El asesino de las rubias ©

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Capítulo III. Yasmine Ackerman. Parte I

«Déjame que te cuente una historia acerca de la belleza y el amor. Uno cuando es joven, como tú, sueña con un futuro idílico, el príncipe azul, la boda perfecta; de ensueño, los hijos ejemplares y armoniosos que nacerán fruto de esa relación; y el envejecimiento anhelado con aquel hombre apuesto que ha sabido cautivar tus sentidos y se apoderó, sin permiso ni compasión, de tus sentimientos más profundos hasta el punto en que llegaste a creer que sin él tu vida no sería más que una simple sombra deambulando al compás de la depresión y el fracaso. Sin embargo, lamentablemente, todos o casi todos parten con esa premisa sin darse cuenta de que es falsa e irrealizable. Sea porque se dan cuenta que tal felicidad no existe o porque no puede tenerse todo en la vida o, lo que es peor, cometen el pecado capital de erguirse como reinas en un mundo de plebeyas deslucidas, ajadas, enojadas con su existencia.

«Cómo pudiste tener la osadía de pavonearte ante los ojos envidiosos de aquellas miles que jamás podrán siquiera soñar, con lo que tú conseguiste tan temprano. Es imperdonable. Llegó la hora de hacer justicia. Esas almas en pena gritan a los cuatro vientos, como en una procesión de viudas desalmadas, que seas condenada por tu daño irreparable.

—Por favor, no sé de qué estás hablando —suplicaba la mujer mientras sus lágrimas salían a borbotones de sus ojos y sus brazos, algo adormecidos, comenzaban a cansarse de luchar en vano contra las sogas que la mantenían cautiva, en ropa interior, a metros de su impoluto vestido de novia aún por estrenar; víctima, además, de un frío insoportable.

—¡No finjas que desconoces el sendero que te trajo hasta aquí! Estás en esta posición por aferrarte a las falsas bondades del amor; por tu estúpida arrogancia y tus patéticos intentos de mostrarte inocente mientras pisoteas a toda la colmena.

«Si alguien me preguntara diría que no es ningún delito ser bella; a priori no tiene nada de malo. A lo sumo habrá colaborado la genética, el cuidado personal, la bondad de los cielos; quién sabe... pero te has pasado de la raya. Unos tanto y otros tan poco solía decir mi difunto abuelo, ebrio y enfurecido por ver cómo su dinero terminaba en la banca después de apostar a perdedor en cada carrera de caballos.

—Yo no le he hecho nada; y si de algún modo lo ofendí le pido disculpas pero por favor, le suplico, libéreme, no me lastime —trataba en vano de razonar con el desquiciado, consciente de la imposibilidad de torcer el rumbo de su destino.

—Es terrible lo sé, pero a nadie le perdonan la belleza hoy en día... y mucho menos si esa belleza viene en un packaging repleto de juventud, éxito laboral y fortuna sentimental... ¡no hay derecho!

«Toma, bebe esto, es agua, no quiero que te deshidrates antes de la verdadera función.

—¿Qué función? —preguntó entre sollozos mientras bebía, desesperada, el vaso con agua que acaba de ofrecerle su captor.

—La que comenzarás a montar justo cuando lleguen los detectives.

La mañana era tranquila. Por fin, pensarían todos los trabajadores vinculados, directa o indirectamente, a la Unidad Criminal dirigida por la detective Turner. Todavía perduraba en la boca de todos el dulce sabor de la victoria y el vendaval de agasajos mediáticos del que disfrutaban por haber capturado a dos peligrosos asesinos en las últimas 48hs. Sin embargo, pese a la felicidad reinante en cada pasillo del cuarto piso del One Police Palace, sabían que nada dura para siempre en tan estresante menester y la llamada que alertaba sobre un nuevo caso a resolver estaría por irrumpir la calma de un momento a otro.

—Llegas tarde —le dijo Stephanie a Thomas sin dejarlo acomodarse en su cubículo de trabajo.

—Lo siento, tuve algunas cosas que hacer temprano; no volverá a suceder —respondió agitado, con la camisa blanca a medio abrochar y con evidentes muecas de cansancio.

—¿Tienes claro que no tienes ninguna coronita por ser un favor del Comisionado, verdad? —preguntó sarcástica, parada de brazos cruzados frente a él.

—Estoy aquí por mi capacidad innata de resolver homicidios y mi habilidad para ver aquellos pequeños detalles que escapan a la vista de vulgares oficiales y detectives; eso lo tengo claro —hablaba mientras sonreía y abrochaba algunos botones más de su camisa—, y respecto al Comisionado, solo puedo decirle que es confidencial; lo siento.

—¿Crees que no podríamos hacer nada sin ti, verdad? —preguntó enfadada mientras Thomas solo se limitaba a asentir con la cabeza en forma irónica—, pues bien, acabo de decidir que no participarás del próximo caso y vas a permanecer sentado en esta silla observando cómo lo resolvemos sin tu arrogancia insufrible.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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