El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

—Pero… deberías estar muerto—objeté.

Mateo se rio con ironía mientras caminaba en amplios círculos alrededor de mí.

—Claro, eso le gustaría a Elyon, pero ya ves que no es así. Solo fingí mi muerte para poder deshacerme de todos ustedes.

Apreté el puño con todas mis fuerzas, no podía creer su actitud hacia nosotros.

— ¡Estás loco!—grité— ¿Por qué matas a tus hermanos?

— ¡Esas son tonterías!—dijo deteniéndose frente a mí—. Yo no tengo hermanos, no tengo a nadie. Y la única familia que podía tener, me fue arrebatada por Elyon.

De inmediato entendí que se refería a su esposa.

—Esa no fue culpa de Elyon—apunté—. Fue tuya, siempre supiste que no debías relacionarte con alguien que no tuviera la fuerza para sobrellevar nuestro don.

—Bah, no me digas que eres de esos que todo le creen a Elyon ¿De verdad te parece justo que no podamos ni siquiera elegir con quién nos casamos?

Me quedé mudo, pensaba en la pareja que a mí me había tocado, y lo descontento que aún me sentía por ello. Quizá Mateo tenía un punto a su favor.

—Yo le rogué a Elyon mil veces—continuó Mateo—, le pedí de muchas maneras que me dejara ser libre de elegir, pero no.  A él solo le interesa cumplir con sus propósitos y punto. Nosotros somos solo peones, sirvientes de los que se vale para engrandecerse. O dime ¿alguna vez alguien te ha agradecido tu ayuda?

Me negué a responderle, solo lo miré a los ojos, la respuesta a su pregunta era obvia, sólo quería acorralarme con su lógica.

— ¿Eh? ¿Verdad que no?—dijo con ironía— ¿Lo ves? Yo me negué a seguir participando en su juego, porque yo nunca ganaba, él era el único ganador siempre.

— ¿Y qué tenemos que ver los demás con eso?—exigí— Si nosotros queremos seguir en este juego ¿a ti qué?

Mateo se acercó más a mí. Me tomó del brazo y se estiró para hablarme al oído.

—No, no, no. Yo los estaba liberando, nadie quiere ser parte de un juego donde nunca gana nada.

Su repugnante aliento me asqueó y di un paso hacia atrás para alejarme de él, no disimulé mi disgusto, al contrario, lo acentué más para que no se atreviera a acercárseme de esa forma. Sacudí con fuerza mi brazo para que me soltara, pero él no le dio importancia a ninguno de mis rechazos y continuó caminando en círculos a mí alrededor.

—No me juzgues mal—pidió—, a todos les di la oportunidad de unirse a mí, pero… eran débiles, tontos sin cerebro. Elyon ya había absorbido toda su esencia, de tal modo que sólo quedaban obedientes máquinas que siempre respondían: “Jamás traicionaría a Elyon”—fingió la voz cuando dijo eso, se le veía muy molesto con las decisiones de los demás videntes—. Bah, ya no importa, veo que no eran lo suficientemente audaces para unirse a mí.

— ¿Unirse a ti? ¿Para hacer qué?—pregunté, quería que siguiera hablando, así quizá se me ocurriera un plan para librarnos de él.

Sonrió con una macabra mueca que dejaba ver sus puntiagudos colmillos.

—Destruir a Elyon, por supuesto. Apoderarnos del don de la clarividencia sin estúpidas reglas carentes de sentido. Imagina todo lo que podríamos hacer.

—Estás loco—afirmé—, haces esto solo porque tu esposa murió por tu culpa, y lo sabes bien. Pero quieres culpar a alguien más, quieres culpar a Elyon.

Mateo se movió rápido hacia mí de nuevo, intentó acercarse como hacía un momento, pero lo rechacé con un leve empujón.

— ¿De verdad?—preguntó agresivo— Dime ¿Tú estás feliz con la esposa que te eligió? ¿Estás feliz con Keren?

Lo miré con fiereza, me molestó que mencionara a Keren. No quería que le hiciera daño, ni a ella ni a Esteban, pero él asumió que me irritaba que Keren fuera mi esposa, lo cual era mitad cierto.

— ¡Ah! ¿Lo ves? Pero no es una sorpresa para mí—comentó con arrogancia—, lo noté el día que te conocí en el centro comercial ¿Tienes idea de cómo encontré a todos los videntes?



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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