El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Avanzábamos por la avenida y Keren y yo tarareábamos Espacio Sideral de Jesse y Joy, resulta que a ambos nos encantaba esta canción, y ahora teníamos algo más en común.

—… Quisiera ser un súper héroe—cantábamos—, y protegerte contra el mal, regalarte la vía láctea, en un plato de cereal, llevarte al espacio sideral, y volar como lo hace superman…

Keren estiró su mano y subió todo el volumen del estéreo, Esteban tuvo que taparse los oídos con las manos, no por lo alto de la música, si no por nuestros gritos que pretendíamos era cantar.

—…Me tienes tan debilitada—gritábamos—, todas mis fuerzas se me van si estás aquí, y mis poderes no son nada, me siento tan normal, tan frágil tan real, me elevas al espacio sideral, tal como lo hace superman…

—Muy bien, creo que hemos llegado—anuncié.

Keren suspiró de tristeza por dejar de cantar y Esteban de alivio porque ya no tendría que escucharnos más. Apagué el auto y todos nos bajamos.

El centro comercial era inmenso, y al parecer, todos venían a abastecerse de lo que necesitarían durante el puente, había demasiada gente caminando por todos lados.

— ¿A dónde iremos primero?—preguntó Keren.

Yo tenía planes muy específicos, primero quería pasar un tiempo con Esteban, para ver si podía conseguir que me hablara por primera vez. Saqué mi tarjeta de crédito y se la extendí a Keren.

— ¿Por qué no vas a comprarte algo bonito?—sugerí— Esteban y yo iremos al área de zapatos, ambos necesitamos un nuevo par ¿no es así campeón?

Esteban levantó su mirada hacia mí y me tomó de la mano, eso quería decir que aceptaba ir conmigo.

—De acuerdo—dijo Keren—, entonces los veré aquí mismo en un rato más.

—Excelente.

Esteban y yo nos dimos media vuelta y caminamos por los pasillos del centro comercial. El niño caminaba a mi lado dando leves saltitos de vez en cuando, feliz de acompañarme.

Llegamos a la zapatería y una señorita se acercó a atendernos.

—Buenos días, señor—saludó—  ¿gusta que le muestre algo en específico?

—Sí, muéstreme zapatos para niño por favor—pedí.

—Claro, sígame por aquí.

La señorita nos guió a través de la tienda y nos llevó hasta donde estaban los estantes de calzado para niño. Había una infinidad de muestras, algunos muy deportivos, otros muy elegantes y otros que se veían más cómodos.

Sabía que si le preguntaba a Esteban cuál le gustaba, se limitaría a señalarme el modelo de su agrado, pero eso no era lo que yo quería, yo necesitaba que comenzara a confiar más en mí y me dirigiera sus palabras, no sus gestos.

— ¡Vaya!—exclamé— qué gran cantidad de zapatos hay aquí, me pregunto cuál le gustará a Esteban.

Fingí no darme cuenta que el niño me señalaba con insistencia un par de tenis deportivos que estaban a mis espaldas. En cambio, me llevé mi mano al mentón como si estuviera pensando muy fuerte.

—Hum—murmuré—, pienso que tal vez le gusten estos.

Tomé entre mis manos un mocasín café, y lo giré varias veces como apreciándolo. La señorita me miraba con desconcierto, mientras Esteban brincaba y gemía cada vez más alto para que lo escuchara, no obstante, me mantuve firme y no me gire a verlo.

—No, quizá este no.

Continué moviéndome por los estantes como pensando cuál sería el mejor, Esteban ya estaba desesperado por mi actitud distraída y corrió para jalarme de la camisa, y así evitar que  me alejara más de dónde estaba el par que le gustaba.

Dejé que me guiara hasta donde estaba lo que a él le gustaba, ahí entendí porque estaba tan ansioso porque le hiciera caso, los tenis que me había estado señalando tenían el dibujo de loquillo en los costados. Sin embargo, tomé el par que estaba justo al lado.

— ¡Oh!—exclamé—ya veo, estos tenis negros son una belleza.

Esteban hizo una leve rabieta de desesperación por mi actitud despistada.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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