El asesino de las rubias ©

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Capítulo VIII. Tabata Barnes. Parte III, final.

—No puedo creer que tú también lo defiendas —le dijo Randy a Melody en la supuesta casa del sospechoso—, ha encontrado el modo de nublar el juicio de Turner pero tú —sonrió con sarcasmo— creí que eras menos permeable a las mentiras.

—Si tienes alguna prueba en su contra dímela, porque hasta el momento son habladurías... —respondió con el revólver en la mano, caminando en la oscuridad del abandono.

—Ok. Qué me dices de esta teoría, ¿todos los casos que resolvemos son una réplica exacta de crímenes anteriores, cierto? —preguntaba mientras avanzaba en medio de escombros y paredes raídas por la humedad.

—Continúa.

—Siempre se las ha ingeniado para inculpar a un asesino impune mientras disfruta evadiéndonos sin dejar rastro; pero algo ocurrió la última vez, algo de lo que nadie se ha percatado —sonrió

—Termina con el misterio y escúpelo de una vez —lo retó, presa del pánico que generaba el lúgubre emplazamiento más que por la nula incertidumbre que le provocaba la teoría urdida entre gallos y medianoche por su colega.

-Kelly y Lucy Foster; es el único caso que no hemos podido vincular con uno del pasado; casualmente, justo el que lo tenía como principal sospechoso; ¿acaso no lo ves? Se desvaneció sin antes alcanzar el objetivo de inculpar a un tercero. ¡Vamos! —suplicó—. Estaba en su propio piso, en un departamento vacío, drogado y con sus huellas en el arma homicida.

—Creo que olvidas algo importante.

—¿Qué?

—El ex esposo de Kelly fue el asesino; nosotros, con tu inestimable ayuda, lo atrapamos —replicó y soltó una sonrisa dolorosa para su amigo.

—¿Pero qué hay de sus vínculos con el pasado? Era una mala persona, de acuerdo; era un bastardo que merecía lo peor pero jamás había salido impune de un crimen anterior —dijo abriendo los brazos; cansado de gritar en vano una realidad que consideraba evidente.

—Tal vez nos obsesionamos; puede que no haya sido parte del ritual del asesino de las rubias —respondió Melody sin dejar de avanzar hasta percatarse de la existencia de una escalera que iba directamente al sótano de la vivienda.

—Dos víctimas, ambas rubias, asesinadas en el edificio de uno de sus principales perseguidores... no dudo de la casualidad, pero esto es demasiado; hay muchas cosas que no cierran —dijo abatido, consciente de que sus palabras no hacían mella en su compañera.

—¿Oíste eso? —preguntó echándose para atrás, haciendo resaltar la palidez de su tez blanca en medio de la oscuridad.

—creo que vino del sótano —dijo Randy cargando con fuerza su arma, adentrándose con prudencia.

—Stephanie dijo que nos quedáramos aquí.

—Salió a pedir refuerzos hace más de cinco minutos; tenemos la obligación de bajar —respondió no sin titubear, urgido por impresionar a su compañera.

—Despacio —susurró—, ¿Alcanzas a ver algo?

—Está más oscuro que arriba¸ agacha la cabeza; puede ser una trampa —le ordenó a su colega.

—Claro que es una trampa. ¡Policía de Nueva York! ¿Hay alguien ahí? —gritó mientras apuntaba contra la oscuridad perpetua. 

—¿En qué quedó la cautela? —le recriminó por violar el pacto de sigilo. 

—Somos policías no niños exploradores; debemos anunciarnos antes de actuar —respondió con razón, impulsada también por el miedo a lo desconocido; miedo a lo que permaneciera oculto detrás de aquella cortina que impedía ver más allá de los propios pasos. 

—¡Váyanse de aquí! —gritó un hombre con un extraño acento extranjero.

—Déjeme ver su sus manos —le dijo Randy al toparse con Mirno, tirado en un rincón de su sótano, o lo que quedaba de él.

—No pude salvarla; juro que no pude —lloraba mientras hablaba y abrazaba una remera turquesa.

—No sabemos de qué está hablando señor —dijo Melody apuntando su arma a la cabeza del sospechoso. 

—De la niña —respondió enseñándoles la remera—.Me esforcé, corrí a toda velocidad cuando vi al tren acercarse pero ya era tarde.

—¿Usted intentó salvarla? —preguntó Melody apuntando al sospechoso mientras se hacía eco de la ropa de la víctima desperdigada por el suelo.

—¿Usted qué hubiera hecho?

—Seguramente lo mismo que usted pero ¿por qué está la ropa de Tabata Barnes junto a usted? —preguntó Melody dejándolo perplejo. 

No hubo resistencia. La profunda depresión en la que se hallaba inmerso conspiró contra la ansiedad y el ánimo de fuga que emanaría de cualquier acusado en la misma situación.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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