El arroyo de los cardenales rojos

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Capítulo 5

Al llegar a casa mi abuela espera con un enorme pastel de chocolate. Sonrío como puedo, esquivando hábilmente las preguntas que me hace sobre la falta de presencia de Alain.

Soplo las velas, diecisiete en total, y recibo mi regalo, nada más ni nada menos que un nuevo portátil, de color rojo fuego esmaltado.

—El chico de Clara me ayudó a escogerlo, muy amable vino conmigo a buscarlo. —Intento tragarme las malas palabras que se acumulan en mi garganta y pensar solo en el buen regalo que me han hecho. —Tus padres se disculpan por no poder estar aquí, pero prometen que tus regalos llegarán mañana a más tardar. ¿No te han llamado todavía?

Niego con la cabeza, con la sensación de soledad acrecentándose en mi cuerpo.

Mi abuela me abraza con cariño, revolviéndome el pelo todavía más, antes de que me disponga a darme una ducha.

Me meto bajo el chorro de agua hirviendo, dejando que mis músculos se relajen. Los años pasan, no importa cuanto intentes capturar el tiempo, este siempre se escapará de tus manos.

Cuando era pequeño, mis fiestas de cumpleaños siempre tenían a mis dos mejores amigos, jugábamos durante horas en el arroyo, a pesar de que yo no sabía nadar. Al final de la tarde las familias se unían para hacer una gran cena.

Apoyo la cabeza en los azulejos azules de la ducha, deseando volver atrás en el tiempo, recuperar lo perdido, solventar mis errores, reparar el daño.

Es un sueño inútil.

Salgo de la ducha con la toalla envuelta en la cintura, y mi empapado cuerpo impacta con el de Alain, que está parado en medio de mi habitación.

— ¡Qué mierda…! —Exclamo apartándome y sujetando la toalla.

Puedo ver como Alain enrojece, apartando la mirada. A pesar de que somos dos chicos y de que yo no tengo nada que él no haya visto antes. Creo.

—Lo siento, es que… Yo… —Dice, azorado, dándome la espalda para mirar la ventana. —Quería darte una cosa que hace años… —Se vuelve a girar para tenderme una pequeña bolsa azul marino. La tomo con la mano libre, mirando hacia Alain como un idiota. —Es un regalo, algo de hace diez años.

Abro la boca para decir algo, pero nada sale de ella, mis dedos aprietan la bolsa.

—Feliz cumpleaños, Leo. —Murmura hasta acercarse a la ventana. —Hasta siempre.

Odio que se despida de mí, como si nunca nos fuéramos a ver. Como si no viviéramos ventana con ventana y no hubiéramos compartido nada.

A pesar de ello, mis pies no se mueven para detenerlo. Mis labios están sellados con mi propio temor.

Cierra su persiana con un sonido seco, carrasposo, dejando solo mi ventana abierta de par en par, con el frescor nocturno enfriándome después de mi ducha.

Pongo la bolsa sobre el escritorio y me visto unos pantalones que encuentro tirados por el suelo, para luego girarme y enfrentar el paquete.

¿Qué contendrá?

¿Un corazón? No creo que Alain sea tan sádico pero todo puede pasar.

Lo abro con un ligero temblor en las manos, para encontrarme con una muñequera de cuero, con un tosco Leo raspado en el mismo con una flecha señalando una especie de erizo mal dibujado.

—Serán capullos… —Digo conteniendo las lágrimas que se agolpan. Me imagino a los dos, diez años atrás, raspando el cuero como dos idiotas, buscando alguna forma de fastidiarme y a la vez hacerme feliz. Pensando en mí como en un amigo, el mejor y único amigo.

Sé que ella sonreiría al hacer el erizo con orejas enormes y púas largas y pinchudas y por alguna razón sé que esto no puede acabar así. La relación que tenía con Alain ha de volver, cueste lo que cueste.

Intentaré todo lo que esté en mi mano para poder estar a la altura, para ser su amigo.

Me pongo la muñequera apretando las palmas de las manos contra mis ojos, interiorizando mis miedos. No voy a dejar que mis temores me roben lo que aprecio.



LadyBerrybell

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En el texto hay: amor, adolescentes, lgtb

Editado: 27.06.2018

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