El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

—Ezequiel—A lo lejos oía una voz que hacía eco en mi cabeza dolorida—, Ezequiel—repitió—, tienes que ayudarme. Tú sabes dónde están todos los videntes, debes decírmelo.

Intenté reconocer la voz que me hablaba, pero no pude. Estaba aletargado, todo se movía más lento de lo normal, justo como yo.

Abrí los ojos lentamente, varios árboles corrían a toda prisa a cada uno de mis costados, me pareció que era gracioso y sonreí. Voltee a mi lado izquierdo y vi a una mujer sentada a mi lado, su silla era más alta que la mía y yo estaba casi acostado, así que tenía que mirarla hacia arriba. Sostenía un círculo en sus manos y miraba fijamente hacia adelante, aunque de vez en cuando se giraba a verme.

—Ezequiel ¿me oyes?—preguntó la mujer. Entonces la reconocí, era Rebeca y manejaba por la carretera— ¿puedes oírme?

La verdad sí la oía, pero ¿por qué arruinar con mi voz el dulce sonido de…? bueno no sé exactamente lo que era, pero era una bonita melodía.

Volví a cerrar mis ojos, estaba muy cansado y deseaba dormir, pero alcancé a oír lo último que me dijo Rebeca.

—Lo siento, pero haré lo que sea con tal de que me lo digas—dijo y entonces todo se volvió a poner negro para mí.

De pronto me encontré en un campo sembrado de cadáveres, todo mi entorno estaba en escala de grises, no había nada de color en el mundo donde estaba y la muerte podía respirarse en el aire.

Caminé indeciso por el campo, quería saber en qué clase de lugar me encontraba. Parecía que una sangrienta batalla se acababa de llevar a cabo, los cadáveres estaba esparcidos por un área de veinte hectáreas. Incluso el cielo comenzó  a gritar la palabra muerte. Al llegar el ocaso, todo adquirió un deprimente color naranja-rojizo.

Me acerqué a uno de los cadáveres y le di la vuelta, se trataba de Josué Talamantes. Su mirada inexpresiva y vacía fue suficiente para llenarme de miedo, comencé a temblar sin control. Quise alejarme de inmediato de ahí, pero tampoco podía dejar de verlo. Di unos apresurados pasos hacia atrás y tropecé con otro cadáver. Caí de espaldas en el suelo sólo para enfrentarme al frio rostro de Israel Zamora. Me levanté de inmediato y miré a todo mi alrededor, fue entonces que me di cuenta de que cada cadáver ahí era una de las victimas del asesino rojo.

Estaba tan perturbado mirando a cada uno de los cuerpos, que sentía que me volvería loco.

—Esto no es real—me aseguré en voz baja—, no es real.

Un susurro comenzó a tomar fuerza, pero yo ya no tenía el valor para levantar la mirada y ver de qué se trataba.

—Sí que lo es—decía el susurro.

—No, no—intentaba convencerme a mí mismo.

—Tienes que ver esto—decía la voz, pero yo me negaba a abrir los ojos—, Ezequiel, mira.

—No—dije sin fuerza.

— ¡Ezequiel!—gritó y entonces abrí los ojos.

Un oscuro cráneo con sonrisa macabra estaba frente a mí. Intenté correr para alejarme de él, pero estaba en todos lados, yo estaba en su mundo y no podía alejarme de él. De pronto choqué contra un cadáver que estaba de pié y volví a caer al suelo, miré bien su rostro y entonces mi horror llegó a su límite; el cadáver era yo mismo.

—Tú sigues—dijo mi cadáver señalándome.

Grité sumamente asustado y entonces desperté, con mi corazón latiendo a mil por hora. Una punzada recorrió toda mi cabeza y me quejé, apreté mis sienes con las manos para detener el zumbido y sentí unas gasas y vendas cubriendo la mayor parte de mi cabeza. La luz intensa que entraba por la ventana me cegaba un poco, parpadee varias veces hasta que mis ojos se acostumbraron a la luz.

Me encontraba en una pequeña sala, sobre un sofá. Mi cuerpo estaba medio desnudo, sólo tenía puestos mis pantalones y mi camisa y suéter no estaban muy lejos de mí. Estaban sobre una silla en una esquina, quise esperar un momento sentado en el sofá antes de ir por ellos.

—Buenos días—me saludó la voz de una mujer.

Me di la vuelta sorprendido, fue una mala idea porque el zumbido volvió a aparecer, aunque me dio gusto saber que la mujer no era otra que Rebeca, salía de su habitación ya cambiada para ir al trabajo.

—Hola—dije arrastrando las palabras.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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