El asesino de las rubias ©

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Capítulo VI. Ayleen Shepard. Parte II

A menudo la felicidad que se niega, tiende a guardar un profundo rencor en algún recoveco del alma censurada. Un sentimiento impalpable que crece conforme avanzan los años y el vacío de la soledad se nutre de aquellas sonrisas y abrazos ajenos que nunca tendrá. Entonces ¿Cómo proceder? ¿Cómo evitar hacer de los demás el blanco de una furia antiquísima que no tiene vuelta atrás?

—¿Qué tenemos? —preguntó Randy en aquel almacén abandonado donde aún permanecía el presunto autor material; bañado en sangre.

—¿Dónde está Stephanie? —preguntó el oficial a cargo.

—En mis bolsillos no la tengo —respondió exagerando autoridad—. Stephanie tiene otros asuntos esta mañana; dime qué es lo que ocurrió...

—Recibimos una llamada al 911 denunciando gritos y disparos en el lugar, cuando arribamos encontramos lo que ve, un mar de sangre y a este criminal con el arma en sus manos —relataba sin privarse del veredicto.

—¿Dices que él es el asesino? Sin embargo la víctima fue hallada en un parque a varios kilómetros de aquí. ¿Acaso la mató, la llevó al parque y regresó al almacén a lamentarse?

—Está empapado de su sangre; de seguro tiene un cómplice que intentó deshacerse del cuerpo.

—¿Podemos hablar con él? —intervino Melody, con la vista puesta en el joven moreno, acurrucado y tembloroso en un rincón de la habitación.

—Está en shock, no quiso soltar prenda, tal vez ustedes tengan suerte.

Lo que a simple vista era un caso resuelto, bastaba con rasgar un poco la superficie para concluir que no era algo tan simple y pese a las primarias presunciones que cualquiera podía realizar, existían varios interrogantes que debían ser contestados antes de pronunciar un juicio definitivo.

—Mi nombre es Randy Scolaro y ella mi compañera Melody Blair; somos detectives

Del otro lado no había respuesta; aquel muchacho estaba inmerso en sus pesadillas vívidas y no parecía tener interés siquiera en poner en duda su culpabilidad, consciente de que el motivo de su vida, su esperanza de un edénico porvenir yacía en la hierba rustica y descuidada de un parque estatal.

—¿Puedes decirnos tu nombre? —preguntó Melody acercándose con imprudencia—, queremos ayudarte; puedes confiar en nosotros...

—Asesiné a mi novia, eso es todo —respondió tartamudeando sin levantar la mirada, agazapado en posición fetal.

—¿Puedes decirnos cómo ocurrió?

—Creo que es bastante obvio, le disparé

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque era una zorra blanca que solo se divertía jugando conmigo —respondió y levantó la mirada, dejando ver una enorme dosis de odio en sus ojos furiosos.

—O sea que descubriste que jugaba contigo, la mataste y te quedaste con el arma en las manos y bañado de su sangre porque... 

—No sé qué quiere que le diga —respondió esquivando la mirada, ocultando las lágrimas que de a poco comenzaban a emanar de sus ojos.

—¿Es tuya el revólver? —preguntó Melody con el arma homicida en sus manos.

—Ya les dije que sí

—Qué curioso porque este arma es una Colt Dorada calibre 32. Ahora la pregunta es ¿A quién estas encubriendo? —preguntó Randy.

—Teníamos una cita... íbamos a vernos en el Apocalypse Night para beber unos tragos, pero a la hora pautada me llegó un mensaje de watsapp, diciéndome que viniera a esta dirección; que había surgido algo importante de último momento.

—Continúa.

—Cuando llegué, él la tenía amarrada, con una bolsa sobre su cabeza y le apuntaba con un arma.

—¿Quién la tenía? 

—No lo sé, estaba encapuchado; no pude ver su rostro —respondió secándose las lágrimas—, solo recuerdo que no paraba de sermonearme sobre la traición a nuestros antepasados.

—O sea que estamos buscando a un vengador racial —dijo Randy mirando a su compañera.

—Debemos avisarle a Thomas.

Si los bosques hablaran seguramente no nos alcanzaría la vida para escuchar tantas anécdotas; tantos momentos únicos e irrepetibles, mezcla equitativa entre trágicos y felices. Esta vez, otra vez, la grisácea flora silvestre, gentileza del gélido invierno, en el Morningside Park, era testigo casual de la barbarie humana que utilizaba, de forma vil y siniestra, sus largos pastizales como émulos de un abandonado cementerio.

—Dos balas en su abdomen son la causa de la muerte —dijo Lindsay mientras terminaba de inspeccionar el cuerpo en el lugar.

—¿Piensas que murió aquí después de una larga agonía o la asesinó en el viejo almacén y utilizó este sitio como cementerio provisorio? —preguntó Thomas en cuclillas, mirando de cerca el cuerpo tendido.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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