El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Tuve que tomar increíbles cantidades de agua durante el desayuno para poder combatir la deshidratación y las náuseas que me aquejaban. La resaca es la peor parte de beber, no es el ridículo que uno puede llegar a hacer, ni la visión doble, sino los terribles síntomas del día siguiente.

— ¿Te duele la cabeza papi?—preguntó Esteban.

—Un poco campeón—dije mientras apretaba con fuerza mis sienes.

— ¿Irás a trabajar hoy?

—No lo creo, no me siento nada bien.

Esteban asintió y siguió jugando con la cuchara en la mesa.

—Yo tampoco quiero ir a la escuela hoy—dijo.

Sonreí para mis adentros, este chico es demasiado listo, estaba usando mi situación para justificar una falta a la escuela.

— ¿Por qué no quieres ir?—pregunté.

Esteban solo se encogió de hombros, no sé si no me quería decir la verdad o simplemente no tenía ganas hoy. Miré mi reloj, aun había tiempo de llevarlo a la escuela, pero si lo llevaba a la escuela, entonces yo también debería ser más responsable y asistir al trabajo, aunque me sintiera terrible.

—Lo siento, pero tendrás que ir—sentencié—. Los dos debemos ser más responsables y asistir a donde debemos estar, yo también iré al trabajo hoy ¿De acuerdo?

Suspiró decepcionado y siguió jugando con la cuchara.

—Vamos, termina tu desayuno—indiqué.

Comenzó a hacerme caso y al poco rato ya había dejado vacío su plato, lo llevé a su habitación para cambiarlo de ropa y después de eso ambos ya estábamos en camino a la escuela.

Cuando llegamos, ya todos los niños estaban en su salón y las clases habían comenzado, solo se oía el barullo de varios niños recitando las tablas de multiplicar. En la entrada de la escuela, solo se encontraba el portero, un tipo alto y enclenque que tenía fama de malhumorado, me preparé para debatir con él y rogarle que nos dejara pasar

—Buenos días—saludé— ¿Podría abrir la puerta para nosotros?

—Hace una hora que las clases comenzaron—dijo moviendo su enorme escoba de aquí para allá—. No se admite el ingreso a alumnos después de iniciadas las clases.

—Entiendo—comenté—, me preguntaba si podría hacer una excepción solo por esta vez. Le aseguro que no volverá a pasar.

—No—contestó seco—, sin excepciones.

Mientras yo le insistía que olvidara nuestro retraso solo por esta vez, la directora apareció.

—Buenos días—saludó— ¿cuál es el problema?

—Directora Esparza, este niño llegó tarde—contestó el portero—, según el reglamento no puede ingresar.

La directora miró a Esteban y luego a mí.

—Bueno, haremos una excepción esta vez—dijo la directora—, pasa a tu salón pequeño. Hablaré con tu padre un minuto.

Esteban se despidió con un adiós, papi y salió corriendo hacia su salón. El portero también se alejó para dejarnos solos a la directora y a mí, no sin murmurar sobre la gente que se creía muy importante para hacer lo que le viniera en gana.

—Señor Espadas—comenzó la directora de manera solemne—, la puntualidad es muy importante para nosotros en esta escuela.

—Lo sé directora, no volverá a suceder, se lo prometo.

—Eso espero—contestó dando un paso más cerca de mí—, no me gustaría que Esteban perdiera clases. Es un niño muy listo, tiene poco tiempo aquí pero he podido darme cuenta del gran potencial que tiene. Quizá algún día lo cite para informarle de todos sus avances.

—Eso me encantaría—contesté con sinceridad. Yo sabía que Esteban era muy listo, pero oír eso en labios de la directora, me llenaba de orgullo.

—Muy bien, entonces esté al pendiente, pronto lo llamaré.

—Gracias directora—dije y luego estreché su mano.

Me fui de ahí sintiéndome como un pavorreal por el cumplido que había recibido. Quise ser igual de responsable que mi hijo y me fui directo a la oficina.

Una canción conocida para mí sonaba en la radio, una que Keren y yo habíamos compartido hace algún tiempo. Apagué de un golpe la radio, no quería pensar más en ella. Me lastimaba a mí mismo con eso. Tenía que tranquilizarme, no podía ir por la vida relacionando todo lo que viera o escuchara con Keren. Por mucho que me hubiera dolido el hecho de que jugara conmigo, no era sano para mí aferrarme a eso. Las personas nos lastiman todo el tiempo, está en nuestras manos el nivel de daño que nos hacen y yo no permitiría que me dañara en lo más mínimo, además, yo obtenía algo muy bueno de todo esto, Esteban es mi regalo, lo que vale la pena de haber conocido a Keren.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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