El asesino de las rubias ©

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Capítulo II. Sarah Stevenson. Parte I

Bellevue Hospital Center. 6º piso. 22.30hs

—Me asustaste —dijo la doctora agitada, pálida por la sorpresa en medio de la oscuridad.

—Disculpa no fue mi intención —respondió el hombre con las manos en su gabán y cubriéndose la mitad de la cara con una chalina; dejando parte de su nariz y sus ojos a la vista.

—Me sorprende verlo aquí, esperaba verlo en la guardia, abajo —dijo en medio del pasillo, todavía con las llaves de su consultorio en la mano.

—Quería hablar con usted sobre Daisy Forbe —murmuró.

—Lo que tenga que decir sobre ella lo haré el viernes ante el gran jurado, no lo dude —respondió molesta, incómoda por la situación—, por favor vayamos abajo que aquí está todo oscuro; seguro falló el generador.

—De hecho es más que eso, es un apagón generalizado que está afectando a media ciudad —dijo el hombre avanzando lentamente hacia la doctora.

—Entonces con más razón debemos bajar; tengo que ayudar a los otros médicos —dijo e intentó esquivar al hombre que se le encimaba lentamente.

—Me temo que el tiempo se agota y no puedo permitirle salir de aquí —murmuró sacando las manos de los bolsillos, dejando ver un cuchillo en sus guantes de látex.

—¿Qué significa esto?

La doctora no reaccionaba, no atinaba a correr ni tampoco a gritar; no lograba entender por qué aquel hombre la amenazaba de muerte y parecía decidido a ultimarla.

—¿Es por la niña Forbe? ¡Deténgase! le prometo que no declararé. ¡Auxilio! —alcanzó a gritar, tarde, con la esperanza vaga de obtener la ayuda que jamás llegaría.

«Detective Turner» se presentó Stephanie luego de eludir el arrebato de los medios de comunicación desesperados por obtener una primicia. Todavía con el rostro sin despabilar, ingresó a la planta baja del Bellevue Hospital Center donde, normalmente, funciona la guardia; hoy repleta de policías e intermediarios; algunos de ellos abogados, buscando sacar alguna tajada del asesinato cometido.

En el sexto piso el caos era mayúsculo. Los murmullos de los oficiales impresionables, sumado a la morbosidad de los doctores curiosos que, contra todo protocolo, invadían, en forma descarada, el perímetro delimitado por las autoridades a cargo, convertían la escena del crimen en poco menos que un circo grotesco repleto de bufones.

—Capitana Farwood ¿Qué tenemos? —preguntó la detective acercándose a su jefa que se encontraba parada, a considerables diez metros del cuerpo sin vida, en el pasillo principal.

—Un mar de sangre —respondió y se hizo a un lado para que Stephanie pudiese constatar, con sus propios ojos, la atrocidad cometida.

—Las puñaladas son quirúrgicas; sabía muy bien lo que hacía —intervino Lindsay trabajando, como siempre, con el cuerpo de la víctima.

—¿Pero cuántas veces la apuñaló? —preguntó la detective, sin salir de su estado de shock, abrumada por tanta sangre.

—En realidad fueron apenas cuatro cortes precisos —respondió Thomas saliendo con una taza de café del que fuera el despacho de la doctora.

—Estaba pensando que tal vez teníamos la suerte de no volverte a ver —dijo Stephanie entrecerrando los ojos; fastidiosa por oír esa voz tan temprano en la mañana.

—Creí que se llevaban mejor —dijo Stacy dejando ver una mueca de sonrisa en su rostro.

—No, no nos llevamos bien ni lo haremos —respondió dando la conversación por terminada, ante la risa cómplice de los presentes—. Díganme ¿Qué es lo que ocurrió aquí?

—Cuatro cortes precisos, quirúrgicos como bien dijo nuestra amiga Lindsay —se adelantaba Thomas, tratando de no pisar la sangre que corría sin solución de continuidad—¸ cortaron la arteria femoral, la humeral, la cubital y mi favorita; la axilar.

—Por eso tanta sangre —dijo Stephanie espantada.

—Lo difícil es dilucidar por qué cortarían cuatro arterias —dijo Linday terminando de reunir las pruebas para el laboratorio.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la capitana Farwood.

—Pues, cortando una sola de ellas la víctima se hubiera desangrado en cuestión de segundos —respondió Thomas haciendo alarde de sus conocimientos—, se supone que al cortar la arteria axilar, la victima pierde la conciencia en veinte segundos y en cuarenta ya está en mejor vida.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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