El asesino de las rubias ©

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Capítulo IV. El cuádruple homicidio. Parte II

Stephanie estaba fuera de sus casillas; víctima de una impotencia descomunal arraigada en la famosa frase "es confidencial", sentía que desde que se hizo cargo de la Unidad Criminal no había conseguido más ser la fiel marioneta de una mano invisible que supo mover los hilos mucho antes de que ella llegara y su función, ficticia al mando, no era otra que seguir a rajatabla lo que pensaba eran sus corazonadas o razonamientos que para su pesar, jamás escapaban de la lógica previsible de sus jefes; ahora inquietos por resolver un caso que no solo traería consecuencias a la Fuerza sino, y sobre todo, a la política nacional.

JFK al 400 es la dirección particular del sombrío Thomas Weiz. Si bien las apuestas pagaban cien a uno que su domicilio momentáneo era la cárcel; por fin la banca pagaba una millonada a los incrédulos que veían, tan furiosos como perplejos, que no todo el mundo está a merced de la justicia aunque en apariencia solo seas un oficial de poca monta. Ese era el caso del indescifrable detective que, lejos de mostrar sorpresa al ver el rostro de su colega del otro lado de la puerta, con mirada socarrana parecía burlarse del destino y recibir a su bella líder.

—¿Qué se supone que es este lugar? ­—preguntó sorprendida por la falta de mobiliario.

—Es mi humilde departamento, no termino de mudarme –respondió con el torso desnudo, mordiendo una manzana, haciendo un ademán para que Stephanie ingresara.

—Seguro ya sabes por qué estoy acá, todo el mundo lo sabe sí ­—hablaba sonriendo, a punto de estallar-, pero me cansé de ser la tonta, el último orejón del tarro y no voy a dar un paso más sin que me digas quién eres realmente y el motivo por el que no estás donde te dejé.

—Thomas Weiz, detective de primer grado en la Unidad Criminal de New York y abandoné la cárcel porque me hace mal la humedad —dijo soltando una sonrisa esperando apaciguar la rabia de su compañera.

—Ok, si así quieres jugar lo haremos así ­—dijo Stephanie sentándose en el suelo ante la ausencia de sillas o cualquier elemento que sirviera a la ocasión.

—Creí que teníamos un caso —dijo Thomas poniéndose una remera.

—Lo tengo, se llama desentrañando al mentiroso Thomas Weiz, de hecho, no me extrañaría que ese no fuera tu nombre.

—No sé de qué estás hablando, date prisa, Long Island no es acá nomas —dijo palpando sus bolsillos, asegurándose de tener su celular y las llaves de su casa.

—¿Cómo sabes lo de Long Island? —preguntó Stephanie envolviéndolo con mirada de cazadora tenaz.

—Pues solo lo sé.

—Del mismo modo en que conocías el paradero de Alexander Butler —dijo poniéndolo contra las cuerdas—, además hablé con Charlotte y ella nunca te dio su dirección. No te preocupes, vine a decirte que no pienso seguir trabajando contigo, así que sigue haciendo lo que sea que estés haciendo pero bien lejos de nosotros.

—¡Espera! De acuerdo, tú ganas —dijo acercándose a ella con las manos en alto como si lo estuvieran apuntando—, tengo muchos topos en las calles: adictos, rateros, camellos; criminales de poca monta que me brindan información a cambio de cierta indulgencia.

—No te creo, no confío en ti —respondió ella con la mano sobre el picaporte.

—Esa es la verdad, lo juro.

—¿Y cuál de tus topos te dijo lo de Long Island? —preguntó levantando insistentemente las pestañas, esperando una respuesta convincente.

—Fue el comisionado, hablaba con él antes de que tocaras a la puerta —respondió y largó un suspiro, como quien busca la tregua bajando la guardia— créeme, siempre he sido sincero contigo.

—Si hay algo que no has sido fue sincero, precisamente —dijo abriendo la puerta—, ¿Qué sabes del caso?

—Un Senador, cuatro prostitutas; año electoral, familia de alto perfil, todo un drama hollywoodense —respondió mientras le seguía el paso, rumbo al condado de Nassau, lugar elegido por los verdaderos millonarios del Estado.

El viaje fue distendido. Ambos detectives eran conscientes de que no podían dejar que los secretos y los malentendidos nublaran su juicio a la hora de orientar las investigaciones; amén de que solo se tenían el uno al otro para alcanzar el éxito al final del camino. Para colmo, este caso no era como los anteriores; si bien es cierto que nadie debiera tener coronita y todos los ciudadanos son iguales ante la ley, distinto resulta el panorama cuando el acusado es un miembro importante del congreso y firme candidato a disputar la gobernación estatal en pocas semanas.

No había margen para el error, tal y como lo habían ordenado los popes de la fuerza, este asunto tenía que resolverse a la brevedad y en forma harto discreta, para evitar que a la masacre desatada en la casa de verano del senador se le sume una carnicería mediática que obstruyera y/o empañara la búsqueda de la verdad y la justicia que aquellas rubias trabajadoras del placer merecían.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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