El asesino de las rubias ©

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Capítulo IV. El cuádruple homicidio. Parte I

Estado de Nueva York, Long Island, condado de Nassau. 10hs

Me sorprende que me hayas contactado tan rápido nuevamente ¿Cuánto ha pasado desde la última vez, cuatro, cinco días? Antes de comenzar déjame decirte que la tarifa ha cambiado con respecto a la semana anterior. El valor del servicio es de U$S 2000 e incluye todo lo que tu imaginación fantasea.

—Solo eso deseaba escuchar —respondió con una sonrisa, sentado en la cama redonda de la habitación.

—Voy a pasar al toilette, en cinco minutos estoy contigo —dijo la mujer arrojándole un beso a la distancia, dejando ver sus curvas moverse al compás de la seducción.

El hombre, mientras tanto, contrario a lo que podría esperarse previo a un encuentro carnal rentado, donde el reloj es amo y señor de las pasiones, marcando el ritmo de la saciedad hormonal, estaba tranquilo, como en trance. Se paró de la cama y fue directo a un cajón repleto de calcetines y sustrajo del fondo un cuchillo afilado con el que pensaba llevar adelante esas fantasías que colonizaban su imaginación.

Vestido impecable, impoluto, ni siquiera parpadeaba ante los inenarrables pensamientos que funcionaban como una suerte de presagio mortal, enseñando el futuro, retratando en un vendaval de simultaneas la aberración por suceder. Era su impulso sexual. Su forma de excitarse. Lejos de los modos tradicionales de menguar la libido, su mente operaba en clave sádica, fija en hacer de aquel cuerpo prestado una obra que quedara para la posteridad; una modelo renegada purgando los platos rotos de las culpas ajenas.

Al cabo de cinco minutos la bella mujer irrumpió en la habitación con el torso desnudo y apenas una prenda ínfima que cubría, a duras penas, su intimidad, coronada por unas medias negras de red, que no hacía más que avivar las fantasías a flor de piel de un hombre perturbado, a la vez que el ruido de los tacones sobre el parquet, agudizaban peligrosamente las perversiones escondidas en su frágil mollera.

—Dime... ¿a qué quieres que juguemos? —le preguntó agachándose despacio, buscando tentar la fiebre de su cliente—, tal vez quieres un beso o quizás eres un hombre malo que se ha portado muy mal y merece ser castigado— dijo mientras sacaba unos precintos de su bolso.

—Tal vez fuiste tú la que se ha portado mal y merece un castigo —respondió tomando el objeto de las manos de su acompañante arrinconándola contra la pared, aprisionándole las manos detrás de la espalda.

—Solo te pido un favor, no deben quedarme marcas; recuerda que mi cuerpo es mi capital —le dijo elevando las pestañas a modo de complicidad.

—Ven, sígueme —dijo el hombre, todavía vestido, conduciéndola como a una esclava al amplio living de la vivienda.

—Creí que eras más tradicional —dijo soltando una carcajada.

—¿A qué te refieres? —preguntó, acariciando, en su espalda, con ternura, el cuchillo que sacó, sigiloso, de su pantalón.

—Pensaba que eras de los que no se movían de la cama —dijo algo nerviosa, comenzando a comprender que algo no andaba bien—, pero descuida; me gusta recorrer la casa.

—No vamos a recorrer la casa; aquí es donde todo termina.

—Ok ¿quieres que me tire sobre el sillón o prefieres el calor de la alfombra? —preguntó tragando saliva.

—Eso me da exactamente igual —dijo volteando con una sonrisa dibujada en la cara y el cuchillo, reluciente, en su mano derecha listo para atacar y terminar con la vida de una prostituta cuya sangre haría juego con sus labios carmesí.

Estado de Nueva York, Long Island, condado de Nassau. 13hs

—Me encanta como te queda ese atuendo, la transparente oscuridad hace juego con tus ojos claros.

—Muchas gracias, eres todo un caballero —respondió la mujer sentada sobre el suelo de parquet en el primer piso, brindando a la salud de su cliente.

—La belleza me inspira —respondió el hombre guiñándole un ojo y elevando su copa al cielo.

—Dime ¿Qué es lo que buscas en una mujer? —preguntó casi susurrando, desbordando sensualidad, esa que no se compra en el supermercado.

—¿Sinceramente? No busco nada, tengo todo lo que necesito en mi vida —dijo esbozando una falsa sonrisa.

—Entiendo, eres de los que prefieren charlar, un oído que te escuche —dijo antes de echar un interminable bostezo.

—No, tampoco. Si quisiera buscara alguien que me escuchse lo último que haría sería recurrir a una mujer como tú —dijo con la mirada puesta en el licor que se mecía en su copa, mientras la mujer intentaba, a regañadientes, ponerse de pie, haciendo equilibrio en sus tacones negros.

—¿Qué me hiciste? Se me mueve todo —dijo como pudo antes de apoyar sus rodillas en el suelo.

—Pronto todo acabará, siéntete orgullosa de servir a un propósito más importante que tu miserable vida

Estado de Nueva York, Long Island, condado de Nassau. 18 hs

—Eres extremadamente hermosa; los comentarios que he recibido no te hacen justicia —dijo el hombre con aires de galantería.



Sebastian L

#45 en Detective
#25 en Novela negra
#13 en Novela policíaca

En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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