El Amor del Último Vidente

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Keren

Tomé el jeep y salí a toda prisa para recoger a Esteban. Estaba muy preocupada por Ezequiel y quería volver pronto para llevarlo al hospital, estoy segura que no es normal lo que le ocurrió hoy, aunque él se veía más asustado de verme en su habitación que por lo que le había pasado.

Me desespera cuando quiero llegar rápido a algún lugar y todo el universo conspira para que me tarde más. Había un choque en la carretera y el tránsito avanzaba a gotas, incluso algunos se detenían para verlo más de cerca y lo hacían todavía más lento.

— ¡Muévete!—gritaban algunos a los que se detenían— ¡No hay muertos que ver!

En cada uno de sus hostiles gritos también sentía descanso en mi interior, su ira y desesperación se parecían a la mía.

Después de lo que pareció una eternidad, al fin pude llegar a la escuela, Esteban ya estaba esperándome, tenía quince minutos de haber salido.

— ¡Mami!—gritó y corrió a recibirme con los brazos abiertos.

— ¡Hola, corazón!

Abracé muy fuerte a mi hijo cuando saltó a mis brazos, me encanta verlo tan feliz. Lo bajé y tomé su mano para llevarlo hasta el jeep.

— ¿Qué tal te fue hoy corazón?

— ¡Muy bien mami! Hice mi nombre con macarrones ¡mira!

Esteban saca un papel de su mochila y me lo enseña con entusiasmo. Tiene su nombre escrito con letras grandes y está adornado con macarrones.

—Vaya pero ¡qué hermoso! Lo pondremos en el refrigerador ¿te parece?

Esteban asiente con efusión.

—Pero… la maestra tuvo que escribir mi nombre, yo no sé escribir todavía mami.

—No te preocupes tesoro, ya aprenderás y yo te voy a ayudar ¿sí?

— ¡Sí! Algún día quiero ser como Ezequiel mami.

Me detengo a mitad del camino hacia el jeep y miro a mi hijo, no sabía que admirara tanto a Ezequiel.

— ¿De verdad cariño? ¿En qué sentido? ¿También quieres ser psiquiatra?

—No, quiero ayudar a la gente mami, como él nos ayudó a nosotros.

Me arrodillo frente a él y le sonrió.

—Eso es muy lindo corazón, verás que cuando seas grande serás un gran hombre.

Esteban y yo continuamos nuestro camino hacia el jeep y una vez ahí, reinicio mi carrera para llegar pronto a la casa. Esta vez tomo una ruta alternativa y así evitar el accidente vial con el que me topé hace rato.

Llegamos en menos tiempo que el que hice para ir a la escuela, Esteban entra brincando a la casa y corre con Ezequiel en cuanto lo ve para mostrarle su trabajo. Pero, no le dice nada, solo le extiende el papel para que él lo vea.

— ¡Vaya! Pero mira que obra de arte tan hermosa tenemos aquí—dice Ezequiel. Mi hijo solo sonríe y agacha la cabeza, un poco sonrojado.

—Ven, vamos a ponerlo en el refrigerador.

Ambos se van a la cocina y Ezequiel levanta a Esteban en brazos, para que coloque el dibujo en la parte más alta del refrigerador con un imán.

Es una linda imagen la que veo, Esteban corre hacia mí y yo le pido que vaya a dejar su mochila a su habitación, cuando lo veo subir las escaleras me acerco a Ezequiel.

—Vamos ahora a que te vea un médico.

Lo tomo de la mano e intento sacarlo de la cocina, pero él se queda firme en su lugar.

—No, no, Keren espera—me pide.

Lo veo algo nervioso, mueve sus manos sin parar y mira por la ventana como buscando a alguien que lo ayude.

— ¿Qué ocurre?—pregunto.

—Es que… tengo algo que decirte.

El semblante de Ezequiel me pronostica una tragedia, por un segundo se me pasan por la cabeza todas las enfermedades terminales que conozco. Saco de un tirón todas esas ideas, Ezequiel es un hombre sano, no me lo imagino muriendo tan joven. Pero cómo quisiera que cambiara esa cara de tragedia.

—Pues dímelo, me asustas cuando te pones así.

—Lo lamento—se disculpa—. Es algo muy importante y quisiera que mantuvieras una mente abierta en todo momento.

—Claro, puedes decirme lo que sea.

—Bien, bien.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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