habían salido a celebrar sus bodas de plata. La carretera estaba congelada y el auto derrapó hasta chocar con una pipa industrial. En su última semana, mi madre me dio su esclava y me dijo que se la diera a la chica indicada.

Guardo silencio ante su pérdida. Aunque fue hace tiempo, siempre es difícil superar eventos de esa magnitud.

—Lamento mucho lo de tus padres—comento.

—Sí, también yo—dice con semblante triste—. Nunca se es demasiado grande como para no resentir la muerte de tus padres ¿no?

—Eso creo.

Imagino que sus padres fueron buenas personas, yo no me quejo de mi madre, pero tampoco tengo muchos recuerdos gratos de ella, y de mi padre, bueno, cualquier recuerdo que pueda tener de él ya se ha desvanecido con el tiempo.

—Hoy es el día de nuestra boda—dice Ezequiel—, no hablemos de cosas tristes.

—De acuerdo—coincido.

El ambiente se estaba tornando un poco taciturno, cuando debería ser festivo.

—Me voy—anuncia Ezequiel—, dejaré que te pongas más guapa.

Se levanta y me dedica una sonrisa con un amistoso apretón de mano.

En cuanto sale por la puerta, tomo mis productos de aseo y me encamino a darme una ducha. Debo apresurarme porque también necesito arreglar a Esteban y solo tengo tres horas para hacer eso y más.

El baño, al igual que toda la casa, está lleno de lujos, tiene una tina de hidromasaje, dos lavamanos, gabinetes de caoba y muchos otros artefactos más. En otra ocasión me daré el tiempo de usar la tina, se ve muy relajante.

Tomo mi ducha rápida y enseguida meto a Esteban, tampoco gasto mucho tiempo en él, lo único que me preocupa, es que no tengo ropa elegante para él, no sé qué voy a ponerle.

—Pues mi camisa de loquillo mami—sugiere él.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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