El Amor del Último Vidente

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Keren

 

Es media noche, hay un delicioso aire tibio moviéndose por toda la habitación, lo veo entrar cuando mueve la cortina de la ventana de un lado a otro.

Hoy fue un día tan agradable, que ni siquiera puedo dormir por revivir en mi mente cada uno de los instantes que pasé con Ezequiel y mi hijo. Ezequiel ya se ha dormido a mi lado, oigo su acompasada respiración y siento su pecho subir y bajar de forma rítmica. Su brazo izquierdo me rodea y me acurruco más con él para  sentir el calor de su cuerpo.

Esta es la primera vez que alguien me hace sentir segura, es un sentimiento que nunca había experimentado antes. Ezequiel me hace sentir que jamás me sucederá nada malo, que él me protegerá siempre, y que ya no tengo porque temer al mundo y lo que digan de mí. Es como si hubiera una voz en mi interior que me susurrara que confiara en él, que él jamás me hará daño, y yo lo creo, con todo mi corazón. Quisiera hacer más por él, quisiera poder ser mejor para él, pero no tengo idea de cómo hacer eso.

Me aferro más a él, lo tomo de la mano y le hago suaves caricias en el dorso. No sé qué esté pasando en su mente justo ahora, ni lo que esté soñando, pero debe ser algo bonito, oigo que se ríe bajito. Supongo que yo también soñaré algo agradable, dado el placentero día que tuve hoy. Me acomodo para acompañarlo al fantástico mundo de los sueños.

Dos días después, todos tuvimos que regresar a nuestras actividades normales, y es que el corto puente, se pasó muy rápido. El martes por la mañana, me levanté antes que Ezequiel para plancharle su camisa y pantalón con la que se iría al trabajo. Sé que él no se espera cosas como esas, y me gustaría sorprenderlo con un pequeño detalle, así como él me ha sorprendido ya muchas veces con pequeños detalles de atención.

Oí cuando Ezequiel se metió a la ducha y me apresuré a terminar. Cuando él salió de nuevo a su habitación, encontró toda su ropa lista. Bajó al comedor elegante y muy guapo.

Se acercó hasta mí, que estaba de espaldas a él, preparando el desayuno y sin decir nada me abrazó y me regaló un beso en la mejilla.

—Gracias—me susurró al oído.

Me gire a él y crucé mis brazos detrás de su cuello.

—Por nada. Te ves muy bien—le aseguré.

—Gracias señora de Espadas, usted también se ve muy hermosa hoy.

—Claro, en mandil y chongo—digo con un toque de sarcasmo.

El me mira fijo a los ojos, siempre que hace eso, no puedo evitar sonrojarme, me mira como si no existiera otra mujer en el mundo.

—No hagas eso—me ruega en voz baja.

— ¿Hacer qué?

—Minimizarte, eres muy hermosa, lo digo en serio, pero no me crees.

“¿De verdad lo hago?” me pregunto en mi mente. Antes no lo había pensado, no sé si sea eso o el hecho de que no estoy acostumbrada a responder a los “cumplidos” de los hombres. Cuando trabajaba con Darío, quienes me decían cosas bonitas era sólo para aliviar su culpa. No eran cumplidos sinceros y yo lo sabía, por eso no me he tomado en serio ningún comentario amable desde entonces.

Sonrío como asintiendo a su afirmación de hace rato.

—Hoy iré a buscar empleo—anuncio para cambiar de tema.

Ezequiel me mira sorprendido y alegre a la vez.

— ¿En serio?—pregunta.

—Sí, es lindo estar en esta casa, pero me sentiría más útil si tuviera algún empleo.

Ezequiel se ríe bajito.

—Muy bien—dice—, si te hace sentir más a gusto, adelante. Pero, sólo quisiera pedirte una cosa.

— ¿Qué es?

—Que sea un empleo por las mañanas, así podré verte por las tardes.

—Muy bien señor Espadas, buscaré uno en la mañana. Ahora, desayune porque se le hace tarde para ir a su trabajo.

Ambos nos sentamos a la mesa para compartir el desayuno y poco rato después, Ezequiel se marchó a su oficina.

Después de llevar a Esteban a la escuela, fui a buscar empleo. Debo admitir que iba muy nerviosa, una parte de mi sentía que me rechazarían como en el pasado, y que nadie me daría una oportunidad de demostrar que soy digna y que merezco el mismo buen trato que le dan a cualquier otra persona.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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