El asesino de las rubias ©

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Capítulo IX. Katherine McAdams. Parte I

Emerald New York Club. Upper East Side, Manhattan, Nueva York. 2.30 am

—Aquel chico no deja de mirarte —le dijo a su amiga mientras tomaban su trago favorito en la barra de la disco.

—Hoy es noche de chicas; nada de amoríos pasajeros o sexo casual; lo prometimos, ¿recuerdas?

—¿Desde cuándo cumplimos esas promesas? —rió y se aventuró a su cuarto fondo blanco de la madrugada.

—Desde hoy —dijo haciendo un esfuerzo denodado para no reír y darle el gusto a su amiga.

—¿Es por Milton? ¡Olvídalo! Es un mujeriego, no te merece —dijo levantando su vaso que, a esa altura, pasaba como agua por una garganta acostumbrada a las emociones fuertes.

—Dices que es mujeriego pero no haces otra cosa más que ofrecerme al mejor postor en cada salida o, dependiendo la ocasión, me incitas a sacar a relucir mi promiscuidad con el primero que aparece y me sonríe —le dijo meneando la cabeza; disgustada con la rutina nocturna que no dejaba de sucederse.

—Es que me da bronca que seas millonaria; joven, hermosa y no vivas la vida —respondió mientras coqueteaba con un famoso productor de Hollywood; habitué del lugar, que parecía tenerla entre ceja y ceja.

—Vivo la vida; solo que mis parámetros de diversión son levemente distintos a los tuyos —le dijo mientras observaba, resignada, la situación desatada entre su amiga y aquel hombre casado que, a la pesca de la flor más bella, se acercaba entre los bailarines; en medio de las luces sicodélicas a reclamar lo que creía suyo—. No lo hagas, es mayor que tú y además es casado —le susurró con la mayor discreción posible aunque la suerte estaba echada. Su amiga despertaría con el alba en alguna habitación de hotel y ella, como de costumbre, debía irse a su casa sola, como había llegado.

—Kathy... ¿otro trago? —le dijo el barman al percatarse de la soledad abrazadora que la acongojaba.

—Sí, gracias Eric; en verdad lo necesito —respondió con su mejor intento de sonrisa—. Déjamelo ahí que enseguida vuelvo, necesito ir al baño un momento.

En la pista, cientos de jóvenes despilfarraban su alegría soltando adrenalina en cada movimiento, intentando seducirse a sí mismos antes de que hicieran efecto los artilugios que promueven la falsa desinhibición que equipara, de momento, las posibilidades de hacer el ridículo entre quienes llevan alto el estandarte de la desfachatez y la prepotencia y aquellos cuya única cualidad suele ser, en condiciones normales, la vergüenza paralizante. Ese espectáculo que se muestra noche tras noches, decorado con enormes parlantes y luces multicolor era el trasfondo desquiciado de la noche neoyorkina; al menos en sus barrios más opulentos donde los millonarios, como la mayoría de los terrenales, se divierten intimando sin llegar a conocerse.

—¿Bailas? —preguntó un joven moreno extendiéndole su mano.

—No, estoy esperando a alguien —respondió obsequiando hipocresía.

—¡Vamos! —dijo el muchacho sonriendo—, estoy observándote hace más de media hora y ambos sabemos que no esperas a nadie. Al menos déjame invitarte un trago.

—Creo que tomé suficiente —dijo enseñando su vaso vacío.

—¡Amigo! —le gritó al barman elevando su mano derecha—, dos tequilas por favor.

—Enseguida

—¿Por qué brindamos? —preguntó elevando su pequeño vaso a la vez que preparaba el limón para pasar el trance.

—Por el desamor —dijo ella haciendo un fondo blanco sin siquiera compartir el brindis.

—¿En serio por el desamor? No puede ser, creo que voy a morir de depresión; levanta el ánimo mujer; estamos de fiesta

—Entonces brindo por los desconocidos —dijo mirándolo a los ojos.

—Y por las mujeres que hacen del mundo un lugar mejor —dijo el joven chocando su vaso con su cita casual antes de que su esófago ardiera con fervor—. Eso fue excelente ¿vamos por otro?

—No, tomé demasiado; creo que me voy a mi casa —dijo como pudo, en un esfuerzo inusitado por modular mientras se tambaleaba levemente de lado a lado.

—¿Segura que quieres irte? La noche recién comienza —dijo el joven sentando en la barra observando a aquella mujer alejarse, trastabillando, entre la multitud.

«¿Por qué me duele tanto la cabeza? No puede ser, creo que me voy a desmayar»

—¿Señorita se encuentra bien? —preguntó un transeúnte que se encontraba paseando a su perro.

—No, creo que no —respondió antes de desvanecerse sobre la acera.

—Tranquila, no se preocupe, voy a llevarla a un hospital —dijo mientras la ayudaba a incorporarse.

—No hace falta, vivo a unas cuadras derecho —respondió bostezando, adormecida—. No sé qué me pasó; jamás me ocurrió esto.

—Bueno, una noche de vida es vida Katherine.

—No, pero yo no soy así —murmuró—, espera... ¿Cómo sabes que me llamo Katherine? No te conozco.

—Bueno, estas a punto de conocerme.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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