El asesino de las rubias ©

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Capítulo VII. Kelly y Lucy Foster. Parte III Final

HOTEL PLAZA

«No sé cuál es la verdad en todo este embrollo; menos aún puedo dar un veredicto sobre la culpabilidad o inocencia de alguien; todo está enlodado, todo está difuso. Entonces ¿qué tenemos que hacer? ¿Cuál es nuestro deber como defensores y guardianes de la ley? si tan solo pudiéramos responder esos interrogantes, si alguien, más no sea de forma anónima, se dignara a enviarnos una señal, un norte que seguir con entereza. No hay nada, solo nuestro instinto y la necesidad de confiar en una vía alternativa que nos está vedada pero, que sin embargo, es el único camino posible para salvaguardar no solo su honor; sino el de todos nosotros como Unidad»

—¿Está segura jefa, tenemos órdenes expresas de no intervenir en la investigación? —preguntó Randy titubeante.

—Lo último que supe fue que esta Unidad la dirijo yo y nadie va a sacarme de ninguna investigación; y menos cuando tenemos una pista sólida que seguir antes de darnos por vencidos —respondió sacando a relucir la loba que llevaba dentro.

—Se hospeda en la habitación 357 —dijo Melody a sus compañeros que conversaban en el hall.

—Allá vamos.

Una moneda al aire; apostando a la suerte sin más fichas que la intuición impulsada por un anhelo cada vez menos fundado. Esa desfachatez, ese espíritu arrojadizo que apelaba a una corazonada para probar lo improbable, era todo lo que tenían los detectives para limpiar el nombre manchado de sangre de la Unidad Criminal.

—¡No pedí nada, lárguense! —gritó un hombre desde adentro.

—Señor Musto abra la puerta por favor.

—Espero que sea algo importante o me van a conocer —se quejó mientras se acercaba con prisa a la puerta— ¿de qué se trata esto?

—Entre allí vanos.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? Tomen el dinero y váyanse por favor —imploró echándose para atrás.

—Somos policías Señor Musto, no atacadores furtivos.

—¿Hay alguna diferencia? —ironizó.

—Venimos a hablarle de Kelly Foster —soltó Stephanie sin anestesia.

—Sí, es una verdadera pena lo que le ha ocurrido —respondió poniéndose serio, cambiando el tono de voz y fingiendo pesar.

—Entonces sabe sobre su reciente asesinato —dijo Randy sentándose sobre una silla masajeadora

—Sí, me lo han informado esta mañana; todavía no puedo creerlo —dijo sirviéndose un whisky sin hielo.

—¿Ustedes estaban en una férrea lucha judicial, cierto?

—Bueno, ella nunca aceptó que me fuera a vivir a China en busca de un progreso profesional —respondió evadiendo el meollo de la cuestión.

—Tenía entendido que las demandas eran por la manutención de su hija.

—Qué puedo decirle; en este mundo no te perdonan el éxito.

—No comprendo —dijo Stephanie, incrédula ante el enorme ego del interrogado.

—¿Acaso cree que Kelly me hubiera hostigado por más de una década si yo no tuviera una buena posición económica? Todo se trata de dinero —respondió con enfado, exponiendo sin tapujos el desprecio que sentía.

—Adinerado o no, la pequeña Lucy es su hija y usted debió hacerse cargo.

—Yo no quería ser padre; se lo dije a Kelly infinidad de veces; pero ella solo quería embarazarse; eso hacen cuando pretenden retener a un buen partido.

—¿Buen partido usted? No se excite señor Musto; tiene de atractivo lo que tiene de humildad —dijo Stephanie provocando una carcajada en sus compañeros.

—Tal vez ahora estoy un poco descuidado, lo admito; pero debiste verme en aquellos tiempos.

—Sin embargo, sus constantes intentos de suspender el nacimiento de Lucy no fueron solo verbales...

—Ahora soy yo el que no comprende —dijo frunciendo el ceño, arrugando en forma graciosa su descuidado rostro.

—Sabemos de la golpiza que le propinó cuando estaba de 30 semanas.

—Estaba borracho esa noche, no sabía lo que hacía ¿pero, que tiene que ver aquello con la muerte de Kelly? —preguntó sirviéndose otro whisky.

—Bueno, es por lo menos llamativo y extraño que justo cuando usted se digna a pisar tierra americana, la mujer que reclamaba una millonaria suma de dinero y que, además, podía enviarlo a la cárcel, haya aparecido asesinada, flotando en un lago de la Ciudad —respondió Stephanie, atenta a cualquier gesto o ademán que delatara su estado de ánimo.

—Es una tétrica casualidad, sí —respondió y se regaló un fondo blanco que le quemó la garganta.

—Además de canalla es un malnacido —dijo Randy sonriendo para no llorar.

—¿Perdón? No voy a permitir que nadie, policía o no, me falte el respeto y me hable con ese tono en mi propia casa.

—¿Se dio cuenta de que estamos hablando hace diez minutos y todavía no se dignó a preguntar por su hija? —le recriminó Stephanie a un inmutable maniquí recubierto de piedra.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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