El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Regresamos a nuestro hogar hasta las once de la noche. Fue una velada maravillosa, me divertí en serio al lado de Keren y Esteban. Los llevé a comer al Biko Nahm, mi restaurante favorito. Me dijeron que también les había gustado. Después de eso, pasamos un rato agradable en la plaza de armas, comimos helado y reímos con los actos urbanos que presentaban ese día.

—Muchas gracias por todo—me agradeció Keren.

—No hay de qué. También me divertí.

—Buenas noches—se despide.

—Hasta mañana.

Keren entra en su habitación con sus zapatos en mano y cierra la puerta. Me voy hacia la mía, mañana tengo que presentarme a trabajar y debo descansar antes de enfrentarme de nuevo a la frustración del asesino rojo.

Al amanecer, me levanto primero que todos y desayuno en soledad. La casa está en silencio, no parece que hubiera nuevas personas viviendo aquí.

Pongo a funcionar la cafetera y espero un momento. No tengo mucha hambre esta mañana, ayer comí suficiente, incluso me siento pesado, abusé al pedir dos bolas de helado. De todos modos me preparo un cereal, sé que necesitaré llevar algo en el estómago hoy, si hay demasiada información o cosas que hacer, el almuerzo podría retrasarse bastante.

—Buenos días—saluda Keren a mis espaldas.

—Buenos…

Me interrumpo cuando me doy cuenta que estoy sin camisa en la cocina. Siempre ha sido mi costumbre bajar a desayunar sólo con mi pantalón pijama. De manera torpe intento cubrirme con mis brazos y la servilleta que tomé.

Creo que Keren ni siquiera había notado que no traía camisa, ella miraba distraída hacia la cafetera, sin embargo, volteo por todos los movimientos que hice.

Primero apareció una sonrisa en su cara y luego aumento hasta volverse carcajada. Fue muy torpe de mi parte lo que hice, “¿Qué me sucede?” me pregunté. Estoy seguro de que le di una escena bastante graciosa, ahora que lo pienso, de verdad fue muy gracioso y también me rio con ella. Pero es que jamás nadie me había visto así, sólo Martha y su esposo Simón cuando entraban a la casa, pero ya me había acostumbrado a ellos. Keren es una persona nueva y aún no me acostumbro a su presencia aquí, de haberlo pensado mejor, habría bajado con una camisa puesta, pero no creí que se levantara tan temprano.

—Tranquilo—dice todavía riéndose—, no abusaré de ti.

Me vuelvo a reír con más intensidad.

—Bien, bien—contesto—, ya puedo relajarme entonces. Perdona, es que todavía no me acostumbro a que haya nuevas personas aquí.

—Está bien, yo sólo bajé porque pensé que querrías desayunar antes de irte.

Keren se acerca a la estufa y la enciende.

—Pues… así es pero, no te preocupes. Desayunaré cereal, no tenías porqué levantarte temprano.

—Bah, está bien. Dormí muy bien anoche y… te lo debo. Por todo lo que has hecho por mí y por Esteban.

—No me debes nada—recalco—, de verdad, no necesitas pagarme cada cosa que hago.

—Pongámoslo así, tú me ayudas y yo te ayudo ¿te parece?

Keren es un poco obstinada, lo admito, pero la amabilidad no debe ser negada, y sé que sólo intenta ser amable conmigo.

—Además—agrega—, un cereal no es desayuno suficiente. Necesitas más vitamina, un buen licuado de frutas te vendría bien.

No lo había pensado, pero un licuado suena muy bien para desayunar, sonrío y asiento con la cabeza.

—Muy bien—dice ella—, si quieres ve a cambiarte mientras yo hago licuado para los dos ¿sí?

—Claro. En seguida regreso.

Me giro para ir hacia mi habitación.

—Ezequiel

— ¿Sí?—digo deteniéndome.

— ¿Dónde…?

Comprendo su pregunta antes de que termine de formularla. No le he mostrado dónde está todo en la cocina.

—Oh, claro, todo lo que necesites está en estos gabinetes.

Abro todos los gabinetes para que vea donde están los platos, los aparatos electrónicos, la despensa y todo lo demás.

—Excelente—dice ella—, gracias.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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