El asesino de las rubias ©

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Capítulo II. Sarah Stevenson. Parte III final

One Police Palace.

La tarde se acercaba al coma profundo perpetuo, en el que caía siempre a la misma hora, mientras las pistas acumuladas comenzaban a tomar forma de un caso serio y se aferraban a la sagacidad de los detectives para convertirse, al fin, en el conducto liberador que conduce a la verdad, más no sea parcial o subjetiva, del crimen cometido.

No es que desconfiaran de la ciencia o de las pruebas que apuntaban al corazón ennegrecido del sospechoso; sino que, en la vida de las personas, casi siempre, la verdad está lejos de ser lo que aparenta, incluso, si la piel que nos condena, dejando marca de lo que jamás hicimos, grite a los cuatro vientos el argumento contrario.

«Es más complicado de lo que creíamos, todos los caminos conducen a Gavin Forbe, un hombre de 44 años que trabaja como profesor de biología y da un seminario trimestral, en la Universidad de Columbia, sobre disección de animales» hablaba Charlotte al resto del equipo que la escuchaba con atención.

—Eso no es todo —interrumpió Stacy con una cantidad considerable de hojas en sus manos—, tenemos otras razones igual de concluyentes para apuntar los cañones contra el señor Forbe.

—¿De qué se trata? —preguntó Stephanie pasando repetidamente las manos por sus piernas, tratando de calmar la ansiedad.

—Gavin Forbe que vive en el 98 de la calle Riverside, en los suburbios, fue acusado hace seis años de asesinar a la propietaria de la vivienda

—¡Aguarden! ¿está usurpando una propiedad? —preguntó Thomas con una mueca de sonrisa malévola en su rostro.

—La casa está a nombre de Mirna Juárez, una anciana de origen mexicano, que desapareció sin más el 19 de noviembre del 2010, y nunca se supo nada de su paradero hasta que su cuerpo, fraccionado en cuatro partes, fue apareciendo en conteiners de basura a lo largo de la ciudad.

—¿Perdón? —preguntó Melody boquiabierta.

—Fue desmembrada o descuartizada, como prefieran —dijo Stacy ante los rostros pálidos del auditorio.

—¿Y por qué no lo detuvieron en ese momento? —preguntó Stephanie poniéndose de pie.

—Dar seminarios de disección y ser coleccionista de cuchillos no te vuelve asesino —respondió Stacy elevando sus hombros—, sin embargo, obtuvimos una orden del juez y ninguna de sus armas tenía la sangre de la víctima en su hoja.

—¿Y por qué le permitieron quedarse con la casa? —preguntó Randy con las piernas sobre un pequeña mesa color beige.

—Tiene una hija en custodia compartida; y el juez no creyó atinado dejar a un padre sin un techo.

—Entonces el controvertido profesor es nuestro sospechoso; pesa sobre él una presunción de homicidio y todas las pistas nos guían en su dirección —Thomas pensaba en voz alta, haciendo participe de su análisis al resto del equipo que lo escuchaba con atención—, sin embargo todavía nadie dice por qué se tomaría tantas molestias para asesinar a la doctora Stevenson...

—Creo que puedo responder a ello —dijo Charlotte buscando algo en el monitor de su computadora—. Su ex esposa lo denunció hace cinco meses ante la policía y la asistente social porque su hija había llegado con marcas en los brazos y la fractura de una de sus manos; previamente la niña también había presentado un hombro dislocado y el tabique fisurado.

—¿Y la hipótesis es que su padre la golpea? —preguntó Stephanie consciente de la obviedad de la respuesta.

—Eso no es todo, Aurora, madre de Gavin, dice que su hijo, desde el divorcio con su esposa hace seis años, se perdió en el alcohol y no escucha razones —dijo Stacy echándole leña al fuego.

—¿Acaso Sarah Stevenson es su ex esposa? De lo contrario no entiendo qué tiene que ver en todo esto —dijo Randy abriendo sus brazos y frunciendo el ceño.

—La doctora fue quien atendió a la niña en todas esas oportunidades y su testimonio es clave para quitarle a Gavin la custodia de su hija. Se esperaba que declarara el viernes —respondió Charlotte con un nudo en la garganta.

—Necesitamos una orden para allanar su domicilio —dijo Stephanie realizando un ademán a sus compañeros para que se pusieran en marcha.

—Ya he pedido la orden, vayan al 98 de Riverside y atrapen a ese mal nacido —fue lo último que dijo la capitana Farwood antes de que todo el equipo de la Unidad Criminal, respaldado por un gran número de oficiales de policía, arribara al domicilio del sospechoso.

Era de noche; aunque el reloj marcaba las 19hs muy poco se adivinaba del sol; y la luna, apurada por monopolizar el cielo antes, incluso, que las primeras estrellas salieran a iluminar la negrura infinita, se elevaba como la única testigo del operativo por venir.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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