El asesino de las rubias ©

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Capítulo III. Yasmine Ackerman. Parte II

—Quédate tranquilo, no desesperes, tu tapadera es sólida —dijo la voz misteriosa de un hombre del otro lado del teléfono.

—No me estas escuchando; le advirtieron a mi compañera que no soy lo que aparento —hablaba agitado, respirando fuerte.

—Naciste para esos asesinatos así que concéntrate en ellos y deja que yo me encargue del resto.

—Tal vez debemos suspender todo; trasladarme a otro Estado u otra ciudad antes de que se salga de control y las sospechas se conviertan en persecución —hablaba Thomas nervioso, consciente del iniciado juego del gato y el ratón.

—Esas víctimas, esas muertes son todo lo que tenemos; lo que somos; para lo que nos preparamos toda la vida; no lo eches a perder —estaba enfadado, incluso podía escucharse a través del teléfono el puñetazo que estampó contra la mesa de su escritorio.

—Seguiremos adelante, está bien —respondió Thomas moviendo su lengua de lado a lado a toda velocidad, gesto que realizaba a menudo cuando las cosas se enturbiaban.

—Esa es la actitud; eso quería escuchar —dijo el otro hombre con enjundia—; y no desesperes; habrá otros cadáveres, otras víctimas a nuestra disposición.

—Eso es lo que me aterra; nada de esto parece tener final —dijo Thomas apoyando los codos sobre el pequeño pupitre con su nombre.

—Son víctimas necesarias; solo así podremos alcanzar el objetivo —dijo el hombre refunfuñando, intentando hacerlo entrar en razón.

—Un mal necesario eh...

—Prefiero pensar que son un daño colateral de nuestro trabajo —dijo el hombre antes de cortar repentinamente la llamada.

Thomas estaba fuera de sus casillas. No le hacía ninguna gracia haberse quedado en la oficina mientras los demás veían acción. Por suerte para él, aquella situación de penitencia cambió cuando sonó su teléfono celular y su jefa, que parecía haber olvidado la sanción disciplinaria, así como también las diferencias irreconciliables que los separaban, le pedía formar parte de un caso con historia.

—Ya puse a Charlotte a buscar toda la información disponible sobre Alexander Butler; pero necesito que vayas al parque Jefferson y ayudes a los otros a buscar rastros del veneno que pudo haber utilizado —le ordenaba con la voz algo tomada.

—Pero no entiendo —respondió mientras tomaba su arma y su placa— cómo puede ser que los médicos no sepan que veneno utilizaron.

—En su primera víctima utilizó Belladona pero no hay restos de ella en el cuerpo de Yasmine.

—La belladona era muy utilizada con fines cosméticos durante la Edad Media, aunque la ingesta de una hoja te mataba con seguridad; inteligente —murmuró cerrando la puerta del ascensor.

—¿A qué te refieres con inteligente? —preguntó Stephanie confundida.

—Nada, cuando tenga alguna novedad te llamaré.

En el parque, rodeado por periodistas y decenas de aficionados con cámara, las buenas noticias brillaban por su ausencia. Además de aquel arreglo floral, dispuesto en círculo, que rodeaba el ahora ausente cuerpo de Yasmine, y las balas de calibre 38 colocadas más para despistar, como contramedida forense, que como parte necesaria del ritual del asesino, no parecía haber ni huellas, ADN ni nada que les permitiera saber qué veneno utilizó para condenarla a muerte.

—Amigos, ¿Qué tenemos? —preguntó Thomas, provocando un gran susto en sus compañeros que no lo oyeron acercarse.

—Nada jefe, solo los pétalos de rosas azules, como si se tratara de una noche romántica que terminó mal —respondió Randy indicándole el lugar con un ademán de su brazo.

—¿Pétalos de rosas azules dices? —preguntó Thomas en cuclillas, poniéndose unos guantes de látex para tomar uno de los pétalos entre sus dedos.

—Yo soy más tradicional, prefiero las rosas rojas; aunque admito que las azules tienen su atractivo —acotaba Melody como recordando una vieja historia de amor.

—Bien, tenemos un problema —dijo Thomas poniéndose de pie, pálido, con la vista perdida, todavía con el pétalo en su mano.

—¿Qué problema?

—No son solo rosas —murmuró inmutable, como en trance.

—¿Ah, no? —dijo Randy sorprendido, agachándose para tomar con sus manos algunos ejemplares justo cuando Thomas lo paraba en seco, impidiéndoselo.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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