El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Manejaba a gran velocidad por las calles de la ciudad, sin respetar los semáforos en amarillo o las señales de tránsito, gracias a Dios que ningún policía me vio o me detuvo en el trayecto. Consultaba de manera constante mi GPS, no podía perderme o llegaría demasiado tarde.

Al parecer, la dirección estaba en una fundidora de metal a las afueras de la ciudad, donde Joaquín trabajaba con operador de maquinaria, según el expediente que Rebeca había hecho. Creo recordar haber pasado por ese lugar alguna vez.

Revisé en la guantera a ver si de casualidad traía mi arma, salí tan apresurado que ni tiempo tuve de pensar con qué me defendería. Creo que en mi interior anhelaba no utilizar ningún tipo de violencia, Rebeca había sido mi amiga, o al menos eso creí, no quería lastimarla, sino hablarle y hacerla entrar en razón, pero a estas alturas ¿podría razonar con ella? En serio deseaba que sí.

Poco antes de llegar a la fundidora, bajé un poco la velocidad, no quería llegar haciendo un escándalo y que entonces Rebeca actuara más rápido. Me estacioné varios metros más lejos de su auto, ella lo había dejado cerca de la entrada, mientras que yo tuve que dejarlo casi a la vuelta de la esquina. Me fijé también que conducía el auto que la agencia de policía le había dado, supuse que era para que nadie sospechara de ella si veían que se llevaba a Joaquín en él.

Ni siquiera quise intentar entrar por la puerta principal, sabía que no me dejarían pasar. Rebeca solo debía mostrar su placa y pasaría sin ningún problema, pero no yo, así que busqué entrar por otro lado. Por fortuna no fue tan complicado, pues la fundidora solo estaba rodeada por una cerca de malla. Observé con cuidado a ambos lados, vigilando que nadie me viera y cuando me aseguré que no había nadie cerca, salté dentro.

Había varias máquinas cargadoras y camiones de volteo, pero al parecer, todos los conductores de las máquinas estaban concentrados en su trabajo porque nadie notó mi presencia. Me deslicé a hurtadillas por todo el patio de maniobras, con los ojos muy abiertos en busca de Rebeca. Inmensas montañas de metal y de tierra bloqueaban mi vista constantemente, tenía que quedarme al descubierto muchas veces para poder abarcar con mi vista cada rincón, pero era inútil, ni Rebeca ni Joaquín se veían por ningún lado. Se me ocurrió que si no estaba afuera, entonces debían estar adentro, en la nave industrial. Tomé un casco de seguridad y una chaqueta sucia que estaba por ahí para pasar más desapercibido. Mi improvisado disfraz pareció dar resultado, varios trabajadores que salían de la nave pasaron por mi lado pero no notaron nada raro.

Una vez dentro continué buscando a Rebeca, de pronto sonó una campana, era el timbre que anunciaba el inicio del receso de los trabajadores, me dio alivio saber que la nave quedaría parcialmente vacía, así me sería más fácil ubicar a Rebeca.  Mientras todos los trabajadores salían por la inmensa puerta de la nave, yo entraba chocando con varios de ellos, me disculpé en repetidas veces hasta que no se oyó a nadie dentro. Caminé hacia las oficinas que estaban a los lados de la nave; estaban vacías, todas estaban vacías, sin embargo, cuando ya me daba la vuelta para buscar por otro lado, vi a dos personas conversando en un rincón. Aunque estaba de espaldas a mí, reconocí a Rebeca y frente a ella estaba Joaquín. No alcanzaba a escuchar lo que conversaban, pero fuera lo que fuera, tenía muy confundido a Joaquín. Limpiaba el sudor de su frente cada segundo y cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, como si estuviera nervioso.

Me acerqué a ellos por otro lado, algunas estructuras de metal tapaban su lado derecho, mientras que la pared cubría su lado izquierdo, Joaquín estaba encerrado con su verdugo y no lo sabía. Pegué mi espalda a la estructura de metal para oír lo que decían.

—No tienes otra opción—decía Rebeca—, tienes que venir conmigo.

—No me da confianza—le respondió Joaquín—, prefiero no hacerlo.

—No me obligues a llevarte, sería muy complicado para ti.

“No cedas” rogué en mi mente “no cedas, Joaquín, por favor”

Escuché a Joaquín suspirar, como si se diera por vencido.

—Está bien—respondió—, iré contigo.

—Eso es—contestó Rebeca con satisfacción.

Se oyó el sonido metálico de las esposas al chocar entre sí.

—Espera—respingó Joaquín— ¿por qué sacas eso?

—Debemos fingir hasta que lleguemos al auto, no puedo subir a un civil a una patrulla si no está esposado.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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