El asesino de las rubias ©

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Capítulo X. Stephanie Turner. Parte I

Dicen que el que pega primero, pega dos veces, sin embargo, nada dice aquel mítico refrán sobre el final de la contienda, dejando abierta la posibilidad de una remontada por parte de aquel que sufriera los primeros embates del destino.

En una batalla despareja, donde una de las partes lucha con los ojos vendados y las manos atadas, deberá recurrir a todo tipo de artimañas, incluso las más bajas e imperdonables para lograr equiparar las fuerzas en un escenario convulsionado y cada vez más caldeado, donde las almas de las víctimas pidiendo justicia son solo el trasfondo siniestro de un mundo por demás macabro gobernado por un asesino sin nombre ni huellas a punto de sacudir los cimientos del Estado.

—Thomas ¿Dónde estás? ¿Qué diablos significa esto? —gritaba, desencajado, un hombre del otro lado del teléfono celular.

—Estoy buscando a mi compañera —respondió entre susurros, alejándose de los colegas que lo secundaban.

—Tenemos un acuerdo —le recriminó sin disminuir la agresividad.

—No lo he olvidado —dijo buscando poner paños fríos a la situación.

—Estás en ese lugar por un motivo, una misión; debes encargarte de las muertes —hablaba acelerado, nervioso, a punto de perder la paciencia.

—Eso hago —respondió mientras avanzaba con sigilo, arma en mano, hacia la entrada de una mansión abandonada a las afueras de la ciudad.

—Todavía hay trabajo; mujeres de las que debes ocuparte —continuaba descargando su ira—. No quiero que pierdas el tiempo jugando a la casita con tus compañeros. ¡No nos queda mucho tiempo! —gritó y un estruendo, como un objeto estrellándose contra una pared se oyó fuerte y claro a través del móvil.

—¿Es todo? ¿Debo dejar a mi colega morir para saciar tus ambiciones? —preguntó Thomas frunciendo el ceño, desafiando abiertamente las ordenes de su enigmático jefe.

—La de ambos Thomas —retrucó efusivo—, no olvides que estamos juntos en este viaje de redención. No lo eches a perder por una mujer.

—Dos días, solo eso te pido —imploraba bajando la guardia.

—Ni un minuto más.

Luego de cortar la comunicación, Thomas comenzó a dirigir el allanamiento en la mansión abandonada, con la esperanza intacta de encontrar lo que estaba buscando. Sin refuerzos, apenas con la ayuda de su colega Randy y la experiencia invaluable del retirado Brandon, estaba convencido de que era la mejor estrategia para alcanzar el final deseado y por qué no, matar dos pájaros de un tiro; poniendo fin al reinado de terror impuesto por una sombra, invisible al ojo humano, que muchos oficiales se apresuraron en bautizar como el Asesino de las rubias.

No había tiempo que perder. El reloj apremiaba y los detectives comenzaron a rodear el lugar. La casa era mucho más grande y majestuosa de lo que habían imaginado. Pese a los años de abandono, el vandalismo ineludible y la invasión de insectos y murciélagos; aún se podía apreciar entre la ruina una vivienda al mejor estilo victoriano; caracterizada por la opulencia y revestida con los materiales más finos que hubieran sido la envidia de cualquier adinerado de las grandes urbes nacionales.

Al llegar a la entrada principal, se percataron de que la puerta estaba bloqueada; lo mismo que los enormes ventanales que gritaban afónicos contra la asfixiante soledad. A raíz de aquel percance, se apresuraron en dar la vuelta e ingresar por la parte trasera; entretanto lidiaban con la desconfianza palpable e irremontable que volvía aún más grotesco el hecho de que lejos de unirlos la camaradería en pos de un objetivo común, era el espanto lo que los hermanaba en tamaña misión suicida.

Una vez en el interior solo restaba moverse con cautela y sigilo y tratar, aunque sea en vano, de que las linternas alcanzaran a iluminar la magnificencia que los rodeaba, mientras procuraban cubrirse la espalda de una posible trampa mortal que los estuviera aguardando en cualquier recoveco. Para colmo de males, los sonidos que parecen repetirse en todas las casas abandonadas intercalados con el no menos molesto sonido del silencio ponían los pelos de punta a los visitantes ansiosos y temerosos de rastrillar el lugar.

Con un simple ademán, los agentes se dividieron para cubrir más terreno y poder así verificar que habían descifrado correctamente el código. En alerta máxima, arma en mano y ojos bien abiertos, se escurrían entre la lúgubre oscuridad que, hastiada por el abandono, los recibía con los brazos abiertos; como solo ella sabe hacerlo.

Mientras Brandon se dirigió a las habitaciones laterales y Randy hizo lo propio en el siempre tétrico sótano, descendiendo con precaución más por las maderas raídas que alguna vez fueron peldaños, que por una posible y latente emboscada; Thomas subió a los pisos más altos de la vivienda cuyos silencios lo exasperaban. Con el sudor corriendo por su frente y un leve titubeo a cada paso, avanzaba siguiendo su instinto; seguro de que alguien lo vigilaba de cerca.

«Cuando terminen de verificar que no hay rastros de Stephanie, reúnanse conmigo en el segundo piso; oigo ruidos extraños aquí» susurró el detective parado al extremo de un largo pasillo; frente a un triciclo antiguo que supo ser juguete de algún infante décadas atrás.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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