El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Elyon me  había dicho que yo sabía dónde estaba Keren pero ahora que conducía por las oscuras calles de la ciudad, me sentía inseguro de a dónde dirigirme. Algo me decía que Keren no estaría en su antiguo apartamento, no, ella intentaría seguir adelante y cambiar de vida. Volver a su antigua casa habría significado un retroceso para ella, no un avance. Pero si no se encontraba en su apartamento, ¿entonces dónde?

Bajé la velocidad de mi auto y traté de concentrarme, tampoco iría a buscarla a ningún burdel, ella no estaría ahí con seguridad. Respiré profundo, lo mejor sería dejar que mi instinto me guiara. Seguí conduciendo por las calles sin rumbo fijo, los edificios pasaban por mi lado y apenas los notaba, pensaba mucho en Keren, en todo lo que habíamos vivido desde que nos conocimos, lo mucho que la llegué a querer y el hermoso regalo que me había dado, Esteban. Pensaba en lo complejo que es el amor, todo lo que se tiene que vivir y entregar para llegar a experimentarlo en su máximo esplendor y me preguntaba si yo lograría entregárselo a Keren como se debe.

Después de horas de conducir, estaba cansado, decidí tomar un respiro en mi restaurante favorito, el Biko Naham, era apenas la una y cuarto de la mañana, aún tenía tiempo de llegar y pedir por lo menos un postre.

Todos me miraron raro cuando entré, y es que la verdad llamaba un poco la atención con la pinta que traía. El Biko Naham es un restaurante elegante y yo llegué con camisa y pantalón de mezclilla, era obvio que no encajaba ahí, si no fuera un cliente frecuente quizá hasta me habrían sacado de ahí, pero tuvieron compasión de mí y me guiaron hasta una mesa, la más apartada de la vista de todos, seguramente para que nadie me viera así y arruinara la reputación del restaurante.

— ¿Qué pedirás hoy Zequi?—preguntó la mesera, que ya me conocía de tiempo atrás.

Tomé la carta que me ofrecía, aunque en realidad no tenía mucha hambre.

— ¿Sabes qué? Creo que sólo quiero un café bien cargado—respondí—, y quizá algo dulce después, algo que me recomiendes.

La mesera tomó la carta de mis manos y se fue asegurándome que pronto regresaría con mi pedido.

Al quedarme solo, la nostalgia me pegó con el puño, recordé la última vez que estuve aquí con Keren y Esteban, esa había sido una noche maravillosa. Esperaba poder regresar algún día con ellos a este lugar, pero para eso, debía encontrar a Keren primero y luego intentar recuperarla.

Mientras pensaba en dónde podría encontrarla, dos meseras platicaban a escasos metros de mí, no presté mucha atención a lo que decían, pero parecía que había ocurrido un problema en una mesa, algo se les había derramado.

—Pídele a la nueva que lo limpie—dijo una—, yo estoy muy ocupada.

—No puedo—le respondió la otra—, hoy es el día libre de Keren.

Mi corazón se aceleró a mil por hora cuando escuché ese nombre, no había muchas Keren en la ciudad, no que yo supiera, además, este restaurante representaba algo para mí y para ella, era muy probable que se tratara de mi Keren. Elyon me había dicho que yo sabía dónde estaba y quizá tenía razón.

Me giré con brusquedad para preguntarle a las meseras sobre Keren, pero cuando lo hice, ellas ya se alejaban de mí, caminaban hacia la cocina. Las seguí con la emoción a flor de piel, estaba seguro que la podría encontrar esta misma noche. Empujé la puerta por donde las meseras entraron, pero un tipo fornido y de rostro hosco, de inmediato me interceptó.

— ¡Oye, amigo!—gruñó—solo el personal autorizado puede entrar en esta área.

—Sí, p-p-pero…—tartamudee.

—Lo siento, el área para los clientes está detrás de ti.

El tipo me empujó fuera de la cocina y yo obedecí, traía en su mano un inmenso cuchillo que me dio escalofríos.

Caminé hacia mi mesa y traté de encontrar a algún otro mesero que me pudiera atender. Había uno en la mesa continua y lo llamé, pero con un ademán me hizo saber que estaba ocupado y que tardaría en atenderme.

Golpee la mesa levemente para dejar escapar un poco de mi frustración. Continué buscando con la vista quién pudiera ayudarme, cuando la mesera que me había atendido un momento atrás, volvió con mi café.

— ¡Esther!—dije emocionado.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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