El asesino de las rubias ©

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Capítulo XI. Mía Silver. Parte I

—Significa mucho para mí que hayas venido al estreno; estoy muy nerviosa —dijo la mujer oliendo sin parar el aroma de las rozas celestes que su más acérrimo admirador le acaba de entregar.

—No iba a perdérmelo por nada del mundo; has trabajado muy duro para conseguir este papel —dijo el hombre apoyando su mano derecha sobre la cintura de la joven y prometedora actriz.

—Sí, ya lo creo que sí —dijo con los ojos llorosos, orgullosa del largo camino que debió recorrer para alcanzar su sueño—. ¡Mis padres vendrán! —gritó—, por fin vas a conocerlos.

—Será un honor; espero no les moleste nuestra relación —dijo levantando las cejas.

—Te van a amar; más cuando se enteren de tu vínculo con la policía y la lucha incansable para mantenernos a todos a salvo —dijo la joven acomodando las flores sobre un enorme jarrón e invitando a su novio a caminar por el largo pasillo que conduce al escenario del teatro.

—¿Es a las 20 la función, verdad? —preguntó mirando su reloj de pulsera plateado.

—Sí, te reservé la entrada en la boletería —respondió mientras caminaban tomados del brazo.

—Bueno, voy a dejarte tranquila y regresaré en un par de horas; tengo algunas cosas que hacer —dijo el hombre mirando una vez más la inclemencia de las agujas al correr.

—¿Tenes que irte? —preguntó tomándolo de las manos—, no quisiera quedarme sola; todavía faltan algunas horas para la llegada del elenco.

—No entiendo —sonrió—. ¿Qué podría pasarte? Este es tu lugar en el mundo.

—Están pasando cosas horribles; vos mejor que nadie lo debieras saber —dijo la joven mujer abalanzándose sobre la humanidad de su acompañante hasta fundirse en un cálido abrazo.

—No hagas caso a esas cosas; están exageradas por los medios de comunicación —respondió mientras le palmeaba la espalda.

—Acá no se habla de otra cosa; las chicas están nerviosas y temerosas hasta de su sombra —dijo ante la mirada complaciente del policía.

—Diles que no se alarmen; pronto atraparemos a ese criminal.

—De hecho todo el mundo dice que ahora sí lo atraparán —le susurró al oído

—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño.

—A la muerte de esa detective que salió en las noticias; la que acribillaron a sangre fría —respondió.

—Tonterías —susurró mientras reía nervioso.

—Dicen que cuando alguien se mete con la policía tiene los días contados —remató su argumento.

—No tienen idea de lo que están hablando ¿me oyes? —gritó zamarreándola.

—Tranquilo —murmuró—, ¿por qué te alteras así?

—No quiero que vuelvas a hablar de la muerte de Stephanie Turner en mi presencia —respondió sin soltarle los brazos enrojecidos de tanta presión.

—No sabía que la conocieras —se disculpó—, pero con más razón entonces debes hacer que ese asesino se pudra en la cárcel.

—Nunca me pudriré en la cárcel —dijo mientras la empujaba suavemente contra una pared.

—No tú, el asesino —dijo la mujer acariciando sus brazos adoloridos.

—¡Yo no asesiné a Stephanie! —gritó y le lanzó a su prometida una bofetada que la depositó sin miramientos en el suelo.

—¡Thomas detente! —suplicaba mientras se arrastraba por el largo pasillo en busca de una ayuda que jamás llegaría.

—Alguien asesinó a Stephanie pero no fui yo, solo quieren ensuciar mi legado —hablaba mientras limpiaba con un pañuelo el revolver que sacó de la parte trasera de su negro pantalón de jean.

—Nunca dije que tú la asesinarás —dijo la mujer que lagrimeaba y tiritaba de miedo con su palma derecha levantada, previniendo un segundo arrebato.

—¡Yo no asesiné a Stephanie Turner! —gritó— ¡Stephanie Turner jamás fue parte de mi nómina!

—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritaba mientras corría por el pasillo, esperando que algún iluminador, vestuarista o quien fuera la liberase de su inminente final.

No hubo caso. Aquel teatro vacío fue el escenario de una obra macabra que, de seguro, estaba fuera de guión y las butacas solitarias, eran las únicas testigos de un asesinato improvisado que no alcanzó a correr el enorme telón azulado que aún aguardaba el aplauso lapidario de los espectadores por venir.

—Equipo reúnanse en la sala; el nuevo capitán llegó —dijo un viejo oficial que, de momento, llenaba el sitio vacío dejado por la detective Blair.

«Estoy al corriente de los acontecimientos que se han desarrollado a lo largo de los últimos meses y han teñido de la oscuridad más escalofriante a la policía de Nueva York en general; y a la Unidad Criminal en particular. Es por ello que asumo esta responsabilidad para volver a traer la paz al Estado y conseguir, a como dé lugar, que la gente recobre la confianza en los uniformados y se sienta segura transitando los barrios de nuestra ciudad. Para lograrlo, sacaremos más oficiales a las calles y resolveremos los homicidios como lo que son: muertes singulares de seres humanos que han tenido el infortunio de toparse con su hora sin posibilidad de reclamos o pataleos. Para todas esas personas cuyas súplicas de justicia ya no se oyen, es que vamos a trabajar incansablemente hasta resolver cada uno de los casos que nos lleguen con el mayor profesionalismo, poniendo al servicio de la comunidad toda nuestra capacidad resolutiva. 



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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