El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Intenté despertar a Rebeca sacudiéndola del brazo pero no respondía, me alarmé al pensar que algo más grave le sucedía, pero después de comprobar que aún respiraba, me sentí tranquilo, al menos por ella.

—Hay algo más que no sabes de mí—dijo Mateo, y su voz resonó por todo el lugar—, aprendí muchas cosas en estos años, mientras estuve lejos de Elyon.

Ignoré sus palabras, no quería que me enredara en su juego de intimidación. Me concentré en evitar que Rebeca siguiera sangrando por la cabeza. Rompí mi camisa y se la enredé lo mejor que pude, después la recargué en la estructura de metal con la cabeza apoyada en su hombro.

—Creo que ni siquiera Elyon sabe hasta dónde llega el poder de la clarividencia—continuó Mateo—. Descubrí algo maravilloso, algo que me sería muy útil en el futuro, cuando quisiera convencer de algo a otro vidente—se oía exaltado, como si estuviera muy emocionado—, es una herramienta infalible a la hora de…, bueno, es mejor si te lo enseño.

De inmediato mis cinco sentidos se pusieron en alerta, ignoraba qué intentaría a continuación. Un pesado silencio se apoderó de todo el lugar, al principio me negué a salir de mi escondite, pero luego de un par de minutos en donde no se oía nada en absoluto, asomé la cabeza. Me sorprendí cuando no vi a Mateo por ningún lado, aun así no me confié y escruté toda el área con la vista para asegurarme que no había peligro.

Empuñaba el arma de Rebeca con ambas manos, busqué por cada rincón de la nave, incluso dentro de las oficinas pero no se le veía por ningún lado. No me confié del todo y seguí buscándolo hasta que di con él. Estaba sentado en el suelo, sus lentes puestos y se le veía muy concentrado. No tenía idea de lo que intentaba, pero no me importó y le apunté a la cabeza con el arma. Él no se movió ni un milímetro, si me oyó acercarme no le preocupó y continuó concentrado.

Me dispuse a jalar del gatillo y terminar con él de una vez por todas, al fin iba a hacerlo pagar todos los crímenes que había cometido, me hubiera gustado darle una muerte menos rápida y más dolorosa, pero ya que se me había entregado en bandeja de plata no iba a desperdiciar la oportunidad.

Le ordené a mi mano disparar pero por alguna razón, nada sucedió. Ella no me obedecía, estaba como congelada y no sólo mi mano, sin darme cuenta todo mi cuerpo se iba poniendo rígido. Comencé a asustarme y de pronto, mis visiones volvieron, pero no era algo normal y lo sabía, en realidad era algo aterrador porque no era yo quien las controlaba.

Todo lo que veía a mi alrededor no tenía nada que ver con la realidad, había sombras caprichosas moviéndose aquí y allá. Bestias de inmensas proporciones, gritos de millones de personas sufriendo y por sobre todo ese barullo, ordenaba una tenebrosa voz que cimbraba todo mi ser. Mis piernas flaquearon y caí al suelo, era como estar en el mismo infierno.

De pronto un dolor insoportable se apoderó de mí cabeza, la sentí estallar y la sujeté en un fallido intento de mitigar el dolor. Comencé a gritar lo más fuerte que pude, pero ni yo mismo me oía, pues mis súplicas se unieron a las demás que se oían a mi alrededor. Sentí que nadie podría ayudarme en ese infierno. Una figura se acercó lento hacia mí, era Mateo y yo no entendía por qué él se veía tan bien en este horrible mundo.

— ¿Lo ves?—me preguntó, yo seguía luchando contra el intenso dolor de mi cabeza—Descubrí la más sublime manera de hacer sufrir a un vidente. Puedo hacer que veas lo que sea que yo quiera. Y adivina qué amigo mío; por haberte negado a ayudarme, me voy a divertir de lo lindo contigo.

Me sentí perdido después de escucharlo; ahora ya sabía de lo que era capaz y si seguía atormentándome de esa manera no podría soportar mucho tiempo. Estaba seguro que mi fin había llegado.

—Pero te voy a dar un último regalo—anunció Mateo—, te permitiré ver cómo tu hijo muere.

La sangre se me agolpó en la cabeza al oírlo decir eso y me llenó de coraje. Mateo se giró y yo tiré un leve manotazo para detenerlo, alcancé a sujetarlo por la ropa y lo aventé al suelo.

Se incorporó muy molesto por mi acción, quise intentar algo nuevo, pero ya estaba muy débil por el intenso dolor de cabeza, sentí lágrimas calientes saliendo de mis párpados y después me di cuenta de que en realidad eran gotas de sangre.

— ¡Necio!—gritó Mateo—, ya nada puedes hacer para detenerme.          



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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