El asesino de las rubias ©

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Capítulo XIII. Parte I. Loretta Van der Hass

No hacía falta ser demasiado inteligente para adivinar que aquella vieja casa quinta llevaba años en desuso, sumergida en la desidia y la desolación. El largo nivel de los pastos amarillentos; los charcos estancados devenidos en pantanos y árboles deshilachados, victimas del alarmante abandono, se habían transformado en un recinto escalofriante.

El portón de entrada abierto de par en par y una camioneta negra, burdamente estacionada, bloqueaba parcialmente el ingreso a lo que se suponía –y temía- era el escenario elegido por el vil y despiadado Asesino de las rubias para desahogar su verdadera malicia y trazar, con grácil perversidad, el último aliento de su víctima primigenia; aquella que supo ser fuente de inspiración para su baño de sangre.

«Esto no puede estar pasando» pensaba Thomas al momento de cruzar el umbral que separaba, en teoría, la flora circundante de la vivienda propiamente dicha; amén de que no perdía ni por un segundo la convicción de que aquella casa no solo era anfitriona de un nuevo horror consumado; era además el final de un viaje del que no esperaba salir con vida.

Una vez adentro, no existían diferencias sustanciales con el exterior; más bien la morada parecía una extensión moribunda o agonizante del parque que había sucumbido tiempo atrás. Pese a las ruinas manifiestas y a las grandes montañas de escombros que estorbaban el libre andar; Thomas avanzaba con cautela, consciente de que no había sido invitado a participar del rito final.

Todo estaba en silencio; solo el viento, que agitaba las hojas resecas, penetraba por las ventanas sin vidrios ni cortinas, golpeando con fuerza las roídas puertas de madera que aguantaban estoicas el paso de los años.

Entre los trastos, justo en medio de la soledad y al borde del abismo, todavía podían apreciarse algunas imágenes que retrataban momentos de felicidad que supieron desarrollarse en los fastuosos jardines de lo que hoy son, apenas, paramos desolados. Ocultos detrás de las telas de araña y el polvo incesante que provoca la tierra, se dejaban ver las sonrisas, cómplices amigas de travesuras censuradas, que supieron retumbar en una casa que solo conservaba la nostalgia de no ser y la convicción desesperante de que lo ya nunca será.

De repente, un ruido sórdido en una de las habitaciones contiguas a la sala principal, puso al detective escurridizo en alerta máxima y al apresurarse a curiosear las fuentes de aquel sonido, se encontró de frente con el cuerpo sin vida de Loretta Van der Hass, todavía colgando, con la fiera soga atada para siempre a su cuello y sus pies moviéndose, por inercia, al compás de la tragedia.

Solo podía mirarla. No sabía si lamentarse por haber llegado tarde o convencerse a sí mismo que nada podía hacer para salvarla y que el motivo real de su allanamiento, no contemplaba en absoluto el bienestar de la cautiva sino que, por el contrario, consciente de que el destino de la joven estaba escrito debía procurar ponerle un freno a un asesino que, de seguro, se hallaba vacío, perdido, sin norte; con la angustiante sensación de que la venganza nunca llena el vacío que se afirma en el alma.

—¿Por qué? —susurró mirando adolorido el viejo sillón en el que se mecía su pesadilla.

—Tú debieras saberlo mejor que nadie; también te arrebataron lo que más querías —respondió con la mirada fija en el parquet, acariciando una vieja daga oriental.

—Entonces es cierto, todo se trataba de venganza —sonrió.

—Venganza no, ¡Justica! —bramó—. Por fin hemos puesto frente al juez a esos criminales que creyeron haberse salido con la suya. Esa caterva de degenerados que se jactaba de su inocencia de papel, que se burlaban, que nos insultaban caminando a nuestro lado, palmo a palmo; alegres, despreocupados, cínicos —rió nervioso—. Dime Thomas ¿Cuánto iba a pasar hasta que asesinaran de nuevo? Gracias a nosotros eso nunca ocurrirá.

—Baja tu arma Brandon. Arroja el cuchillo y tírate al suelo con las manos en la espalda —le ordenó con firmeza.

—Deja de jugar al policía —suspiró—. Nunca lo fuiste y nunca lo serás. Eres un maldito ex agente de la CIA, degradado y humillado, a punto de afrontar no menos de tres cadenas perpetuas.

—¿De qué hablas? —preguntó tragando saliva.

—No olvides que todas las pruebas de los homicidios apuntan a ti —dijo guiñándole un ojo y dibujando una tibia mueca de condescendencia.

—Hasta que decidiste colgar a Loretta Van der Hass del techo de tu casa —respondió levantando las cejas.

—Una hábil estratagema tuya; el último intento desesperado del detective Thomas Weiz, intentando salvar su pellejo mancillando el buen nombre de uno de los oficiales más queridos y respetados de la ciudad —sonrió—. No te sientas mal, no. Ya estaba escrito así. Hace un año escribimos el guión de esta película y todos debemos sentirnos orgullosos de haber lucido nuestra mejor versión.

—¿Quiénes montaron esto? —preguntó dando un paso al frente, mostrando una inusitada osadía al desafiarlo.

—¿Sabes quién es la mujer colgante? —preguntó pasando su índice por la hoja afilada.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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