El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Conduzco por las atestadas calles de la ciudad sin rumbo fijo. No quiero llegar a mi casa porque sé que sería más deprimente para mí, y justo ahora lo que necesito es encontrar algo con qué distraer mi mente. Pienso en algo que no implique pensar mucho, algo que no requiera de actividad física o mental. Carajo, creo que lo único que puedo hacer es dormir. Si tan sólo pudiera llamar a mis primos e invitarlos a irnos unos cuantos días al campo, pero no, tampoco quiero pasar mucho tiempo con gente conocida; en cualquier momento preguntarán qué me sucede y no quiero responder a esas preguntas, ni yo mismo sé que me sucede.

Continúo con mi vago recorrido, ahora no me molesta el intenso tráfico que hay el día de hoy, cuando me detengo en un semáforo en rojo mi mente divaga y observa todo lo que me rodea. Hay un local a mi derecha, pintado de amarillo y azul. Inmediatamente desvío mi mirada de ese local, no quiero ni siquiera pensar en esa opción.

—No seas tonto, Ezequiel—me recuerdo—, sabes bien que no puedes beber ni una sola gota de alcohol.

Por fortuna, el semáforo cambia a verde y me apresuro a alejarme de ahí. Siempre he sido muy firme en cuanto a la restricción de no beber alcohol durante toda mi vida. Incluso cuando era estudiante y mis amigos me invitaban a los bares, nunca sentí algún tipo de interés por seguirles el paso, la verdad, me desmotivaba el hecho de verlos llegar bastante borrachos y sin ninguna pizca de dignidad, no me parecía divertido perder el conocimiento y llegar a mi casa todo vomitado. Siempre me reí de lo absurdo que era salir a beber. Pero esa no era la principal causa por la que jamás había bebido alcohol durante mi vida; cuando era niño y Elyon me llamó para ser vidente, me advirtió que las bebidas embriagantes no podrían ser parte de mi vida, y es que el alcohol en nosotros los videntes solo hace que se distorsione nuestra capacidad de ver el futuro, es como el equivalente a estar drogados. No vemos la realidad, sino que nuestra mente nos juega bastantes bromas, al punto de imaginar cosas y creerlas como verdaderas, eso y que es probable que una vez ebrios nos dé por gritarles a todos nuestro secreto. El alcohol es nuestra kriptonita.

Suspiro, no acabo de comprender por qué todavía tengo ese deseo de dar la vuelta y dirigirme a ese bar. He oído que beber puede ayudar a olvidar las penas, pero sería algo vergonzoso para mí terminar llorando frente a todos y maldiciendo a Keren, además, como ya lo he dicho, está prohibido para mí.

—No lo hagas—me ruego—, solo te vas a poner en ridículo.

Dentro de mí siento que esa no es una buena excusa para no ir, en mi cabeza todavía está la idea de buscar un bar.

—Lo tienes prohibido—me recuerdo.

Esa fue la peor excusa, ahora que lo pienso, ya no tengo por qué seguir obedeciendo las órdenes de Elyon, él me arruinó la vida al darme a Keren por esposa, además, ya no tengo ningún deseo de ser vidente; por mí, que se vaya al caño el asesino rojo, que otro más intente buscarlo. No me interesa lo que Elyon vaya a pensar de mí, si me quiere olvidar y expulsar de entre sus hijos, pues que lo haga, total, sería más cómodo para mí.

Doy un volantazo hacia la derecha y salgo de la calle principal, varios automovilistas muestran su descontento al sonar el claxon con furia, pero los ignoro, ya no me importa nada.

Me parece que no podré volver al bar que vi hace rato, así que abro bien los ojos en busca de otro, uno que no se vea tan de mala muerte, algo más decente. Me tomó varios minutos, pero al fin encontré algo que me agradó. Estacioné mi auto a unas cuantas cuadras del establecimiento y llegué hasta él caminando. Cuando entré, había pocas personas ahí, supuse que sería normal, apenas eran las doce de la tarde, la mayoría de las personas visitan los bares por la noche.

Me senté en la barra y al poco rato apareció el camarero, sostenía un vaso en la mano y lo limpiaba con afán.

—Buenas tardes, caballero ¿qué le sirvo?—preguntó con amabilidad.

Fue en ese momento en el que me di cuenta de que no sabía nada sobre bebidas, miré alrededor como buscando un menú o algo parecido.

—Ammm—titubee.

Es obvio que no había ninguna especie de menú colgado en ninguna parte, pero tampoco quería verme tan ignorante, así que recité un pedido que escuchaba muy seguido en las películas.

—Sí, deme un whisky doble—pedí tratando de sonar seguro.

El camarero dejó de limpiar el vaso y lo puso en la barra, miró hacia los lados y se acercó a mí, quería hacerme una confidencia.

—Usted jamás ha bebido nada ¿verdad?—susurró.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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