El asesino de las rubias ©

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Capítulo XI. Mía Silver. Parte III, final

Las tinieblas cubrieron de improviso la ya tumultuosa rutina de la Unidad Criminal. A las conocidas –y redundantes- peripecias por las que había atravesado todo el equipo, se sumaba ahora la inquietante revelación que ponía, por vez primera, al detective Weiz contra las cuerdas obligándolo a refugiarse entre la muchedumbre, mezclándose como un camaleón mientras todos los oficiales cercaban las vías de escape y tenían la orden expresa no de arrestarlo sino, directamente, disparar a matar en cuanto tuvieran noción de su paradero y pudieran efectuar un tiro franco.

Todo se desplomó más rápido de lo que cuesta volver a erigirlo. Por fin se derrumbaba, cansada de tanto esconderse, la máscara que había sabido cubrir el rostro de un agente reservado.

Ya no había lugar para las excusas. Ni siquiera pruebas contundentes de su inocencia serían capaces de maniobrar en aguas turbulentas volviendo caduca la sentencia social. La población había dado el veredicto y las Fuerzas de seguridad, lejos de respaldar a su activo, lo entregaban como cerdo para el matadero, cansadas de borrar con el codo las huellas indelebles que sus pisadas habían esparcido a lo largo y a lo ancho del Estado de Nueva York.

—Debimos habernos dado cuenta antes ¿por qué no quisimos verlo? —se preguntaba uno de los agentes en el cuarto piso del One Police Palace.

—Yo hace tiempo estaba convencido de su culpabilidad; desde que le dispararon a Melody sabía que Thomas era culpable —hablaba Randy armando y desarmando su arma reglamentaria.

—¿No creen que nos estamos precipitando? —preguntó Charlotte mientras intentaba apoderarse de un archivo confidencial del ahora fugitivo detective.

—Por favor no lo defiendas; te suplico que no lo hagas —le imprloró Randy sin siquiera mirarla—. Asesinó a la capitana, a Stephanie y a otra decena de mujeres inocentes.

—Es solo que me parece todo muy extraño —se quejaba moviendo la cabeza de lado a lado.

—Estábamos ahí; las compañeras de Mía Silver lo reconocieron como su novio; los empleados de las boleterías dijeron que Thomas era su novio ¿Qué más necesitas para convencerte?

—Algo más que palabras supongo.

«El juez autorizó el allanamiento en su propiedad, ¡vamos!» —ordenó el capitán con una felicidad indisimulable.

Su departamento, como lo corroborara la desaparecida capitana tiempo atrás, estaba semi vacío. Sin muebles a excepción de una cama y un escritorio vidriado de poca monta, nada hacía pensar que un ser humano estuviera viviendo allí con asiduidad. Como si ese sitio fuera solo una coartada, una fachada tendiente a desorientar a potables curiosos.

Paredes desnudas y habitaciones vírgenes, por estrenar, parecían burlarse de la algarabía inicial con la que habían ingresado los equipos especiales; sino para atrapar al fugitivo, al menos para apoderarse de valiosa información que ayudara a comprender sus motivaciones o diera alguna pista concreta sobre su paradero. Nada de eso ocurrió. Los rostros frustrados e impotentes cargaban la rabia de su alma exteriorizando, además, el miedo de saberse victimas potenciales de un asesino acorralado, sin nada que perder, al que habían privado de continuar pincelando su obra maestra.

Randy estaba especialmente abatido. La foto de Melody lo acompañaba a donde quiera que fuera y el hecho de haber convivido con el enemigo, lo hacían sentirse responsable por no haberse percatado a tiempo de las señales, apenas perceptibles, que terminaron por fundirse con la inmensa oscuridad que acaparó la vida de todos.

—Tranquilos, no pierdan la calma; todos los policías del Estado lo están buscando, pronto lo encontrarán.

—Aprecio tu optimismo pero es demasiado astuto. Asesinó a una decena de mujeres y otras tantas de nuestro equipo y siempre salió ileso —dijo Randy con la vista en el suelo y los brazos en jarra sobre su cintura.

—Tal vez tiene un cómplice, alguien que lo protege —dijo el oficial con los brazos abiertos, buscando explicaciones. 

—Si tienes un nombre por favor compartelo...

Estaban abatidos. La desolación se había apoderado de los oficiales de la ley y parecían resignarse a que otro asesinato, imposible de prevenir, les obsequiara una pista sustancial.

—He conseguido los archivos secretos que guardaban bajo siete llaves los antecedentes de Thomas —dijo Charlotte reviviendo a sus alicaídos colegas.

—¿Y qué has encontrado? —preguntó un agente calvo, ajeno a la Unidad.

—Parece que era agente de la CIA —respondió con los ojos achinados, esforzando la vista para leer la letra pequeña.

—¿Y por qué un agente de la CIA termina como detective policial? —preguntó Randy frunciendo el ceño.

—Aquí dice que algo salió muy mal hace cuatro años —hablaba con los ojos abiertos, con las cuencas a punto de estallarle.

«Estuvo dos años infiltrado en una pandilla de Texas, muy vinculada al cártel de Juarez, y al momento de desbaratar una operación millonaria todo se truncó. Cuatro agentes de la DEA resultaron asesinados y la droga pasó por la frontera como la lluvia se desliza por los tejados.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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