El asesino de las rubias ©

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Capítulo VI. Ayleen Shepard. Parte III. Final

«Kendal James, abra la puerta a la policía; tenemos una orden de allanamiento en nuestro poder; no complique más las cosas y salga con las manos en alto»

Ni las hojas artificiales se movían en los maseteros de aquella tétrica casa; de aspecto descuidado que supuestamente cobijaba al asesino más buscado del momento.

—Señor James, soy el detective Thomas Weiz, abra la puerta o la tiraremos abajo; tiene diez segundos.

—De acuerdo, De acuerdo —respondió un hombre ebrio al abrir la puerta—, no hace falta que rompan nada, ¿en qué los puedo ayudar?

—Necesitamos entrar a su casa y hacerle algunas preguntas.

—¿Y de qué se me acusa esta vez, si se puede saber? —se derrumbó sobre un sillón sin tapizar con una cerveza en la mano.

—¿Qué puede decirnos de Ayleen Shepard? 

—¿Es una tenista o algo así? No me gustan los deportes ni miro televisión —respondió empinando la botella.

—Ya veo —dijo Thomas observando el abandono de aquel sitio—, Ayleen Shepard es una joven rubia, novia de Roland Green, cuyo cuerpo apareció esta madrugada tirado en el Morningside Park, ¿te suena de algo?

—Para nada; no tengo la más mínima idea de quiénes son esas personas y qué demonios tienen que ver conmigo —farfulló.

—Su padre era Arthur james, ¿cierto? —el rostro de Kendal se transformó.

—Está bien muerto hace más de una década —respondió y escupió en el suelo en señal de desprecio—, si tiene alguna queja o deuda que cobrarle, le recomiendo que se la reclame a Dios porque ni siquiera me gasté en darle un entierro honroso a esa basura.

—Todavía lo odia por lo de Sara Evans —susurró desinteresado, al pasar.

—No la nombre, ¡no vuelva a repetir su nombre en mi presencia! —gritó poniéndose de pie y revoleando la botella de cerveza contra una pared que alguna vez supo ser blanca.

—Ya veo, hay mucha ira contenida allí.

—Usted reaccionaría igual si lo hubieran engañado —respondió repleto de furia, con las venas a punto de explotar en su flácido cuello.

—Creí que eran felices juntos hasta que tu padre los separó violentamente

—No tiene idea de lo que está diciendo, mi padre solo me abrió los ojos, me mostró lo que realmente estaba pasando y luego dimos su merecido a esa perra.

—Si su padre le salvó la vida ¿por qué lo odia tanto? —preguntó abriendo sus brazos, buscando encontrar la lógica perversa que los unía más allá del lazo sanguíneo.

—Mi padre fue muy sabio, tenía todo bien claro en su mente pero resultó ser un débil de espíritu —respondió esbozando algo parecido a una sonrisa.

—¿A qué te refieres? 

—Se dejó atrapar; se pudrió sin resistencia en una cárcel mugrosa sin siquiera luchar por evitar que otros caigan en la misma trampa que me tendieron a mí.

—Entonces usted decidió asumir ese rol...

—Sé lo que intenta detective; está buscando vincularme con las muertes de esas tres mujeres blancas pero le aseguro que no tuve nada que ver...

—¿Por qué dice que eran tres mujeres blancas? Jamás le mencioné cuántas eran...

—No es el primer policía que viene aquí buscando respuestas; hace años vinieron otros y se fueron con las manos vacías, igual que lo hará usted —sonrió mordaz.

«¡Detective Weiz, venga por favor! Hemos encontrado algo muy interesante detrás del placar en la habitación»

—Es mi colección de armas antiguas, no se atrevan a tocarla —dijo el hombre desesperado, detenido por dos oficiales cuando intentaba llegar hasta el lugar.

—Vaya colección... ¿algún calibre 32? —preguntó Thomas sin dejar de maravillarse por la amplia gama cuidadosamente distribuida y limpia que rivalizaba con el desorden del resto de la casa.

—Algo mejor que eso, falta un revólver —dijo Randy sonriendo.

—Traigan a Kendal aquí —ordenó Thomas convencido de que lo tenían.

Habían muchas preguntas por hacer, amén de la aparición de una para nada despreciable e intimidante colección de armas, algo mucho más estremecedor brillaba por su ausencia iluminando las sospechas que de apoco, comenzaban a transformarse en evidencia incontrastable.

—¡Les dije que no apoyasen sus sucios dedos en mi colección!

—Luego de la matanza de Newtown en 2012 el congreso estatal aprobó una ley en la que se restringe radicalmente la posesión de armas de fuego

—Yo tenía las armas de antes, por lo que la ley no me atañe —respondió esbozando una falsa sonrisa.

—Es posible; sin embargo, la ley obliga a los portadores legales a registrar dichas armas, averiguación de antecedentes mediante; y apostaría mi casa contra un caramelo que usted se salteó ese paso —le contestó con altura—; puedo detenerlo inmediatamente solo por esto.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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