El asesino de las rubias ©

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Capítulo IX. Katherine McAdams. Parte II

Upper East Side, Manhattan, Nueva York. 8.30 a.m

—Te dije que no era buena idea que fueras al hospital —hablaba Stephanie mientras jugueteaba con un anillo de fantasía en su menique izquierdo; entretanto el auto que los conducía a la escena del crimen se hallaba varado en un embotellamiento.

—Sabía que tenían leves sospechas sobre mí o mi accionar pero ¿cómo pueden pensar que yo le haría daño a Melody? —respondió moviendo su cabeza de lado a lado.

—No puedes culparlos, tu nombre nos persigue como una sombra oscura. Es duro pero no sabemos si convivimos con el enemigo y eso no es fácil de digerir; todavía estamos llorando la muerte de la capitana y ahora esto —respondió mirándolo a los ojos.

—No quiero sonar engreído pero pierden su tiempo sospechando de mí —sonrió.

—¿Tienes alguna prueba que corrobore esa afirmación además de tu promesa? —preguntó con una mueca tenida de resignación.

—Si hubiera querido asesinar a Melody... la asesino —dijo con la vista al frente, tomando con fuerza el volante y sonriendo con desfachatez; como si fuera una ofensa que lo comparen con lo que parecía ser un inepto franco tirador.

Nadie sabía la verdad; ninguno de los integrantes del equipo, amén de sus válidas creencias, sabía con certeza qué era lo que estaba ocurriendo y mucho menos a quién estaban persiguiendo. La idea de continuar bailando al ritmo del asesino enervaba los nervios de cualquiera y la impotencia de recolectar cadáveres, para engrosar las estadísticas del Departamento, comenzaba a arrastrarlos al límite de la cordura, desconfiando no solo de sus compañeros de trabajo sino, incluso, hasta de su propia sombra.

En suma, el ataque artero y cobarde contra la joven detective no era tomado como un acto más del Asesino de las rubias; sino que por el contrario, era la prueba fiel o corroboración de que el juego había cambiado. No se trataba ya de la angustiosa carrera entre el gato y el ratón esforzándose por anticipar los movimientos del enemigo; ahora, la escalada de locura había mutado a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre dos seres invisibles en el que las víctimas dejaron de ser el objetivo principal para convertirse, lastimosamente, en el daño colateral de una guerra sin cuartel. Había llegado la hora de dejar de perseguir fantasmas y correr tras las huellas de posibles victimarios para comenzar a pincelar las facciones del verdadero criminal.

—¿Están diciéndome que no hay cámaras de seguridad en el edificio? —preguntó frunciendo el ceño—. ¡Vamos, es uno de los sitios más caros de toda la Nación!

—Señor, le repito que sí hay cámaras en el frente y el hall central —hablaba el encargado con las palmas hacia abajo, intentando calmar los agitados reclamos del detective—, pero no las hay en la parte trasera por cuestiones de discrecionalidad.

—¿Disculpe?

—Como usted bien dijo es uno de los edificios de departamentos más exclusivos del Estado, aquí, por tanto, viven algunas de las figuras o personalidades que han marcado, y aún lo hacen, la vida de todos nosotros. Imagínese que no podemos andar haciendo un reality de su intimidad —respondió sonriendo, buscando la complicidad en uno de los gerentes.

—En su lugar dejaría de alardear sobre la vida que acaricia todos los días y jamás podrá tener; y comenzaría a colaborar con la policía sino quiere que se lo detenga por obstrucción —dijo Thomas mirando a los ojos al ahora pálido conserje.

—¡Tranquilos! —dijo el gerente colocándose en medio—, colaboraremos con todo lo que esté a nuestro alcance; se lo aseguro.

—Eso espero porque la hija de un magnate inmobiliario acaba de ser estrangulada en su lujoso penthouse y dudo mucho que esa sea la imagen de seguridad que ustedes quieren dar. No es buena propaganda —dijo Thomas mientras observaba a Lindsay que, con todas las muestras en su poder, abandonaba la escena.

—Thomas ven —dijo Stephanie llamándolo a la sala—. Ella es Amanda, la mejor amiga de Katherine, y dice que anoche estuvieron juntas en una disco cercana.

—Pues bien, vamos por ella —respondió acercándose a la joven desconsolada, apoyada sobre el barandal de la escalera que conducía a la habitación principal.

—Amanda, somos los detectives Turner y Weiz, sentimos mucho tu perdida —dijo Stephanie extendiéndole la mano.

—Gracias —respondió entre sollozos.

—¿Estuviste con Katherine anoche? —preguntó Thomas, apoyando su mano en el hombro izquierdo de la mujer.

—Fuimos al Emerald New York Club —dijo mientras tomaba un pañuelo de las manos de la detective—, siempre íbamos ahí.

—¿Te habló de alguien que quisiera hacerle daño?

—No, ella era la mujer más buena que conozco —dijo rompiendo en llanto.

—Tranquila, tomate tu tiempo —dijo Thomas acariciando su hombro—, tal vez conoció a alguien en ese club, alguien con quien haya bailado...

—No, ella era una chica difícil —sonrió—, además seguía enamorada de su ex novio, no había lugar para otra cosa en su corazón.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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