El asesino de las rubias ©

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Capítulo VI. Ayleen Shepard. Parte I

—¿Quién eres, por qué nos estás haciendo esto? —preguntó el joven desesperado al ver a su novia amarrada, a merced de la voluntad del secuestrador.

—Te estoy haciendo un favor; colócate esas esposas y deja de hablar.

—No voy a hacerlo; no haré nada hasta que no la liberes —dijo con las pulsaciones a mil y la respiración agitada.

—Creo que no comprendes la gravedad de la situación —le respondió apoyando su revolver en la cabeza de la blonda que solo atinaba a llorar y ensayar algún tipo de súplica—, no te lo volveré a repetir; no estoy jugando contigo...

—¡De acuerdo, lo haré, lo haré! ¿Quién eres?

—Tú conciencia; la conciencia ancestral del barrio, cansado de ver cómo la gentrificación modificó nuestros hábitos y costumbres.

—Óyeme, solo tenemos veintidós años; no tenemos idea de lo que dices y no le hemos hecho nada a nadie; por favor déjanos ir, tienes a las personas equivocadas.

—¡Ya basta Patrick! No quiero escuchar las excusas de tu traición —respondió pateando con violencia los trastos a su alcance—, es una cuestión de sangre, la sangre tira.

—¿Por qué me llamas Patrick? Mi nombre es Roland ¡Te equivocaste de personas! Te prometo que no diremos nada, jamás te hemos visto; por favor —imploró

—Sí, ayer eras Patrick; hoy eres Roland y mañana serás Sonny ¿crees realmente que vas a confundirme con tus múltiples personalidades? —preguntó mientras reía a carcajadas.

«Están aquí por las aberraciones cometidas; por las inmoralidades que planeaban cometer y, sobre todas las cosas, por pisotear la memoria humillada de cientos de nosotros, víctimas de gringas como ella. ¿Acaso no lo ves? Eres más estúpido de lo que aparentas, para esta mujer solo eres un esclavo, un ser inferior cuyo color de piel decidió tu condición marginal.

—¿Qué demonios dices? ¡Ella es una buena persona! —farfulló mientras luchaba contra el tubo metálico al que estaba esposado—, esas estupideces son del año cero; ya hemos madurado; todos somos iguales ante los ojos de Dios.

—Digo que somos negros y ella una maldita blanca; no debemos congeniar con estos monstruos opresores ¿Dónde estuviste durante el apertheid al que fuimos sometidos toda la vida?

—Solo libérala, te prometo que no volveré a vincularme nunca más con una mujer blanca.

—Palabras, solo palabras vacías ¿acaso crees que ella te ama? Solo quiere saborear la compañía de un negro para luego correr donde sus amigas pálidas a contarles la exótica experiencia; pero eso se acabó, ahora es nuestro turno de atacar.

Otro día más en el paraíso, a pocas cuadras del One Police Palace, se habían juntando, desde bien temprano, los detectives Turner y Weiz para limar las asperezas y poner un manto de piedad sobre las sospechas y suspicacias que habían surgido en las últimas semanas. Si bien nunca quedó demasiado clara la aparición de Thomas en el equipo liderado por Stephanie, y pese a su celoso hermetismo así como a sus informantes anónimos que lo ponían siempre un par de pasos por delante que la investigación oficial; es igual de cierto y trascendente que sus habilidades supieron resultar cruciales para la resolución de los casos que, merecidamente, le valieron a la joven detective la consideración de los altos mandos como uno de los valores con más futuro dentro de la Fuerza.

—Creo que es la primera vez que alguien me invita a desayunar —dijo sonriendo, tomando su capuchino.

—Bueno, por algo se empieza, debo redimirme por aquella tarde cuando arruiné tu hora de spa.

—No estuvo tan mal ese masaje —respondió fingiendo seriedad—, pero si alguna vez lo comentas en público juro que negaré lo que acabo de decirte.

—Me parece justo —respondió bebiendo su Ristretto—. Cuando venía hacia acá me di cuenta de que no nos conocemos lo suficiente; en aquella sesión de masajes solo me hablaste de trabajo.

—¿Y qué quieres saber?

—No lo sé; tus gustos, tus pasiones ¿tienes novio, familia? Creo que es importante para fortalecer el grupo.

—Solo si tú prometes responder también —lo acorraló para no sentirse vulnerable.

—Lo prometo —respondió guiñándole un ojo.

—Aquí voy: soy adicta al chocolate; amo las películas de terror aunque no puedo mirarlas sola y me tapo los ojos cuando presiento que algo está por ocurrir. Si tuviera más tiempo libre lo gastaría en viajes, me gusta leer novelas románticas, comprar perfumes, zapatos y carteras; voy al gimnasio tres veces por semana; una vez al spa y extraño de modo desesperado salir a beber y bailar los sábados por la noche. ¿Conforme? —preguntó sonriendo como una niña, feliz.

—¿Qué hay de tu familia?

—Mis padres viven en Carolina del Norte y tengo dos hermanos; Elliot, el mayor, es piloto de avión y April, la menor, estudia diseño de moda en Los Ángeles —respondió con un dejo de tristeza, como echándolos de menos.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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