El Amor del Último Vidente

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33 (Capítulo final)

Keren

Todo el tiempo que estuve lejos de Ezequiel, desee con todas mis fuerzas regresar con él o que él viniera buscarme, sin embargo, cuando lo vi en el umbral de mi puerta, sentí muchas ganas de cerrársela en la cara, aun sabiendo que si lo hacía, lloraría toda la noche. Quizá por eso me contuve y lo dejé pasar, en el fondo quería que luchara por mí, que intentara recuperarme. En los meses que estuvimos juntos, cada aspecto de él me había hechizado, y ahora mi alma estaba prendida a la de él. Formábamos una sola persona y ambos lo sabíamos.

—Me encantaría que volvieras a vivir conmigo, Keren—dijo Ezequiel.

Yo volví a asentir con mi cabeza, también deseaba estar con él para siempre.

—Vámonos ahora—sugirió—, regresa conmigo esta misma noche. Si quieres mañana regresamos por tus cosas, pero vuelve conmigo esta noche.

De haberse tratado de otra circunstancia y de otra versión de mí, una más antigua, me habría negado, habría aprovechado que Ezequiel estaba en una posición vulnerable para hacerlo pagar por todo lo que había creído de mí. Pero esa ya no era yo, había cambiado, y mucho. El odio había desaparecido de mi interior. Lo que sea que otras personas me hubieran hecho en el pasado ya estaba perdonado, cuando hice eso, yo misma me liberé y me di la oportunidad de crecer y de tomar un rumbo diferente en mi vida. No puse mucha resistencia a su propuesta, extrañaba mucho a mi hijo y deseaba verlo. Ezequiel sonrió complacido cuando acepté volver con él esa misma noche y me bajó hasta su auto casi en brazos.

—Gracias, gracias—repetía una y otra vez en mi oído.

Me abrazaba fuerte mientras caminábamos y no dejaba de mirarme, ni siquiera cuando íbamos en el auto.

—Ezequiel, cariño—lo llamé—, te amo mucho y de verdad te perdono, pero chocaremos muy pronto si continúas así—comenté.

—Lo lamento—se disculpó—, es que estoy muy feliz de estar contigo.

Lo miré a los ojos y le sonreí.

—También estoy feliz—respondí.

Mi comentario lo dejó tranquilo y feliz y sólo así volvió a dirigir su mirada al camino.

—Tengo una duda todavía—comentó.

— ¿Cuál?

— ¿Cómo supiste dónde estaba?

Suspiré, no le había contado esa parte.

— ¿Recuerdas que dijiste que era común que las parejas de los videntes también tuvieran visiones?

Ezequiel asintió, como recordando lo que me había dicho.

—Pues, eso mismo pasó conmigo—continué—, quería saber cómo estaban, así que todos los días los miraba.

Noté cómo Ezequiel agachaba la cabeza, muy pensativo, me di cuenta de lo que le estaba haciendo creer sin querer.

—Sólo fueron pequeños momentos—aclaré—, nunca pude ver mucho, era nueva en todo eso. Además, hace poco Elyon me habló y dijo que tomaría mi don y se lo llevaría.

—Sí—contestó Ezequiel—, me dijo lo mismo hace rato. No habrá más videntes desde ahora.

—Es triste—comenté—, Elyon me agradó, siempre fue muy comprensivo conmigo. Jamás me juzgó.

Mi amistad con Elyon apenas comenzaba a crecer, pero con Ezequiel era diferente, ellos se habían conocido desde hace años y siempre lo trató y lo llamó su hijo. El hecho de que Elyon tomara la decisión de cambiar de cuerpo hacía pensar a Ezequiel que lo había dejado.

—Pero no se ha ido—dije para animarlo—, aún podemos hablar con él cuando queramos.

—Claro—dijo aún triste—, pero no es eso lo que me molesta.

— ¿Qué es?

—Que lo traté muy mal—suspiró—, lo culpé por todo siempre, fui un pésimo hijo.

Puse mi mano en su hombro para consolarlo, yo sé muy bien lo que se siente el pensar que ha decepcionado a alguien que ama.

—Elyon sabe mucho sobre ser padre, y comprende el dolor mejor que nadie quizá. No creo que te culpe por nada, al contrario, te ama y está orgulloso de ti.

— ¿Cómo lo sabes?—preguntó desanimado.

—Porque me lo dijo.



Elizabeth Pineda

Editado: 17.06.2018

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