El Amor y otras drogas Adictivas

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Capítulo 6

"Las espadas y lanzas por sí mismas son inofensivas; el que por sí mismo es apacible y sin maldad alguna, se volverá feroz y terrible a causa de las malas compañías"

Leonardo Da Vinci

 

 

            El día se ocultaba tras nubes oscuras y tormentosas aclamando por la escasa luz que transgredía a partir de ellas sobre las calles desiertas. El silencio de una clase bulliciosa y abarrotada se convertirían pronto en un punto a favor con el clima afuera.

           El colegio había sido días antes un necesario mal para vislumbrar su luz particular entre los escombros y tenebrosos recuerdos de su pasado, conviviendo con desconocidos pero alentándose a sí mismo por aplacar las burlas tan sólo por unos escasos instantes de dibujar sus ojos en pensamientos. Sin embargo las razones por las que asistía ahora eran reprimidas por la particularidad de aquella relación incierta y penosa que construían a escondidas.

          Alzó la vista con impaciencia contenida, buscando inspiración de sus suspiros y se sorprendió a sí mismo suspirando por ella. Jamás sus ojos se cruzarían en el salón, pero podía imaginarse su propia realidad en sus escritos imaginarios. Regresó a su cuaderno para continuar al mismo instante en que ella se giraba para verlo. Sus azulados mares curiosos estaban atentos a cada uno de sus movimientos, distante pero deseando no serlo en la inmensidad que los atormentaba.

          Escribía en su cuaderno como cada mañana, abstraído del mundo del que resentía pero participando a la vez del mismo, como si no tuviese opción. Había tenido la oportunidad de saber acerca de lo que escribía pero luego del episodio de ayer, temía volver a preguntar sobre el tema. Lo habían humillado por su culpa, y aunque a él no le importase lo suficiente como para declinar a enfadarse, sentía que no podía abusar de su confianza.

          Suspiró con pesar al notar su interés por lo que escribía, tan distraído por esa chica que lo inspiraba con su poesía, casi tanto que sentía celos de quien pudiese acaparar en él toda esa atención. Ella no era meritoria de semejante homenaje, a fin de cuentas, eran sus amistades quienes lo humillaban a diario, era quien fingía desinterés en su compañía en el colegio pero lo alentaba fuera con invitaciones indecorosas, y era quien lo atosigaba con problemas que no le incumbían. Se sorprendía de su paciencia inagotable.

         Finalmente la campana de salida hizo su acto de presencia y como acostumbraba, los alumnos tomaban sus pertenencias con prisa para dirigirse a las galerías. Todos a excepción de Bruno.

—Hola —saludó ella con una espléndida sonrisa que agradaba a Bruno.

         Era extraño que llevando seis horas de la mañana en el mismo salón, se saludaran cordialmente al acabar la jornada.

—Hola.

—Estaba pensando, si no tienes nada qué hacer, claro, pero… —se contuvo, aprisionando su labio inferior.

—No tengo nada qué hacer —respondió él, interrumpiendo la oración. —Pero siempre voy a un lugar luego de la escuela. ¿Quieres acompañarme?

—Sí, sí, está bien. ¿Vamos ahora?

            Él asintió convincente, recogiendo sus cuadernos y abultándolos dentro de la mochila. Se sentía extraño con su compañía, diferente e inusual pero se descubría a sí mismo maravillado por las mismas sensaciones instantes después en que sus pasos eran acompañados no porque lo siguieran, sino porque ella caminaba a su lado. Era confuso delimitar el primer instante en que finalmente sus deseos de hablar con ella se había apoderado de esa amistad que los convenía, pero agradecía su paciencia y perseverancia a por ello.

           Caminaron juntos por la galería concurrida de estudiantes que no prestaban atención al extraño suceso, sino que apresuraban sus marchas para salir del establecimiento. Todos a excepción de Tamara. Su ira y celos la llevarían por malos caminos cada vez que se sintiera de esa forma.

           Al salir finalmente y bajar las escaleras, los siguió con intrépido alcanzándolos.

— ¿Agus? ¿Qué hacen? —preguntó, incluyéndolo en la conversación por primera vez desde que se conocían.

—Nada —contestó la morocha con determinación.



Miss Wonderland

Editado: 08.12.2018

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