El amor no conoce de géneros

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Rebecca Pov

Salí de aquel departamento, pero tenía unas ganas enormes de volver a entrar y decirle a la doctorcita que había hecho mía a Sarita, MÍA. Sin embargo, mi lado lógico ganó y no lo hice, no estaba bien, después debía aclarar lo sucedido.
Tome un taxi que me llevara a casa, la cara de felicidad no la podía borrar, parecía que me había comido un payaso... Bueno, me comí algo mejor.

No, suficiente, así no soy yo. Me castigue por mis pensamientos

Pague al taxista, para poder entrar a mi casa, lo único que quiero es llegar y no encontrar a mi "querida esposa" espero se haya largado de una vez.
La puerta no tenía seguro, eso quiere decir que ella debe... Sí, ahí estaba, sentada en el sofá de la sala, con un vaso en la mano lleno de algún licor.
Rodé mis ojos, no pensaba discutir, estaba muy feliz como para arruinar mi día.

—¿Dónde estuviste?— preguntó cínicamente, en su voz se denotaba que se le había pasado la mano con el alcohol.
No tome importancia y seguí subiendo, pero la escuche gritar repitiendo la pregunta.

—No grites— hablé entre dientes

—Responde— susurro

—Por ahí— espete

—¿Con otra?—lo que faltaba, que ahora me hiciera una escena de celos.

—Ya no te debe importar, voy a comenzar a hacer los papeles del divorcio, no quiero estar un día más atada a ti.

—No puedes hacer eso, nos juramos amor para toda la vida—sollozó

—Y respetarnos para toda la vida, tú no cumpliste primero, así que hasta aquí llegamos— solté, me dolía porque compartí con ella más de 6 años, pensé que era la mujer perfecta, la que nunca podría engañarme y me equivoqué.

—Perdóname, sé que podemos arreglarlo, yo te amo y sé que tú también.

—Te lo dije muchas veces, nunca perdonaría una traición, porque es algo que ya viví, y me prometiste que nunca lo harías—escupí adolorida. Ella lo había prometido.
Cayó arrodillada, mire al techo para que no se derramaran mis lágrimas, lo último que deseaba era que me viera llorar.

Subí a mi recamara, debía cambiarme para ir a la oficina, sería mi manera de distraerme; ella quedo en el suelo, no pensaba consolarla, que se busque a su amante para que lo haga.

Bajé y la encontré nuevamente en el sofá, espero no se eche al vicio del alcohol.

—En la tarde vengo por mi ropa, te dejaré esta casa— Simplemente anuncie, antes de salir. Recapacite de lo que había mencionado el día anterior, no pensaba vivir en el mismo lugar donde encontré a ese par revolcándose.

Después de un corto tiempo llegué al despacho, no tenía ganas de saludar a nadie así que entre lo más frívola posible, es algo que se me da natural hacerlo.

Entré a mi oficina, cayendo al sillón, Valería había acabado con toda la alegría que traía, mire a un costado y recordé que le había dado el día libre a Sarita.
Me recliné, botando el aire que contenía en mis pulmones, con mi vista puesta en el techado, no sabía cómo debía actuar con Sara, y ¿si se arrepintió?

El sonido de unas llaves en mi mesa, me hizo bajar la mirada, ahí estaba frente a mí, Lau.

—Sano y salvo te deje tu auto en el garaje— anunció

—Gracias—fue lo único que pude decir

—¿Gracias? Nada de gracias, cuéntame todo lo que pasó, ¿por qué estabas con Leonellys y con Sara? ¿Trío?—bromeó al final

—Idiota—insulté. Tomé aire, aquí volvía a repetir la historia.

—Encontré a Valería con su amante—confesé rápidamente. Al ver que no escuché ningún improperio de mi amiga, alce mi mirada y la vi pasmada, pase mi manos frente a su rostro, pero agarró mi brazo.

—Repite, lo que acabas de decir —mencionó

—Valeria me fue infiel, en nuestra casa, en nuestra cama y con Arantxa—Hablé.
Volvió a quedarse muda, solo podía ver como su rostro se enrojecía

—Oye, estas bie...

—¡Hijas de la mil puta!—vociferó. Quedé estática ante su reacción.



May

Editado: 23.10.2019

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