El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Sujetaba con fuerza a Keren mientras veía a Mateo morir de la manera más justa y dolorosa que pudiera imaginar. No quise apartar mi mirada del terrible espectáculo que tenía lugar en ese momento, yo sabía que apenas estaba pagando una parte de todo el mal que había hecho.

Cuando no quedó ni el más pequeño rastro de vida en Mateo, levanté mi mirada para buscar el origen de todo aquello, sabía que alguien nos había ayudado y quería saber quién.

Me alegré mucho cuando vi a Rebeca de pie, aunque con dificultades, apoyada sobre una palanca, la misma que había ocasionado que el metal fundido se derramara sobre Mateo. Aparté con delicadeza a Keren para poder ir a ayudar a Rebeca. Keren aún no la había visto, pero cuando lo hizo me soltó despacio y asintió con la cabeza. Corrí lo más rápido que pude hacia mi jefa y la sujeté del brazo cuando llegué a ella.

—Rebeca ¿estás bien?—pregunté preocupado.

Estaba cansada y débil pero mantenía un excelente humor.

—Sí—dijo riéndose—, por fin acabé con ese maldito.

Yo también me reí con ella.

—Sí, lo hiciste—respondí.

La ayudé a volver a sentarse en el suelo, para así revisar que tan mal se veían sus heridas. Se quejó un poco mientras se sentaba pero continuaba sonriendo, matar al asesino rojo era todo un logro para ella.

Supe que sólo no podría atender a Rebeca y me giré para llamar a Keren para que me ayudara. Mi corazón dio un vuelco cuando la vi correr veloz hacia la salida y me levanté para alcanzarla, no quería que me dejara.

—Keren, espera—le pedí, pero ella corrió más a prisa.

Comencé a correr detrás de ella también pero cuando salí de la nave la perdí de vista. Busqué alrededor de todo el lugar, dispuesto a no dejarla ir así de fácil. Salí de la fundidora esperando verla cerca de la salida o escondida detrás de la nave, se me hacía casi imposible que desapareciera sin dejar rastro,  sin embargo, eso parecía haber sucedido, ella no se dejó ver por ninguna parte. Patalee el suelo, estaba enojado conmigo por haberla dejado ir de nuevo.

Desanimado, volví con Rebeca con el corazón en el puño.

— ¿Dónde está Keren?—me preguntó al volver.

—No lo sé—respondí triste, mientras me arrodillaba frente a ella.

Supuse que Keren aún no me perdonaba por lo que había sucedido la última vez que nos habíamos visto.

—No te preocupes—me dijo Rebeca tomándome de un brazo—, ella volverá.

En verdad deseaba que así fuera, ya no quería estar lejos de Keren, no más.

—Ojalá que sí—respondí.

Me concentré en atender a Rebeca, la herida en su cabeza había dejado de sangrar y le quité mi improvisada venda para cambiársela por otra mejor. Tomé el resto de mi camisa y se lo enredé más firme. La herida en el hombro estaba peor, al parecer el gancho había penetrado por su axila y le había dejado un corte muy feo, además, tenía todo el hombro zafado. Al intentar moverlo, Rebeca se quejó demasiado y decidí dejarlo así, no tenía idea de si algún hueso estaba roto y preferí esperar a que un profesional la atendiera. Me quité mi cinturón y le hice un cabestrillo para ayudarle a soportar su brazo.

— ¿No es este el heroico momento en el que la policía debía llegar?—pregunté.

—Tienes razón—admitió Rebeca—, ya deberían haber llegado para llevarse todo el crédito.

Ambos nos reímos, habíamos visto muchas películas de policías durante nuestra vida.

—Volveré a marcar al 066—anuncié.

Tomé mi teléfono y marqué. Sonó dos veces y luego la operadora me contestó.

—Está llamando al 066—dijo— ¿cuál es su emergencia?

—Necesito que envíen una patrulla a la fundidora de metal, en las afueras de la ciudad—pedí—, y una ambulancia también, una oficial de policía está herida.

—Hemos recibido decenas de llamadas y hace rato que enviamos las patrullas, llegarán en cualquier momento ¿cuál es su nombre?

—Ezequiel Espadas.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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