El asesino de las rubias ©

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Capítulo V. Natalia Gólubev. Parte III final

—Las cámaras de seguridad solo funcionan en la puerta de entrada al club y adivina qué —preguntó Thomas mientras aguardaban que el señor Ivanov les abriera la puerta de su domicilio.

—No está nuestro hombre —respondió mordiéndose el labio inferior y meneando la cabeza de lado a lado.

—Bueno, a esta altura de los acontecimientos no debiera extrañarnos; los asesinatos premeditados rara vez son filmados —dijo tomándolo con humor.

—Sí, eso o realmente no estaban allí.

La recepción se hacía desear y ante la falta de respuestas, al reiterado timbreo por parte de los detectives, Thomas se apresuró a ingresar para constatar que el lugar estuviera vacío o bien reducir la posible resistencia del sospechoso. Orden de allanamiento en mano, la detective Turner, siguiendo a su colega y en compañía de una decena de policías cubrieron todas las habitaciones hasta que al fin se toparon con el escurridizo Michael Ivanov.

A pesar de no oponer resistencia a la autoridad o intentar escapar, lejos estaba de aceptar entregarse, más bien tenía otros planes, solo saldría de aquella casa sin vida; no había más opciones en su mente enferma.

—Michael suelta esa arma, no quieres hacerlo, piensa en tu pequeño —Thomas le hablaba mientras se acercaba con cautela.

—¿Por qué nadie entiende que mi hijo es un prodigio del baloncesto? Solo les rogué que no amputaran su carrera; sus sueños; sus metas...

—Yo sí te entiendo Michael, a mi sobrino le hicieron exactamente lo mismo, lo boicotearon tanto que debió cambiar cuatro veces de club hasta que al fin aceptaron que era superior —Thomas buscaba empatizar pero la situación era límite; Michael parecía ajeno a los quince policías que lo apuntaban y solo atinaba a permanecer sentado sobre una mecedora, con el dedo en el gatillo de su Glock presionando su quijada.

—Supe que vendrían en cuanto me enteré de la muerte de esa mujerzuela —dejaba caer las lágrimas de sus ojos.

—¿Quién te dijo lo de Natalia, quién te avisó? —le preguntó la detective acercándose con sigilo.

—No crea que la olvidé detective Turner —alzó los ojos levemente hasta fijarlos en Stephanie—, usted me hostigó durante meses el año pasado...

—Bueno, nos hubiéramos salteado ese mal trago si hubieras confesado tu crimen —le retrucó de modo imprudente.

—Bridgitte Ford, cómo olvidarla, su muerte fue algo lamentable —dijo esbozando algo parecido a una sonrisa.

—¿Lo mismo hiciste con Natalia, cierto? No podías dejar que te arrebataran tus aires de deportista frustrado.

—¡Cállenla! ¡Callen a esta maldita perra! O la sacan de la habitación o presionaré el gatillo, lo juro —amenazaba Michael mirando al detective Weiz, a la espera de una respuesta satisfactoria.

—Ella es nuestra líder Michael, no puede irse a ningún lado —le respondió Thomas apoyando su arma en el suelo—, habla conmigo, solo queremos saber lo que ocurrió.

—Ocurrió lo mismo de siempre; se interponen por envidia en las vidas de los demás y se regodean en la desgracia ajena —hablaba sin despegar el arma de su rostro—. Mi hijo va a jugar en una gran Universidad, lo sé, y luego las brujas de la desesperanza observarán resignadas cómo transita el camino a la gloria que sus mediocres hijos nunca alcanzarán.

—Es cierto, si es constante y se esfuerza no hay ninguna duda de que brillará en la Liga tarde o temprano —Thomas le seguía la corriente, consciente de que no les quedaba margen para maniobrar—, ¿Qué pasó anoche con Natalia, Michael?

—Alguna mano justiciera imagino; alguien que se apiadó de todos nosotros librándonos de su repugnante presencia...

—¿Y Bridgitte, a ella también la ajusticiaste por el bien común? —había soltado el anzuelo, era su última oportunidad.

—Lo de ella fue distinto, por su culpa perdimos el campeonato estatal —respondió con el rostro desfigurado, repleto de ira.

—Inconcebible totalmente; entiendo que estuvieras enojado, no es para menos —hablaba mientras el resto de los oficiales lo miraban incrédulos.

—Lo fue... merecía algo más que un batazo en la cabeza —sonrió.

—Una pena que no lo hayas hecho con tus propias manos...

—¿Pero qué dices? —preguntó clavándole la mirada—, claro que lo hice...

—Mientes, jamás encontraron el bate que utilizaste, creo que solo te vanaglorias de las proezas de otros —respondió devolviendo una mirada fulminante.

—Tal vez debieran buscar en el jardín de mi madre en Queens, siempre me han gustado sus rosas rojas en primavera...

Steffanie salió disparada, necesitaba que de inmediato un equipo corroborara la confesión del sospechoso y poder matar así dos pájaros de un tiro.

—¿Dónde te deja eso Michael? —le preguntó Thomas volviendo sobre sus pasos y recogiendo su arma del suelo.

—Supongo que como un héroe de los niños con talento; su protector —reía a carcajadas.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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