El Amor del Último Vidente

Tamaño de fuente: - +

19

Ezequiel

Se me hace muy difícil el camino de regreso a mi casa. Keren me había contado que su mejor amiga siempre había sido Talita, que congeniaron desde el primer día que se conocieron en el negocio de Darío. Muchas veces Talita la había ayudado con Esteban o cuando se metía en problemas con el DIF. Estoy seguro que le dolerá mucho la noticia que voy a darle.

Cuando llego a mi casa, el portón del jardín principal está abierto y veo a Esteban jugando pelota muy contento. Levanta los ojos cuando ve llegar el auto y sonríe.

—Hola campeón—lo saludo cuando me bajo— ¿quién va ganando el partido?

Esteban se señala a sí mismo con autosuficiencia, levanta la barbilla e infla el pecho.

— ¿En serio?—cuestiono— ¿cuántos goles llevas?

Levanta cuatro dedos para indicarme el número de goles que lleva.

— ¿¡Cuatro!?—Exclamo— Esos son muchos goles, déjale algo a tus contrincantes campeón.

Se ríe a carcajadas cuando le digo eso, se sintió muy importante cuando alguien alabó sus logros.

— ¿Dónde está tu mamá?

Me señala el segundo piso.

— ¿En su cuarto?—Esteban asiente— Muy bien, iré a verla. Luego bajaré y te retaré a un futbolito, a ver si logras ganarme a mí ¿de acuerdo?

Esteban se mostró contento con mi reto y se quedó en el jardín a practicar con su pelota. Yo subí las escaleras todavía dándole vueltas al asunto de Talita y el cómo se lo diría a Keren.

Llegué a su habitación y la puerta estaba entreabierta, ella estaba de espaldas y a mí y doblaba casi de manera mecánica su ropa. Toqué suavemente la puerta con mis nudillos para anunciarme, ella se dio la vuelta y me dedicó una media sonrisa.

—Pasa—me invitó. Noté algo de tristeza en su semblante.

— ¿Pasa algo?—le pregunté antes que nada.

Ella suspiró y se sentó en la cama. Me parecía que estaba ahogando muchas lágrimas.

—Nada, es solo que… vino a verme una ex compañera de trabajo.

—Oh—comenté— y ¿qué te dijo?

Keren restregó sus manos entre sí y bajó su mirada antes de contestarme.

—Dijo que…, que Talita murió—después de eso al fin liberó las lágrimas que había estado conteniendo, aunque de manera silenciosa.

Sentí un leve alivio de saber que alguien se me hubiera adelantado a darle la mala noticia, pero me sentí muy mal al verla llorar. Me senté a su lado y la acerqué hacia mí para abrazarla. Ella entonces dio rienda suelta a su llanto.

—Lo lamento—la consolé.

—Pude ser yo—gimoteaba—. Yo pude haber muerto como ella. Ella no se merecía esto, era una buena mujer. Dios, ¿por qué no hice nada para ayudarla?

—Tranquila, si alguien debió hacer algo, ese debí ser yo.

Ambos sabíamos que ya nada podíamos hacer para cambiar el pasado, aunque lo deseábamos. Cada uno de nosotros se sentía culpable a su manera, pero eso no reviviría a Talita.

—Fuiste por ella ¿no?—me preguntó todavía sollozando.

—Sí—afirmé—. Encontraron su cuerpo hoy en la mañana.

—Y fue él ¿verdad? ¿Darío? Él la mató, estoy segura.

—Sí, pero ya sabemos dónde está, ya han ido por él y lo harán pagar por todo lo que le hizo y lo que te hizo a ti también.

Esperaba que Keren se consolara con la idea de que pronto Darío pagaría por todos sus crímenes, pero una pérdida así no se supera tan fácil.

—Que bien pero, aunque no lo creas, no me satisface del todo—me confesó—. Mi amiga murió y lo que yo quiero es que esté conmigo.

—Lo sé—digo acariciando su espalda—. Al menos se le hará justicia.

Me estuve sentado a su lado un buen rato, consolándola hasta que al fin se quedó dormida en mis brazos aun llorando. La acosté en su cama y la cubrí con sus mantas, pasará un buen tiempo antes que supere por completo la pérdida de su amiga.

Salgo despacio y la dejo dormir. Bajo hasta el jardín para buscar una manera de reanimarme a mí mismo. Si yo no estoy feliz, entonces será difícil que pueda animar a Keren.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar