El Amor del Último Vidente

Tamaño de fuente: - +

23

Ezequiel

Después de acostar a Esteban, le pedí a Simón y Martha que se retiraran a su casa y regresaran hasta el día siguiente. Ya se imaginaban lo que había sucedido hoy, escucharon toda nuestra discusión y por eso no tardaron en acatar mi petición y no los vi por el resto del día.

Cuando la casa quedó en completo silencio, me encerré en mi habitación. No creo poder explicar con exactitud la revoltura de emociones que tenía en mi interior. Mi corazón estaba completamente destrozado, me sentía débil, mis piernas no me sostenían, pero a la vez, tenía la energía suficiente como para recorrer veinte kilómetros a pié. Tomé un jarrón de una mesita y lo estrellé contra la pared. Un grito desesperado se escapó del lugar más oculto de mi pecho. Me senté en el suelo, a los pies de mi cama, estiré con fuerza mi cabello y comencé a llorar desconsolado. Golpee el suelo hasta que me sangraron los nudillos. Estaba enojado, triste, desesperado. Me sentía traicionado y sobre todo, muy, muy estúpido.

En mi cabeza se repetía una y otra vez la misma pregunta “¿Por qué?” Me porté bien con ella, la traté como a una dama, siempre le di su lugar, y aun así ella no dudó un segundo en correr a traicionarme. Sus acciones me dolieron más de lo que podía imaginar, una pequeña parte de mí siempre supo que Keren me engañaría tarde o temprano, pero luego de los días tan hermosos que pasamos juntos, luego de que ella misma quisiera quedarse a dormir conmigo, que riéramos como niños pequeños durante los desayunos, de verdad creí que podríamos ser felices juntos.

 

—Soy un completo imbécil—me regaño con amargura.

Siento que fui un estúpido por haberle entregado mi corazón a una mujer que yo sabía que no lo cuidaría, porque sí, lo hice. La amé, y cuando en mi cama le dije que la quería, se lo dije de corazón.

Mis ojos están calientes de tanto llorar e incluso ya veo borroso, no tengo la fuerza para levantarme del suelo y ahí mismo me quedo dormido.

Despierto al día siguiente con el molesto sonido de mi alarma. Todos mis músculos están rígidos y acartonados por haber dormido en el piso. Me levanto con dificultad y apago la alarma. El primer pensamiento que me cruza por la cabeza es Keren alejándose de mí, pero no lloro más, ayer lloré todo lo que debía llorar. Todavía me siento triste y sin ganas, pero no lloraré más, al menos no por ahora.

Camino hacia la ducha arrastrando mis pies y de manera muy mecánica me baño con agua fría. Salgo ya cambiado para irme al trabajo, eso distraerá mi mente un poco y no pensaré en Keren y su traición.

Antes de bajar las escaleras, me asomo al cuarto de Esteban, ayer no volví a verlo después de acostarlo. Sin embargo, él sigue dormido y en la misma posición que lo dejé ayer. Creo que de los dos, él es quien está más lastimado por el abandono de Keren, un niño difícilmente logrará entender porque su madre lo deja atrás. Le encargo a Martha que despierte al niño en unas horas más y luego lo lleve a la escuela.

— ¿Desayunará antes de irse?—me pregunta.

Lo cierto es que he perdido todo apetito.

—No, Martha, ya es tarde pero gracias—digo sin ninguna emoción.

No recuerdo haber recorrido el camino hasta la oficina, pero es obvio que debí hacerlo porque ya estoy entrando por la puerta.  A diferencia de mí, todos se ven de buen humor y me sonríen cuando paso junto a ellos, es una lástima que no les corresponda de la misma manera. Prefiero correr y encerrarme en mi oficina para no ser grosero con nadie más.

Tomo una pila de papeles que alguien ha puesto en mi escritorio para que la revise. En ella están todos los datos del caso de Talita para que dé mi opinión profesional, pero creo que es una pérdida de tiempo, mi opinión no llegará hasta el juzgado. De todos modos, es por cumplir con el papeleo y distraer mi mente un rato.

Es gracioso, pero todo me recuerda a Keren ahora, incluso este horrible caso de Talita. Me hace pensar en aquella noche que se deslizó hasta mi habitación, y me dijo lo mucho que me agradecía el haberla rescatado de su anterior vida. Me llena de coraje el saber que todo eso fue falso, y no entiendo por qué me siento tan perdido sin ella. Arrojo los papeles lejos de mí, necesito concentrarme en algo más.

Sigo rebuscando en la pila de papeles para encontrar algo más, pero no puedo. Elyon se presenta ante mí. Si no fuera por el hecho de que cuando él aparece no existe nada más, lo ignoraría.

—Hola, hijo—saluda— ¿Cómo estás?



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar