El arte de ser un ladrón

Tamaño de fuente: - +

Un informático y un ladrón

—Puta madre, mi insignia—masculle mientras caminaba a casa.

Pensándolo bien es curioso, yo le robe esa insignia a un tipo en un avión y ahora me lo roban de la misma manera me parece interesante esta vida cíclica. La mayoría de la gente piensa en estudiar, casarse, formar una familia y al final morir, pero yo no ¿para qué? me rehusó a ser uno más de esos títeres, por eso mismo me negué a ser un asesino como mis familiares, no planeo dejar que alguien decida mi destino por mí. Aún recuerdo la paliza de mi padre cuando cambie mi profesión pero si me preguntaran si valió la pena yo les respondería...

—valió cada maldito segundo.

— ¿qué? —pregunto el portero al escucharme.

—nada tito, solo pensaba en voz alta.

—disculpe señor ¿dijo algo? estaba viendo mi novela.

— Sí, que te dejes de mamadas y me des mis llaves...—tito se quedó en silencio— ¿por favor?

— ¿ya ve señor? en la forma de pedir esta la respuesta—respondió mientras me daba las llaves.

Mientras hablaba con tito note a varios sacerdotes en el lovi, había uno en la salida, otro en el ascensor y otros dos más sentados en el sofá de la sala principal, tal vez estaba demasiado paranoico por lo que había pasado en el vaticano así que le pregunte tito lo que pasaba.

—oye tito.

— ¿sí? -pregunto de manera vaga.

— ¿quiénes son estas personas?

—*voltea a ver a los lados* sacerdotes.

La verdad no sé porque tito es tan idiota o peor aún, porque lo soporto, se supone que soy su jefe ¿no?

—si tito, si ¿pero porque hay tantos en el edificio? ¿Ahora somos una iglesia? por favor tito dime que no nos hemos vuelto una iglesia.

—no señor, no nos hemos vuelto una iglesia.

Después de mi filosófica y reflexiva conversación con mi portero tito, me dirigí al elevador en el cual me esperaban dos sacerdotes de traje negro que llevaban una gran cruz de plata en el pecho que silenciosamente me escoltaron a mi departamento. Curiosamente me sentía más en presencia de osos que de padres. Al llegar a mi puerta aquellos mastodontes se quedaron en la puerta y en ese momento deje de sentir miedo, obviamente en aquel momento no sentía miedo...no, en ese momento sentía terror, quería salir corriendo, de hecho lo intente pero aquellos hombres me arrojaron de vuelta a la habitación igualmente llena de clérigos que desordenaban y destruían mis cosas en busca de algo.

Después de un rato de estar sentado en el piso intentando procesar que es lo que pasaba otros sacerdotes me tomaron de los hombros y me arrojaron al sofá y en el cual me esperaba un anciano de las mismas ropas que todos los demás. Pensándolo un poco creo que ese era su uniforme.

—okey hijo ¿dónde está? — pregunto aquel alto anciano con larga barba blanca y unos ojos color miel.

— ¿dónde está qué? — respondí intentando entender algo.

—tu hermana, ¡EL DIARIO NIÑO! ¡QUEREMOS EL DIARIO!

Para ser sincero nunca me espere que esto pasara, es decir ¿desde cuándo la iglesia invade casas para recuperar algo?... cierto, las cruzadas eran básicamente eso.

Comencé a reír torpemente al escuchar eso, casualmente alguien todavía llevaba el diario en una mochila que llevaba en la espalda.

—Deme un momento por favor—exclame mientras metía la mano en mi mochila, pero en lugar de sacar el diario saque mi confiable pistola.

— ¿ya? —pregunto el anciano con prepotencia—de prisa muchacho no tenemos tu tiempo.

En ese momento vi una oportunidad de escapar por la ventana así que solo espere en silencio y calma.

—¡¡¡A MI ME VALE VERGA!!! *comencé a disparar* ¡¡¡A MI CASA NO ME LA VIENES A HACER DE PEDO!!!—grite

¿Que esperaban? soy mexicano, obviamente tenía que gritar algo así mientras disparaba.

Bueno, mientras que todos corrían a cubrirse de mis balas (por cierto no hacía falta porque le dispara al piso) yo tome mi mochila y salí corriendo directo a la ventana y salte a través de ella rompiéndola, por desgracia estaba en uno de los últimos quince pisos, pero no dar preocupen un gentil hombre amortiguo mi caída.

—puta madre, en este momento me hubieran servido unas palomas como las de Jaime.

Una vez lejos de esos putos locos decidí ir con la única persona que podía ayudarme a desaparecer, así que tome un taxi a su casa.



ALIETIUM

#8106 en Otros
#975 en Acción
#1213 en Aventura

Editado: 10.03.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar