El Ascenso del Loto

Tamaño de fuente: - +

6

Tras la rápida huida de Lotus, Yuril maldijo. No era su intención hacer llorar al chico, el mago no había medido sus palabras como era de costumbre. No era un hombre de mucho tacto y su experiencia con niños era casi nula. Aún estaba enojado, claramente, Lotus no tenía el derecho de tirar sus cosas a la basura, los viejos frascos y ropa sucia eran todo lo que el anciano cuervo poseía por lo que se había apegado a ellos como al dolor y amargura de su pasado.

Yuril miro a su alrededor con detenimiento. La casa semivacía y ordenada le recordaba los días en que llego por primera vez a aquel lugar, hace ya muchos años. Paso la vista por cada rincón, estrujando con fuerza la vieja capa en sus manos mientras daba pasos por la pequeña sala hasta llegar al sofá sobre el cual reposaban una gran cantidad de papeles de los cuales no se había percatado antes. Tomo uno de ellos con cuidado de no tocar la húmeda tinta negra que las empapaba.

El mago rio. Las hojas eran los ejercicios terminados del pequeño Lotus. Algunas de ellas estaban rotas; demasiada tinta, otras, poseían trazos irregulares, temblorosos y gruesos como ramas, definitivamente no eran los mejores dibujos del mundo, pero se podía notar el esfuerzo y perseverancia de Lotus; el muchacho se había esforzado mucho en trazar los símbolos mágicos correctamente, practicando una y otra vez hasta quedarse sin papel. Eran justamente como el niño, sin orden, con potencial, pero caóticos, tenía el poder, pero le faltaba un guía, un maestro. Yuril no pudo evitar sentirse culpable, miro en dirección a la puerta entreabierta que dejaba ingresar a los dorados rajos del sol.

—Ah… Yuril… te arrepentirás de esto, ¡estoy seguro! —se dijo a sí mismo, saliendo de la casa con pasos largos y apresurados.

Una vez fuera, el viejo mago busco con la mirada el posible camino que podría haber tomado el chico. La escalera de su casa estaba justo dentro de un corto callejón, junto a su casa se encontraba una tiendita familiar propiedad de sus vecinos, y frente a ambos edificios pasaba una larga calle de amplio espacio que se dividía en tres caminos diferentes con sus propias bifurcaciones más allá. Encontrar a Lotus sin tener mayor información hubiese sido como internarse en un laberinto, pero Yuril tenía unos cantos trucos bajo la manga, o literalmente, dentro de la piel. Sacando su pincel de su palma como había hecho ya miles de veces en su vida, lo sujeto entre sus dedos y sosteniendo la hoja de prácticas de Lotus sobre la palma de la mano libre, dibujo sobre esta, sin tocar jamás el papel, un pequeño círculo con una estilizada flecha dentro de él.

—Guíame hasta él —susurró aproximando los labios al símbolo que levitaba sobre su mano ondeando suavemente como olas en el mar. Las palabras del mago provocaron un brillo, una chispa azul que recorrió la tinta viva haciéndola refulgir como fuego en segundos. Luego calma, y después, con titubeantes movimientos, el tatuaje comenzó a girar.

Yuril se apresuró a seguir el tercer camino, como indicaba la flecha dentro del círculo. Este no era más que un sencillo conjuro de rastreo que le llevaría hacia la fuente de la magia en el papel que, aunque dada la inexactitud de los trazos, no era mucha por lo que el hechizo se podía deshacer en cualquier momento. Aun asi el mago recorrió las calles esquivando a las personas que volaban por lo bajo, quienes miraban curiosos lo que llevaba en la mano.

Con tanta gente a su alrededor le resultaba casi imposible encontrar a Lotus, había demasiadas cosas obstaculizándole la vista. Por lo que voló, desplegando sus alas en un brusco movimiento, se alzó hacia el cielo. Voló más lejos, rápido, siguiendo la flecha por sobre la ciudad. Esta lo llevo por la calle de las telas, donde vendedores alegres exhibían sus coloridas mercancías, hermosos tejidos y bordados de oro y plata, vestidos de seda y delicadas prendas de lino a los potenciales clientes; luego, sobrevoló la pequeña plaza de Vertu con sus flores rosáceas y sus árboles frondosos, donde pudo observar algunas familias pasear, madres con sus hijos, pequeños cuervos aprendiendo a volar y uno que otro carterista escurridizo que lograba escapar con éxito de su más reciente robo. La vista área de la ciudad era sin duda una de las mejores cosas que podía disfrutar a pesar del dolor que su cansado cuerpo sentía con cada batir de sus alas. Aguanto un poco más, solo un par de minutos más de vuelo, le permitieron llegar hasta el barrio de Sir-kú, donde la flecha se desvaneció en partículas de polvo hasta desaparecer sobre el papel. Yuril no tuvo más remedio que bajar. A regañadientes recorrió aquel, para él, desagradable lugar. Se trataba de uno de los barrios más “comunes” de la ciudad de Yurem; sus habitantes no eran comerciantes, no eran parte del milicia ni poseían vienes destacables más allá de unas cuantas joyas y, por sobre todo, tenían trabajos normales. Nada le resultaba más desagradable a un cuervo tradicionalista como Yuril que un cuervo que vivé sin buscar algo mejor, sin ganas de crecer. Para el, solo existían dos caminos válidos, el del comerciante, o el del ladrón, y con mucha suerte, el de mago, pero ahí estaba. Recorriendo las calles de ese tranquilo barrio donde los hombres trabajaban honestamente, solo con la intención de encontrar Lotus.



Camila Díaz R.

Editado: 18.08.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar