El asesino de las rubias ©

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Capítulo VIII. Tabata Barnes. Parte I

Como una orquesta desafinada que tarda en entrar en armonía; no solo con la melodía sino con el ambiente, cada vez más caldeado por los miles de ojos que observan enjaulados el triste espectáculo que se eleva, indemne, hasta ingresar en una nebulosa donde nada es perceptible y todo se confunde; así de pálido, como el gris atardecer de una vida vacía que se divierte burlándose de todos, desperdigando por doquier la duda insostenible de no saber si se puede confiar en la mano derecha sin sospechar que la izquierda, latente y agazapada, nos dé el golpe de gracia sin siquiera despedirnos de nosotros mismos.

Bajo esa terrible angustia, con la tensión a cuestas, los detectives debían maniobrar y caminar entre tinieblas sabiendo que cualquier presunción pudiera ser equivocada y que, para colmo de males, el detalle más insignificante o la persona menos pensada podía ser la mente maestra o la mano ejecutora de una pesadilla que hace tiempo dejó de ser tal, para inmiscuirse entre los miedos crecientes hasta erigirse como ama y señora de la vida diaria de la Unidad Criminal.

—¡Explícate! habla antes de que te mande a detener por las fuerzas federales —dijo Stephanie en medio de una crisis nerviosa

—Yo también me alegro de verte, gracias por preguntar —respondió Thomas cerrando la puerta de la oficina de su jefa.

—¡En serio! No confío en ti y las pruebas en tu contra se apilan como una montaña de ladrillos

—No me extraña, mi edificio, mis huellas en el puñal, las drogas en mi organismo; no soy iluso, sé cómo suena y cómo se ve; por suerte tu investigación sobre Oliver Musto le ha abierto los ojos a la justicia.

—La justicia es ciega —dijo sin dejar de caminar en su pequeña oficina.

—Era una metáfora...

—Además no me refería a las muertes en tu edificio —dijo parándose frente a él, con la mirada desquiciada y las cuencas prendidas fuego de tanta tensión

—¿Entonces?

—Es un todo —respondió poniéndose de espaldas, respirando hondo, buscando calma—. Las cosas que sabes sin que nadie te las diga; tus salidas de la cárcel más rápido de lo que canta el gallo; tu aparición en las diferentes escenas del crimen antes de que los indicios nos marquen la dirección y el golpe de gracia: la muerte de la Capitana Farwood.

—¡¿Perdón!? Ahora resulta que la asesiné yo, increíble —echó a reír

—Su celular se activó en tu edificio la noche de su muerte.

—Porque estuvo en mi casa, vino a decirme que ya no toleraría mis modos; al borde de la ley —respondió deprisa, buscando que las palabras salieran de su boca más rápido que la saliva que tragaba.

—¿Y por qué no dijiste nada cuando nos enteramos de su muerte?.

—No lo sé, no creí que fuera relevante.

—Fuiste la última persona que la vio con vida ¿y te pareció irrelevante? 

—Sí, discúlpame por no saber que se me acusaban de ser el Asesino de las rubias.

—¡No cambies el tema! debiste reportarlo... y el hecho de que lo hayas obviado no hace más que confirmar las teorías.

—¿Entonces es todo? Como murió la noche en que vino a mi casa, asunto resuelto, la asesiné yo —dijo mientras realizaba todo tipo de ademanes con sus manos.

—Tarde o temprano lo averiguaremos, por lo pronto es evidente que escondes algo; y yo ya me cansé de bailar a tu compás y moverme a la deriva como una hoja en medio de un terremoto —dijo Stephanie dirigiéndose hacia la puerta hasta que fue parada en seco por el antebrazo de Thomas que le impidió el paso.

—Si tanto desconfías de mí ¿por qué te esmeraste tanto en desligarme del crimen de las mujeres Foster? 

—A veces me equivoco, tengo mucho que aprender en este oficio... —respondió sin poder librarse del brazo, devenido en barrera, de su colega.

—Ya suenas como tu amigo Sullivan —dijo Thomas liberando el paso.

—No te atrevas a mezclarlo en esto... —dijo repleta de cólera e impotencia—. Manejó la Unidad más de 15 años y jamás un escándalo; a mí me bastaron 2 meses para vaciar de credibilidad y derrumbar el orgullo de una Institución respetada

—Todavía puedes resarcirte —murmuró

—¿Cómo? 

—Buscando al verdadero culpable

—Ya te encarcelamos dos veces y en ambas saliste airoso —dijo sin poder evitar soltar una sonrisa

—Tal vez arrestaste al equivocado.

—¡Te odio! te odio y maldigo el día que apareciste en aquel spa —dijo mientras las primeras lágrimas rodaban por su mejilla—. ¿Quién eres? ¿Por qué no puedo, simplemente, deshacerme de ti?

—Porque sabes que soy inocente, y juntos vamos a llegar al fondo de esto —respondió tomándola fuerte de las manos.

—¿Y exactamente cómo vamos a hacerlo?

—Sé que es mucho pedir pero confía en mí; creo saber cómo parar esta locura —respondió mirándola fijo, transmitiéndole seguridad y firmeza.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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