El asesino de las rubias ©

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Capítulo XII. Parte I: Taylor Scheider

Un mes después, en algún sitio de Nueva York.

—No saben cuánto me alegro de verlos —dijo Melody antes de fundirse en un abrazo con sus antiguos colegas de Unidad.

—Y nosotros de saber que estás bien —respondió Thomas mientras aguardaba su turno para saludar a una vieja amiga.

—Esto es un infierno ¿Cómo han estado? —preguntó mientras se acomodaba en un modesto sillón, que supo ser negro, a un costado del comedor principal.

—Sobreviviendo —dijo Thomas regalando una mueca parecida a una sonrisa—, buscando a destajo la verdad que nadie investiga.

—Todos en el Departamento creen que saliste del país, que nunca van a encontrarte —dijo tomándolo de las manos.

—Sin embargo, el otro día vi mi nombre y mi rostro acaparar el prime time de todos los canales —dijo jugueteando con sus labios.

—Sí, es cierto—susurró—. Esos casos fueron un completo desastre.

—¿A qué te refieres?

—El capitán Hudson es impetuoso pero no tiene idea de cómo dirigir una investigación; nos vendría muy bien un poco de su perspicacia e inteligencia.

—Y la enorme cantidad de suerte que tiene Thomas para advertir obviedades antes que el resto —rieron ambas mujeres ante el rostro perplejo y atónito de su colega.

—¿Tan mal les fue? —preguntó el otrora detective.

—En ambos casos llegamos al fondo de la cuestión pero no atrapamos a ningún asesino; al menos no al autor intelectual. La gente tiene miedo hasta de su propia sombra; ya nadie se siente seguro —respondió entrecerrando los ojos.

—Interesante —susurró.

—¿Perdón?

—Tal vez ese es el objetivo —murmuraba con la mirada perdida—, pánico en las calles. Es la epidemia más peligrosa.

—¿Crees que es premeditado? —preguntó soltando su tasa de café— eso significaría que los asesinatos tienen un propósito más grande de lo que pensábamos.

—Es un plan extraordinariamente urdido, de eso estoy seguro —respondió mirando a su compañera con compasión, lamentándose por no poder ofrecer una solución.

—En el Departamento piensan que todo es producto de tu demencia, que enloqueciste cuando se frustró tu operación en la CIA —hablaba Melody mientras se divertía viendo como el humo que emanaba de la tasa penetraba sus poros.

—Eso fue lamentable sí —dijo con la voz apagada—. Todavía no logro explicarme lo que pasó aquella noche.

—¿Por eso asesinaron a tu familia? —preguntó sin anestesia, empujando profundo la daga que llevaba tatuada en su corazón.

—Prefiero no hablar de eso —se lamentó—, además no tenemos mucho tiempo, Melody debe volver a la Central. Cuéntanos sobre esos homicidios impunes —dijo apoyando su tasa sobre la mesa con los ojos puestos en la joven detective.

—Todavía me estoy recuperado —se excusó—, no salgo al campo pero ofrezco mi sabiduría desde la oficina —dijo entre risas.

«El primero de los casos fue hace tres semanas. ¡Un horror! Jamás supimos de nada parecido. Tres mujeres y dos hombres aparecieron asesinados en el plazo de 48 horas; sin conexión aparente. La primera de las víctimas fue brutalmente apuñalada; no menos de 45 puntadas en su cuerpo. La segunda, una estudiante de derecho, apareció ultimada, también, de numerosas puñaladas con un cuchillo de cocina de su propia casa. La tercera, un joven de 27 años, apareció tirado en un callejón, al costado de un cesto de basura, de un disparo en el pecho y otros tres en la cabeza. Las dos restantes son literalmente nauseabundas...

¿Cómo murieron? —preguntó Thomas mientras llenaba su tasa con otra dosis de cafeína.

—Cuando llegaron las fotografías tuve que hacer malabares para no vomitar —dijo Melody con su mejor cara de espanto, como si su estómago estuviera revuelto de solo recordar.

«Estaban devorados. Sí, como oyen, devorados. Al principio creíamos que los habían asesinado y alguna de las incontables jaurías hambrientas había saciado su apetito con los cuerpos putrefactos. Hubiera preferido esa versión. Cuando Lindsay nos envió las fotos, con su informe anexado, tuvimos que aceptar lo incomprensible: no solo estaban vivos al momento de desgarrarles la piel con los dientes; sino que quién lo había hecho era un ser humano.

Imagino que pudieron identificarlo mediante el ADN en los cuerpos —dijo Thomas sosteniendo su tasa con ambas manos, manteniéndose caliente.

—De hecho sí, su nombre era Taylor Scheider de 38 años —respondió elevando su tasa, como brindando a la salud de sus interlocutores.

«Algo no estaba bien. Según sus archivos era una gerente exitosa de una multinacional, madre de tres hijos, sin antecedentes violentos ni nada que diera una explicación satisfactoria a semejante barbarie. Sin embargo, parece que algo muy llamativo estuvo sucediendo los días previos a los asesinatos. Su marido nos contó que ya no era la misma. Se había recluido en una habitación que otrora funcionaba como sala de juegos y no salía ni para comer. A veces la oían hablando sola y revoleando todo tipo de objetos contra las paredes.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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