El Ascenso del Loto

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2.

—Me niego —dijo el anciano Yuril, subiendo otro escalón de madera con dificultad.

— ¡Vamos! ¡Aprenderé rápido! Un viejo feo y arrugado como usted no puede morir sin dejar un legado... —insistió Lotus, aferrándose con fuerzas a la pierna del cuervo.

— ¡Puedo hacerlo si se me da la gana! —gritó, sacudiendo la pierna violentamente.

— Humm... ¡Le seré útil! No molestaré, incluso puedo darle a mi hermana si la quiere, aunque ella es un verdadero fastidio... por favor, anciano, enséñeme a hacer magia —rogaba el moreno, dejándose arrastrar por las tablas, golpeándose las rodillas cada vez que subía un escalón.

—La magia no es para los niños, y no tienes el dinero para pagarme. La magia tiene un precio y.... tú te vez como un mísero mendigo —dijo Yuril, bufando con desagrado.

—Mira quien habla.... — susurró Lotus, sonriendo divertido— ya nadie viene a usted, ¿no? Todos en la ciudad solo hablan de Kedat, Kedat, siempre Kedat —se burló el niño al ver la expresión de molestia en la cara de Yuril y tirando de la gastada capa azul sin brillo que usaba el mago—Seguro ya nadie viene a usted, es un inútil. Pero puedo hacer que gane dinero otra vez, si me enseña magia.

Yuril sonrió de medio lado, jalando la capa que cubría su espalda para zafarse del muchacho. Miró el Sol, brillante sobre sus cabezas, y luego al chico.

—La última vez que tuve un alumno, este me quito todo lo que era mío... No aceptaré a nadie, además —miró a Lotus de arriba abajo, dudoso— te vez demasiado interesado en algo inútil... ¿No será que planeas robarme?

Lotus negó, enseñando el dorso de la mano derecha. Los cuervos acostumbran enseñar el dorso de la mano derecha a las personas para indicar que no pueden o no van a tomar nada de ellos.

—Mis motivos son totalmente diferentes, anciano —murmuró— ¡la magia es mi única opción! Así que, ¡Por favor, viejo Yuril! ¡¡Enséñeme la magia!!

—. . . No quiero —se volvió a negar el mago, ahora con una voz más infantil, formando un puchero— prefiero lamerle los pies al rey regente antes que enseñar a un mocoso insoportable. Ahora vete, ¡suéltame!

Yuril se elevó unos centímetros con ayuda de sus alas, sacudiendo violentamente la pierna a la cual se aferraba el pequeño Lotus.

— ¡Eh! —el pequeño chico se sostuvo de la sandalia de Yuril al resbalarse con el movimiento, quedando suspendido en el aire, junto a los pocos escalones de madera que sobresalían de la casa del viejo, puesta a cuatro metros de altura sobre el suelo de la calle— ¡Tenga cuidado! ¡Sería peligroso caer desde esta distancia, viejo estúpido!

—Je... pues, comprobemos —Yuril alzó ambas piernas con dificultad hasta lograr tomarse los pies en el aire para sacarse la chancla de gastado cuero viejo y soltarla junto con el muchacho. El pobre cuervo movía las extremidades con desesperación, maldiciendo al anciano de roñosa apariencia a viva voz. Cuando ya solo faltaban dos metros para el final del camino, el anciano, que había vuelto a la escalera, se asomó levemente, extrañado.

— ¡Si quieres vivir es mejor que saques tus alas, mocoso estúpido! —grito, usando las manos como megáfono.

— ¡Iggh! ¡¡Eso es lo que he intentado decir, maldito viejo desquiciado!! —Lotus cerró los ojos, para luego abrirlos y mirar fijamente a Yuril en las alturas— Yo... ¡¡YO NO TENGO ALAS!!

Yuril ladeó la cabeza, soltando una risita, pensando que se trataba de una broma. Aun así se abalanzó en picada desde lo alto del edificio para tomar al chico por los pelos, frenando su caída. El mago levanto a Lotus a la altura de su rostro, suspirando.

—Supongo que decías la verdad... —bajó con cuidado, levantando una fina cortina de polvo al acercarse al suelo— Pero... humm... —ladea la cabeza de un lado a otro, mirando a Lotus con desconfianza— ¿Seguro que no quieres robarme?

Lotus gruño, alejándose molesto del anciano. Se sacudió un poco los bombachos y se acomodó la larga polera celeste.

—Eres muy desconfiado, mago. Yo solo quiero aprender la magia, ¡la magia! ¿Entiendes? —gritó el muchacho, cruzando los brazos con enfado, mientras el anciano se rascaba el largo cabello cano.

—Bueno, bueno, que no fue para tanto —canturreó el hombre, llevándose las manos a la cintura y echándose hacia atrás para estirar la espalda, provocando un centenar de ruidos en el acto.

Lotus bufó, pateando el suelo. No quería estar en malos términos con el viejo, pero estaba cansado de ese tipo de comentarios de los que vivían en las alturas, de todas formas, respiró profundo, esperando calmarse y reponer su sonrisa para lograr convencer al anciano cascarrabias.



Camila Díaz R.

Editado: 18.08.2018

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